Suplemento Divulgación

Precaución: mujeres trabajando

Por Angélica María Hernández Morales

Voy camino a un lugar del bajo mundo, un lugar de vicio y perdición. Estoy nerviosa: es la primera vez que asisto a un table-dance. He llegado a este mundo desde otro en el que no existen las luces rojas ni el trasnochar, donde está vedada la desnudez, y la lujuria es un pecado mortal… Son las cinco de la madrugada y estoy exhausta. Sentada en el lugar del copiloto, de regreso al mundo del que provengo, veo cómo la oscuridad le da paso a una luz blanquecina y fría. Entonces es momento de recordar.

El 40°

Salí de Querétaro rumbo a Salamanca un viernes al atardecer, sentada en el asiento trasero de un auto gris piloteado por Charlie, «papi» del table-dance llamado 40°. Él es un hombre alto, delgado, de tez clara, cabello y ojos castaños. «Soy lo que en el ambiente se conoce como ‘papi’; mi trabajo es cuidar a las chicas, ayudarlas a peinarse, cambiarse, maquillarse. Pero también platico con ellas, escucho sus inquietudes y en lo que pueda, les doy asesoría». Charlie es abogado por la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ), tiene una maestría en Arte Contemporáneo y un diplomado en Sexualidad Humana.

Conocí a Charlie apenas media hora antes de iniciar el viaje. Para romper el hielo, le pregunto por las chicas que trabajan en el «teibol»: «Son mujeres de entre diecinueve y cuarenta años, que llegan solas o por recomendación de alguna amiga. La mayoría son mujeres de bajos recursos y poco instruidas, que llegan por necesidad, porque no tienen otra opción». «Sus historias son muy similares, muchas son madres solteras cuyos esposos las abandonaron, sus familias no saben en qué trabajan, de hecho, muchas vienen de fuera».

Yo estoy nerviosa, me sudan las manos, pero no puedo dejar de sentir cierto orgullo por mi próxima aventura: armada con una cámara, una grabadora de voz y mi libreta de taquigrafía, me dispongo a conocer los misterios que se esconden bajo el disfraz de pecadoras que tienen impuesto las así conocidas «teiboleras».

Pero apenas entro en el lugar, mi seguridad se derrumba; para llegar al camerino debo sortear desde la morbosa mirada de los guardias que me abren paso con una sonrisa burlona, pasar entre la incredulidad de los meseros dispersos por el salón, hasta la mirada escudriñante del encargado del bar que no entiende mi presencia. Luego, una diminuta escalera de caracol, un minúsculo pasillo rojo y llegamos al fin a un cuarto de unos dos metros de ancho por cuatro de largo, pintado de blanco, con dos espejos: uno que cubre casi la mitad de la pared derecha y otro enorme, del piso al techo, en la pared izquierda.

Esos espejos han sido el acabose: en el camerino hay unas veinte mujeres completamente desnudas; sus siluetas se reproducen al infinito con el juego de los dos espejos. Mi turbación es indescriptible, pues a donde quiera que dirijo la mirada me encuentro con un cuerpo desnudo o con un reflejo impúdico. Parece fácil decir que son mujeres igual que yo, y que por tanto no hay motivo para la frustración que experimento; sin embargo, es la naturalidad con la que esos cuerpos se desenvuelven lo que me intimida.

Poco a poco, aunque con una rapidez y orden dignos del mejor pelotón de infantería, las chicas bajan al salón, ataviadas con vestidos de falda minúscula y escote amplísimo, o con chamarras de cierre abierto hasta la unión de los pechos y pantaletas estilo bóxer. Sea cual sea el vestuario, las plataformas de 15 centímetros son, al parecer, algo irremplazable para el espectáculo de esta noche.

Una vez que todas las  chicas han bajado, comprendo que mi investigación debe trasladarse al salón, y allá me dirijo. De nuevo me encuentro con la mirada confusa de los meseros -algo que no desaparecerá en toda la noche-. Redescubro el lugar: es un gran salón, de aproximadamente 20 metros de largo por diez de ancho, completamente pintado de rojo. Al fondo, cerca de la entrada, se encuentra una pequeña sala que rodea una mesa y un tubo, esta área está separada del resto por una pequeña cerca de metal: es la zona VIP.

