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Ajustes de cuentas

Es desde 2007 (incluso presumiblemente desde antes), la explicación estándar: los índices de homicidios, su crecimiento exponencial, responden básicamente a pleitos entre grupos del crimen organizado que se disputan el territorio nacional. La declaración se ha repetido casi idéntica, sin variaciones. Han cambiado, eso sí, los porqués; cada uno atado a la moralidad del gobierno en turno.

Durante el sexenio de Felipe Calderón, la lógica del ajuste de cuentas pertenecía al terreno de la racionalidad instrumental (siguiendo además el paradigma de moda), al que le viene bien la idea del exterminio: si se comportan como cucarachas, hay que erradicarles. No es una exageración. Hasta a manera de hipótesis, en foros, declaraciones públicas y entrevistas, se hablaba como si fuera normal el efecto cucaracha. Incluso, se presumía como indicador del éxito de la estrategia: se matan tanto porque cada vez hay menos terreno para ellos.

El sexenio actual intentó marcar un contraste radical con esa estrategia (por eso no me detengo en la administración de Peña Nieto): la guerra, la violencia, los balazos, habían generado una espiral interminable de violencia, habría que atacar el problema de la violencia de una manera distinta. El presidente de la República, fiel a su estilo, acuñó una frase, que nunca intentó que se entendiera en sentido literal: abrazos, no balazos, era, sobre todo, una idea para terminar con la lógica del exterminio.

Y, sin embargo, la idea de los ajustes de cuentas, del dominio territorial de los cárteles de la droga, la narrativa general para explicar los niveles de violencia, continúa intacta. Varias veces el presidente se ha referido a enfrentamientos entre presuntos grupos criminales como ajustes de cuentas; es decir, que se matan entre ellos. O sea, entre delincuentes, lo que diluye de manera no menor, la responsabilidad del Estado, la necesidad de investigaciones forenses y refuerza la moralidad de este y cualquier otro gobierno. Ya no es el efecto cucaracha, sino las privaciones sociales. Y bien podrían ser.

Estamos combatiendo las causas de raíz, sentenció el presidente luego de la difusión de un video del presunto asesinato de personas asistentes a un velorio, en Michoacán. Lleva tiempo; es un proceso, remató. Y bien podría ser.

El problema es que más allá de generalizaciones que van bien a programas políticos, no pareciera haber aproximaciones a las causas de la violencia. No es que falten investigaciones empíricas que discuten algunos de los porqués y cuestionen la estrategia militar. Tampoco faltan datos. El problema, entonces, o al menos parte de él, es que sobran explicaciones, cada una más o menos acomodaticia a intereses: de los militares, de los gobiernos en turno, de los Estados Unidos de América. Y sobran elaboraciones fantásticas que vienen bien para las series y ‘best sellers’. Todos participan en la confección del sentido común: los muertos, los asesinados, tienen casi siempre, un vínculo con el crimen organizado. Según esa narrativa, los inocentes, cuando los hay, son una muestra de la atrocidad de los malos. El Estado, cuando aparece, o está sometido o es decididamente cómplice. Y bien podría ser.

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