Una disculpa vacía

El 18 de enero de 2025, la SEDENA ofreció disculpas públicas por la violación de los derechos humanos de José Salvador Cárdenas Fuentes, desaparecido y asesinado por militares el 17 de marzo del 2017, hace casi ocho años. Después de años de proceso judicial, un Juzgado de Distrito ordenó que la SEDENA reconociera su responsabilidad en el crimen. El evento comenzó a las 10 a. m. en punto, en las escalinatas de la Alhóndiga de Granaditas, en la capital de Guanajuato.
Personalmente, nunca había asistido a un evento de este tipo. Sólo había seguido actos similares en línea. Para pasar a ocupar una silla, las y los empleados de gobierno son excesivamente amables, tanto que incomodan. Me parece una falsa amabilidad que sólo busca esconder su necesidad de controlar el evento. No éramos ni veinte personas sentadas. El resto eran de la prensa.
Primero, tomaron la palabra dos militares. Dos altos rangos asentados en Irapuato, lugar donde radicaba José Salvador y donde fue detenido por soldados de esa Zona Militar. Ambos leyeron textos prácticamente idénticos. Los soldados del Ejército Mexicano se disculparon, a nombre de la institución, por la incomunicación, detención arbitraria, desaparición y muerte de José Salvador, a quien reconocieron como persona y, por ende, sujeto al que le habían sido violados sus derechos.
Las disculpas fueron dirigidas a José Salvador y a su mamá. Mientras leían, los sentí con prisa. Sobre todo al primer militar, de mayor edad y rango. El segundo militar, con lentes de cierto aumento, leyó con calma, pero un texto más pequeño.
Luego, una militar que fungía como la presentadora de ceremonias invitó a los familiares o representantes de José Salvador a tomar la palabra, por si “querían” decir algo. Dos hombres, activistas por los derechos humanos que acompañaron a la familia en el caso, usaron el micrófono. No había familiares en el acto, por temor a represalias.
En todo caso, los dos textos, además de apropiados, resultaron lindos al rememorar a José Salvador. Denunciaron la impunidad del caso y, en general, de las violaciones a los derechos humanos cuando son cometidas por una institución estatal o por privados.
En el estado de Guanajuato hay más de 4,440 personas desaparecidas. ¿Dónde está Gertz Manero? ¿Dónde está Claudia Sheinbaum? ¿Por qué no se hace más al respecto? Las disculpas públicas están muy bien, pero ¿por qué no se detiene a nadie?
José Salvador Cárdenas Fuentes iba a cumplir veinte años cuando fue desaparecido por el Ejército. Le gustaba jugar futbol, cantar, bailar, salir con su novia. Desde niño manejaba el tractor para ayudar en el trabajo de labrar las tierras familiares, en las que cosechaban sorgo. No terminó la preparatoria. Soñaba con construir su casa y casarse. Era muy católico, al grado que participaba en procesiones a San Juan de Los Lagos. Vivía su vida alegremente. Una de sus frases era:
“Hoy estoy vivo, mañana quién sabe”.
Su familia lo extraña, especialmente escuchar su voz.
Mientras los activistas leyeron sus textos —cuando uno leía, el otro sostenía un cuadro con una composición fotográfica de José Salvador y la representación de Jesucristo—, tres militares escuchaban sentados. Los dos soldados que leyeron y uno más.
El militar que había leído primero permaneció inamovible, mirando al frente. No a los representantes de la familia de José Salvador, sino directo hacia el muro de la Alhóndiga. El otro, el que no leyó, que nomás estaba ahí, se acomodaba en la silla, veía su celular, volteaba a ver sus botas. Tampoco miraba a los activistas. A diferencia de cuando los militares habían leído sus textos, momentos en los que sí estaban atentos.
Sólo el tercer soldado —que había leído el segundo texto— observó en todo momento, en aparente atención, a los lectores civiles.
El acto se dio por terminado a las 10:22 a. m.
Los soldados se abrazan con funcionarios, sonríen un poco. Tienen prisa. Se notó en la rapidez con la que se levantaron de los asientos. Sólo el soldado de lentes, el más atento, se tomó una foto con uno de los activistas, quien se había acercado con el cuadro que cargaban.
Sólo ese soldado se despidió del otro representante, un profesor de origen italiano. No hubo aplausos en ningún momento de las intervenciones, ni de los militares ni de los civiles. Sólo silencio.
A las 10:24 a. m., ningún militar permanecía en el lugar.