En la misma posición, pero del lado opuesto, está la barra del bar, que sirve a la vez de caja; delante de ésta se encuentran varios grupos de sillones acomodados en C con pequeñas mesas en la parte de en medio. Hay dos cabinas transparentes -cuyo uso aún no puedo definir- dispuestas, una a la izquierda, delante de los sillones en C, y la otra a la derecha, a lado de la zona VIP Un poco después de la primera cabina, pero del lado derecho, hay un amplio pasillo que conduce al baño de las chicas y a unos pequeños cuartos donde se realizan los bailes «privados».

Justo en medio del gran salón está una mesa de unos diez metros de largo, donde se encuentran repartidos tres tubos separados uno de otro por una distancia de tres metros, aproximadamente. En la parte alta de los dos tubos más cercanos al los bordes de la mesa, hay dos rodetes formados por pantallas de plasma en las que se transmiten diversos canales de deportes. Alrededor de esta mesa están dispuestas varias mesas pequeñas con dos o tres sillones individuales, redondeados y tapizados en blanco.

A cada lado de la mesa, justo en la pared, se encuentra dispuesta otra línea de mesas y sillones individuales, junto a mesas altas con sillas tubulares. En estas mesas es donde están sentadas las chicas, ahora que la noche recién comienza y los clientes no han llegado aún. No sé qué hacer, y en un impulso me acerco a ellas sin más, me presento y les pregunto si podrían ayudarme con mi reportaje; sólo tres de ellas han volteado a mirarme, pero es suficiente para comprender que he encontrado el apoyo que buscaba.

Una chica de mi edad

La más joven de ellas es Megan, quién en seguida se ha mostrado simpatía, llevándome aparte a uno de los sillones frente a la gran mesa. Me pregunta mi edad, y se sorprende al saber que tenemos la misma: 19 años. Le pregunto por ella: qué la llevó a trabajar ahí, si sus padres lo saben, qué quiere hacer en el futuro… Sonríe mientras me platica su historia: tiene un hijo, trabajaba en un lugar donde le pagaban 800 pesos a la quincena, llegó aquí hace tres meses por recomendación de una amiga; en su primer día estaba muy nerviosa, le daba pena desnudarse, pero ganó casi 400 pesos en su primera noche; no hay que pensar mucho para entender porqué regresó días después y porqué no se ha ido.

Sus padres creen que trabaja como mesera, pero cree que su madre sospecha algo, porque hoy le escondió la bolsa donde había puesto la ropa que iba a ponerse. «Gracias a Dios» nunca ha tenido una mala experiencia en lo que va de su trabajo; espera quedarse sólo un año más para juntar suficiente dinero y estudiar la prepa, inglés y alguna carrera corta para buscar otro empleo. De su trabajo sólo le gusta bailar, lo que más le disgusta son los hombres que la tocan demasiado. «Hago esto porque tengo que mantener a mi hijo, pero quiero dejarlo porque él ahorita es pequeño y no pregunta pero, ¿qué le voy a decir cuando sea más grande?».

Fumadora social

Enciendo un cigarrillo, en parte por costumbre, en parte por conveniencia; el plan funciona, Megan me pide un poco y en menos de un minuto otra chica se acerca a pedirme un cigarro. He dejado la cajetilla en el camerino, así que les pido que me esperen para ir por ella. Al levantarme y mirar hacia arriba, me sorprendo irremediablemente: cuando entré, seguí a Charlie con la mirada baja y no me percaté de que los vidrios que yo veía como espejo, en realidad sirven de ventana al salón, pero de forma inversa: son las personas en el salón quienes tienen una vista panorámica del camerino.

Vuelvo a la mesa con la cajetilla, las chicas aún me esperan. Detrás de mí alguien más pide un cigarro, Megan se levanta para llevarlo. «¿Son de ella?», escucho por agradecimiento, momentos después una mujer rubia, de unos cuarenta años, alta y voluptuosa, se sienta en la silla vacía a mi lado y me sonríe. «¡Hola!, ¿cómo te llamas?, ¿cuántos años tienes?, ¿qué estás haciendo?, ¿vas a bailar?» Sus preguntas me rodean y apenas puedo diferenciar quién las formula. Megan llega a rescatarme: «Es periodista, está haciendo un reportaje». Las chicas sonríen a mi alrededor.

