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Niños posmodernos

En el contexto de la posmodernidad, la familia tradicional se debilita como institución.

El lazo simbólico entre padres e hijos se presenta hoy con una variedad infinita de matices que incluyen cambios radicales en las circunstancias biológicas de la concepción, la gestación y la crianza.

Ninguno de estos cambios es ajeno al marco cultural y económico en que vivimos.

La tendencia a que el tiempo de padres y madres con sus hijos sea determinado por los horarios de la jornada laboral abre paso a la extensión del horario escolar y a guarderías que cubren horas extras.

En millones de hogares, la televisión y los videojuegos llenan el tiempo de ocio de los niños. El cambio de las realidades económicas emparejado con el acceso de los niños a la información sobre el mundo adulto ha alterado gravemente a la infancia.

Más allá de lo evidente, los cambios sociales y los contextos culturales y económicos alteran referentes simbólicos fundamentales: la diferencia de los sexos, la distancia generacional y el orden cronológico en el transcurrir de la vida humana.

El campo de la salud mental muestra también las particularidades que el entorno social y económico generan: la proliferación de “síndromes” y nuevas etiquetas diagnósticas, las conductas infantiles disruptivas tratadas con medicamentos psiquiátricos, niños incapaces de desplegar fantasías en un escenario lúdico.

En una época en que los derechos de los niños se defienden como nunca antes, el espacio es cada vez menos propicio para que tomen la palabra pues no se les escucha.

Los patrones de consumo desarrollados por la publicidad de las corporaciones habilitan a las instituciones comerciales como los profesores del nuevo milenio. Puesto que los padres no controlan ya las experiencias culturales de sus hijos, han perdido el papel que desempeñaron antaño en el desarrollo de sus valores y de su visión del mundo.

Éste es el dilema de la infancia posmoderna: “El acceso de los niños contemporáneos a la cultura infantil comercial y la cultura popular no sólo les motiva a convertirse en consumidores hedonistas, sino que también daña la inocencia, la situación protegida de las tribulaciones de la existencia adulta que los niños han experimentado desde la llegada de la era de protección de la infancia en la década de 1850.”

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