Cosas de mujeres

Poco a poco me voy enterando de quiénes son: la rubia es Paulina; la de la larga cabellera negra, Alondra; detrás de ella, como escondida, Tamara. Megan se ha sentado a mi derecha, un poco hacia atrás. Les explico mi fin: mostrar el ambiente de los table-dance, visto desde la perspectiva de las mujeres que trabajan ahí. «No es una vida fácil, la gente cree que estamos aquí por gusto», atina a decir Alondra, mientras las demás asienten con la cabeza. Al azar, formulo una pregunta: ¿cómo es trabajar aquí? Apenas pronuncio esas palabras, un mundo desconocido se abre ante mí.

«Eres dos personas; allá afuera eres una madre, una hija, pero al entrar aquí cambias, dejas todo allá afuera.» «Es como si tuvieras un disfraz, llegas y te lo pones, sales y te lo quitas». «La gente no sabe, cree que es fácil, pero no lo entiende.» Sus voces se confunden, pero todas están de acuerdo: «Aquí los sentimientos no valen». No importa si tienen un problema, tienen que sonreír para poner el ambiente, para que los hombres estén contentos y consuman.

Es la primera vez que mencionan a los hombres; como mujeres, después de ver lo que pasa aquí, ¿creen en ellos? La primera respuesta nos hace sonreír a todas: «No, todos los hombres son iguales». Paulina continúa: «Ellos vienen aquí, te cuentan su versión y tú les cuentas la tuya». «Obviamente no les vas a creer todo lo que dicen, aunque muchos te dicen que te quieren en serio, que te van a sacar de aquí». «Todos son unos mentirosos». Las chicas me cuentan que hay hombres casados que vienen a proponerles que se vayan con ellos.

¿Y nunca se han enamorado de un cliente? «Pues sí, una tiene su corazoncito después de todo.» «A veces te encariñas con alguno que te trata bien, que no te manosea, que platica contigo». «Hay los que te dicen que te quieren mucho, que sólo viene por ti, y luego los ves con otra chica, muy contentos». ¿Y no se ponen celosas por eso? Paulina me sorprende con su inteligencia y su madurez: «No, yo no soy dueña de su dinero, así que puede gastarlo con la chica que él quiera».

¿Y entonces qué opinan de los hombres que vienen aquí? Alondra dice con desdén, sin dudarlo: «Son unos cerdos». «La gente siempre nos critica a nosotras, pero no ven que si no fuera porque hay hombres que vienen a buscar esto, nosotras no estaríamos aquí». Paulina suelta una frase al aire: «Siempre es más fácil culpar a una mujer».

¿Alguna vez han salido con un cliente? «Sí, pero es difícil. Muchos piensan que por invitarte a comer ya les vas a bailar gratis, o que les vas a dar otra cosa». «Y es difícil también porque se ponen celosos. No por salir con ellos vas a dejar de trabajar, tienes que seguir manteniendo a tu familia. Pero cuando algo sale mal o no les parece, lo primero que te dicen es: eres una puta.»

El estigma social es muy fuerte; aunque sus familias no saben que son bailarinas en un table-dance, reconocen la opinión que la gente tiene de ellas: «La gente no entiende que no es por gusto que estamos aquí, sino por una necesidad». Sin embargo, Paulina refuta ese argumento: «Pero yo también creo que nosotras mismas hemos desvirtuado la profesión, al dejar que nos toquen, al sentarnos en las piernas de los clientes. En otros lugares eso está prohibido, las chicas simplemente bailan y les pagan un sueldo. Pero aquí tienes que dejar que te toquen, tienes que ir a sentarte en sus piernas para que te inviten y sacar algo.»

Les pregunto por la relación entre ellas: ¿existe rivalidad? Paulina me responde con tranquilidad: «Sí, mucha. Pero yo no me preocupo por lo que hacen las demás. Cada quién tiene su forma de trabajar, y puedo no estar de acuerdo pero las respeto». Alondra es un poco más «ruda» al respecto: «No quiero tener problemas con nadie, no me voy a andar fijando en lo que trae puesto la otra o lo que está haciendo. Yo vengo a trabajar, no a hacer amistades.» Lo cierto es que también existe un alto grado de apoyo entre ellas, en los grupos que se forman allí mismo.

Un baile sensual

Son ya las diez de la noche; un cliente ha llegado y es momento de comenzar con el baile; la primera ronda está a cargo de Paulina, quien se levanta rápidamente y se dirige a las escaleras de la larga mesa central. Alondra me explica que deben hacer dos bailes: el primero con ropa; en el segundo deben ir desvistiéndose hasta quedar completamente desnudas. Paulina sube a la mesa y una música suave empieza a sonar. Sus caderas empiezan un lento movimiento en círculos, mientras ella avanza de un tubo a otro. Yo estoy impresionada por el equilibrio y la seguridad que mantiene pese a las altísimas plataformas.

Mientras Paulina baila, converso con Alondra; tiene dos hijos, se separó de su esposo. Llegó hace casi tres años, recomendada por una amiga. La única razón por la que sigue aquí es por el dinero, porque no quiere que le falte nada a sus hijos; ya ha cumplido su primera meta: comprarse una casa. Espera trabajar un año más para juntar suficiente dinero, poner un negocio y salirse de aquí. Ella insiste: «Esta no es una vida fácil. Tú me puedes ver muy feliz y sonriente, pero no sabes cómo me siento por dentro. Lo que pasa en mi casa lo dejo allá afuera. Aquí soy toda sonrisas, feliz, cachonda, desmadrosa… Allá afuera, todo cambia.»

Un silencio repentino nos hace voltear a ambas hacia la mesa: Paulina se prepara para el segundo baile: es increíble la gracia con la que se mueve por la mesa. En un momento se ha deprendido de su blusa y ahora gira en el piso de manera juguetona. El único cliente del salón está sentado casi frente a mí, me mira con intriga. Paulina lanza su falda muy cerca de mí y sonreímos con complicidad; el cliente frente a mí muestra ahora su desprecio sin disimulo.

Paulina fue ejecutiva de banco, es venezolana, rubia, alta, de figura generosa, ojos redondos de mirada vivaz, de unos 40 años; un día la despidieron, se quedó sin trabajo y no la querían contratar en ningún lado. Fue así como empezó a trabajar aquí. Un día su hermana vino a visitarla y al enterarse de su trabajo dijo que la acusaría con la familia: «Pero yo siempre había sido ejecutiva de banco, le dije que no le iban a creer. Era su palabra contra la mía. Aún estoy peleada con ella».

El espectáculo continúa; una a una, las chicas suben a cumplir con su deber. Cada baile es único, pues cada chica le impregna su propio estilo. Algunas utilizan el tubo como un mero apoyo, otras más realizan verdaderos actos de acrobacia. Sin la connotación sexual del contexto, estos bailes no serían actos indecentes, sino verdaderas muestras de arte gimnástico.

La chica de la mirada triste

Ya es media noche; dos hombres se han sentado en la mesa contigua, Alondra hace un movimiento con la cabeza para señalarlos: su trabajo ha comenzado. Yo me paso a una de las mesas que están alineadas a la pared, me acompaña Tamara. Su mirada es extraña, sus ojos sonríen y a la vez lucen tristes. Tiene 21 años, estudia gastronomía y trabaja aquí precisamente para solventar los gastos de la escuela. Pero no le gusta estar aquí; hace un mes que empezó, sólo quiere estar tres semanas más y buscar otro empleo, no importa que gane menos.

Antes de trabajar aquí no tenía una mala imagen de las bailarinas nudistas y ahora tampoco. Pese a que no le agrada su trabajo dice no sentirse avergonzada o arrepentida; no le será posible olvidar esta experiencia, pero tampoco será un mal recuerdo. A diferencia de sus compañeras, ella no cree que todos los hombres sean iguales, cree en el amor, le gustaría tener una familia. Le pregunto si le platicaría a sus hijos de esta experiencia: «No sé. Tal vez.» Responde a la mayoría de mis preguntas con esta fórmula o con un despreocupado «Por qué no». Sonríe ligeramente al responderme, pero apenas dejo de hablar voltea la cabeza y vuelve a sus ojos esa expresión triste.

Dudo entre seguir la charla o retirarme. En ese momento, Alondra, montada sobre las piernas de un cliente frente a mí, pregunta: «¿Y tienes novia?». «No, ¿cómo crees?», responde él. Observo a mi alrededor y entre los hombres distingo a algunos que llevan argollas de matrimonio, jóvenes apuestos que probablemente tengan novias allá afuera, grupos de hombres adultos que juntan dinero para pagar un «privado». Entonces recuerdo las palabras de las chicas: «Todos los hombres son iguales». Por lo menos en este momento y en este lugar, no hay verdad más irrefutable.

A la una de la madrugada, el salón está abarrotado de clientes; al entrar, algunos se quedan parados un momento, entre buscando lugar y analizando a las chicas, enseguida se sientan y abren los brazos para recibirlas en las piernas. Otros más tímidos entran con la cabeza baja, se sientan disimuladamente en un lugar apartado del bullicio y se intimidan cuando las chicas se acercan a saludarlos. Mientras, el desfile de bailarinas no se ha detenido ni un instante: una a una, las chicas cumplen su ronda y se retiran de nuevo al camerino para cambiar de vestuario.

Dado que empiezan a faltar lugares, me retiro al camerino. Le pregunto a Charlie sobre las chicas, si es difícil la relación entre ellas: «Las mujeres son muy competitivas». «Imagínate, 20 mujeres juntas en un cuarto, ¡y luego tomadas!». «La verdad es que hay que tener un sentimiento especial para saber controlar esa química». Le comento mis percepciones: cuando llegué me turbé al ver a las chicas desnudas, pero ahora me he dado cuenta que no hay razón para eso: son sólo cuerpos. Lo que me ha impresionado es el comportamiento de los hombres. «No hay morbo aquí (en el camerino). El morbo está allá abajo, con los hombres», concluye Charlie.

Mi gusto es…

Justo en este momento llega Estrella, una mujer bajita, de figura robusta. Charlie me la presenta: «La señorita Estrella es paramédico». Estrella sonríe orgullosa: «Yo vengo porque me gusta bailar, así me relajo, dejo de pensar en todo lo que veo en mi trabajo». Sobre sus inicios me cuenta: «Me gustaba ver los concursos de ‘teiboleras’ en el programa de Adal Ramones. Ahí dije: un día voy a ser ‘teibolera'». «Mis compañeros del trabajo decían que yo era ‘teibolera’ desde mucho antes que entrara aquí. Así que un día me decidí y dije: ¡pues para que de veras digan!».

«Por negocio no lo hago, me moriría de hambre; a lo mucho hago una copa. Ya cuando supero mi tabulador es porque hice dos copas», todos reímos. ¿Y cómo te sientes al trabajar aquí? «No me da vergüenza, vienen mis amigos a verme y no me da vergüenza». «A mí me gusta bailar, que me vean. Me gusta saber que puedo acercarme a un hombre sin ser rechazada. Yo elijo lo que quiero hacer». Charlie asiente mientras otra chica -Michelle- hasta entonces callada, reafirma completamente convencida: «Yo decido lo que yo quiero, ¿verdad, papi?».

Estrella es un gran ejemplo del valor y la seguridad que tienen estas mujeres; me platica otra anécdota: «Mi marido decía que los tatuajes en la espalda le parecían de piruja, le dije que me iba a hacer uno y dijo: si te lo haces te olvidas de mí, ¿y qué crees?»… Estrella da media vuelta para quedar de espaldas a mí y se alza el vestido mientras me dice orgullosa: «¡Que me lo hago!». No puedo dejar de reírme y le ofrezco un aplauso por la osadía. Le pregunto qué piensa su familia respecto a su trabajo: «Mis hijos saben, toda mi familia sabe. Mi ex marido también sabe, pero no puede decirme nada porque él no mantiene a mis hijos».

«La Matraca»

Son ya las tres de la madrugada; Estrella baja para cumplir con su segunda ronda de baile. A través de unas rejillas de ventilación llega hasta el camerino el bullicio del salón: gritos, hurras, aullidos de dolor, risas, música -desde reggaetón hasta baladas pop-, las órdenes de los meseros y, a cada tanto, cuando una de las chicas termina su ronda, la voz del animador que repite la misma letanía desde que comenzó la pasarela: «Les recuerdo que la señorita puede estar más cerca de ustedes, ya sea en baile de mesa o privado. ¡Soliciten sus boletos!».

Me interesa saber cuál es la función de las cabinas transparentes que vi al entrar, así que bajo de nuevo al salón. Cerca de un refrigerador, Michelle se acerca a mí: «¿Ya vas a bailar?». «No creo, traigo mucha ropa», Michelle ríe. Le pregunto cómo llegó aquí; al igual que muchas, por una amiga. Es una mujer joven, de unos 23 años. Tiene tres hijos, mantiene a sus padres -quienes, por cierto, no saben dónde trabaja-, estudia enfermería y espera dejar este trabajo en un año.

Acerca de lo que la mantiene aquí, dice: «Primero fue por necesidad, luego por ambición, por gusto al dinero.» «He llegado a ganar cinco, 7 mil pesos, ¿dónde más vas a ganar tanto? Pero yo sé que no voy a estar aquí para siempre. Esto tienes que verlo como un medio, no como un fin; un medio para estudiar una carrera, comprarte una casa, poner un negocio, lo que sea. Pero no es para siempre. Porque un día me voy a poner vieja y gorda».

Le pregunto lo que piensa de los hombres que vienen a buscarlas: «Hay que aprovechar, sacarle dinero a estos pendejos (sic.). Si quieren, que paguen, ¿o no?». «Allá afuera nos critican mucho, dicen que somos unas putas; pero más putas son las de allá fuera, que las dan de a gratis». Una chica baila en la mesa, Michelle le grita: «¡Vamos, Karina, mueve ese culo!». La chica voltea hacia nosotros y hace una seña con las manos, como si midiera algo pequeño, Michelle capta en seguida: «¡Ah, sí, perdón… mueve ese culito!». En el salón todos ríen. Michelle se despide: «Bueno, suerte, deja le voy a talonear.»

Michelle se aleja hacia las mesas mientras va gritando consignas para que los hombres inviten más copas. Ahora comprendo por qué la apodan La Matraca. Su vivacidad es sorprendente; su intención va más allá de divertir los hombres, se trata de animar a sus compañeras: esa es su forma de apoyarse. En cuanto a las cabinas, al fin he descubierto su función: ahora las chicas bailan en la mesa por parejas, al terminar el baile cada una se dirige a una cabina, donde hay una regadera de mano. Lo que sucede en esas cabinas es iniciativa de cada chica, los elementos irreductibles son sensualidad y agua.

Corte de caja

Cerca de las cuatro de la mañana la clientela comienza a disminuir. Charlie baja para indicarles a las chicas el orden en el que deben ir subiendo para cambiarse y cobrar sus ganancias. En menos de media hora el local sólo está habitado por meseros, dos o tres clientes de confianza y un grupo de mujeres irreconocibles que hace un momento eran bailarinas nudistas. Al mirarlas con ropa casual, zapatos de piso y expresiones de entre cansancio y alivio, es imposible reconocerlas como las mismas que bailaban desnudas y se contoneaban insinuantes hace cosa de minutos.

Una a una, las chicas se acercan a la caja con todos los boletos que han logrado reunir por su trabajo. Megan, a quien perdí de vista después de nuestra plática, regresa ahora con tristeza: «Sólo hice dos, apenas para el taxi». Un poco más adelante, una chica abraza a otra que llora: «Ya no aguanto», la oigo decir. Escenas y comentarios similares se repiten a mi alrededor. Alondra, sentada a mi lado en un sillón corrido, me mira comprensiva: «¿Verdad que no es una vida fácil? Eso es lo que tú tienes que mostrar, que la gente entienda que no es fácil estar aquí, aguantando borrachos que te manosean, que te ofenden».

Más allá del espectáculo, de las risas que acompañan un ambiente como este, se encuentra ese otro mundo que muy pocos conocen: lo que pasa cuando termina la noche. Al final, cuando el cuerpo está rendido y las cuentas saldadas, lo que queda son mujeres agotadas, que noche a noche se arriesgan por el bien de sus familias, por cumplir con las responsabilidades que otros les  relegaron. Finalmente, el baile nudista es un trabajo como cualquier otro… sólo que las chicas no tienen que usar uniforme.

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