Invitados

Greta y Mario

En el atril, una adolescente, frente a ella, líderes políticos que asisten en representación de prácticamente todos los países del mundo. Después de un profundo respiro, la joven comienza a hablar con cierto tono autoritario: “[Vengo] a decirles que los adultos deberían cambiar su estilo de vida. No tengo una agenda oculta. Estoy luchando por mi futuro. […] Todo esto está pasando delante de nuestros ojos y, aun así, actuamos como si tuviéramos todo el tiempo que quisiéramos. […] Los adultos dicen que nos quieren, pero los reto, por favor, a que sus acciones reflejen sus palabras. Gracias”.

Es muy probable que usted se haya ido con la finta creyendo que la joven a la que se hace referencia en el párrafo anterior es Greta Thunberg, la famosa adolescente sueca que se ha asumido como líder de los movimientos juveniles que alertan sobre el cambio climático. Y no es para menos, la gran mayoría identificamos esa expresión de enojo y el tono de reclamo que Greta suele mantener durante sus intervenciones públicas, sin embargo, hay un pequeño detalle, el discurso que cito al inicio de este texto fue pronunciando por otra adolescente, -por cierto, también hija de un papá famoso-, once años antes de que Greta naciera, me refiero a Severn Suzuki durante su intervención en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro.

Al igual que sucedió en su momento con la señorita Suzuki, a Greta Thunberg la mayoría solamente la hemos escuchado, pero casi todos la hemos ignorado. Algunos fingen estar con Greta, pero sólo lo manifiestan dándole likes a sus publicaciones en redes sociales, y lo peor es que piensan que con eso ya son ambientalistas.

Es cierto que el ambientalismo requiere de gente como Greta, pero incluso eso, a la larga, casi nunca se transforma en resultados. Para quienes aún no lo sepan, Greta se hizo famosa porque -se supone- súbitamente un lunes decidió faltar a la escuela para irse a manifestar con una pancarta delante del Parlamento Sueco e iniciar un plantón hasta que el Gobierno cumpliese los compromisos de recorte de emisiones de gases de efecto invernadero asumidos en el Acuerdo de París. Desde ese día y hasta hoy, Greta se ha ido consolidando como líder de opinión, -incluso la Revista Time la nombró la personalidad del año 2019-, aunque en términos prácticos digamos que no ha conseguido mucho, de hecho, estrictamente en materia ambiental, hasta hoy, Greta no ha conseguido absolutamente nada.

Dejemos por un momento a Greta y pasemos a conocer a José Mario Molina Pasquel y Henríquez. Remontemonos al México de 1960; imaginemos a ese joven Mario, muy delgado, algo tímido y recién salido de la prepa, que ingresa a realizar sus estudios de Ingeniería Química en la UNAM. Mario, quien siempre fue un alumno destacado de su facultad, logró obtener su título con Mención Honorífica por la defensa de su tesis que realizó en el Instituto de Química.

Para 1968, habían llegado a nuestro país muchos periodistas de todo el mundo porque México era la sede de los Juegos Olímpicos. En ese momento, Mario trabaja como ayudante de profesor en la UNAM, por lo que recorre todos los días la capital viendo los anuncios luminosos que mostraban los aros olímpicos muy junto a la paloma de la paz, mientras cientos de estudiantes y maestros como él, eran detenidos, golpeados, vejados, encarcelados y en muchas ocasiones, simplemente desaparecidos. Mario se encuentra en el proceso de trámite de una beca que le permita realizar sus estudios de posgrado en Alemania. Finalmente es admitido en la Universidad de Friburgo donde permanecería un par de años.

Mientras en México se celebra la IX Copa Mundial de Futbol y siguen presos la mayoría de los líderes del movimiento estudiantil, Mario se incorpora a la Universidad de California en Berkeley, bajo la asesoría de George C. Pimentel, donde pasaría los siguientes tres años de su vida. Para 1973, se traslada al campus de Irvine, con el académico Frank Rowland. El producto de todos esos años de estudio se ve culminado con la publicación de un modesto artículo de apenas dos cuartillas en la prestigiosa revista Nature titulado: «Stratospheric sink for chlorofluoromethanes: chlorine atom-catalysed destruction of ozone» (Nature 249, 810–812). Ese texto no sólo cambiaría la vida de este joven doctor en química, sino que significó un punto de inflexión positiva para toda la humanidad.

La tesis doctoral de Mario Molina demuestra experimentalmente que los clorofluorometanos se estaban agregando al medio ambiente en cantidades cada vez mayores y que estos compuestos, al ser químicamente inertes, podían permanecer en la estratósfera durante 40 a 150 años. La reactividad química de estos gases terminaría produciendo toneladas de átomos de cloro que conducirían a la destrucción de la capa superior de ozono. El ozono es una molécula formada de tres átomos de oxígeno que reacciona a la energía ultravioleta y se divide en una molécula de oxígeno y un átomo simple de oxígeno. Esta reacción convierte la radiación ultravioleta en calor y, de esta manera, el ozono evita que la fracción más peligrosa de rayos UV ingresen a las zonas más bajas de la atmósfera. Luego, los átomos simples de oxígeno que quedaron en la atmósfera se vuelven a unir con moléculas de oxígeno formando nuevamente moléculas de ozono.

Esta investigación fue la base para que una década después, los países del mundo firmaran el Convenio de Viena, donde se estableció la prohibición de 96 productos químicos utilizados en aerosoles y refrigeración que estaban causando un agujero en la capa de ozono. Esta decisión fue ratificada con la firma del Protocolo de Montreal en 1987, cuando la población de humanos en el planeta era de unos 5 mil millones de personas. Hoy está cercana a los 7 mil 800 millones. Este crecimiento exponencial ha traído aparejados numerosos problemas: fuerte incremento en la demanda de energía, alimentos, agua y servicios de salud, aumento de la contaminación en general, peligrosa acumulación de gases que conducen al calentamiento global, declive constante de la diversidad biológica, aproximación a la “carga máxima de la tierra” (10 mil millones de habitantes), disminución de oportunidades laborales, y, consecuencia de todo lo anterior, una mayor posibilidad de conflictos que ponen en riesgo la paz en el mundo.

De no haber sido por el descubrimiento científico de Mario Molina y Frank Rowland, actualmente estaríamos sobreviviendo en un planeta ambientalmente aún más hostil, tanto que algunas modelaciones climáticas indican que, sin el Protocolo de Montreal, alrededor del año 2000, habrían llegado a la atmósfera entre un 40% o 50% más de dióxido de carbono, posiblemente ya no tendríamos o estaría muy adelgazada la capa superior de ozono, lo que ya habría causado un incremento de los casos de cáncer de piel, así como alteraciones a la fotosíntesis con el consecuente desequilibrio ecológico.

Como bien nos lo ha repetido Greta, el cambio climático es una amenaza al bienestar y la vida, especialmente de los sectores más vulnerables, donde destacan, niños, mujeres, ancianos y minusválidos. Cuando esto ocurre, las comunidades se destruyen y sus habitantes se ven obligados a abandonar su modo de vida tradicional y a emigrar dentro o fuera de su país, exacerbando las tensiones sociales y los conflictos, generando un enorme riesgo para la paz y la estabilidad mundial. Hablamos de un movimiento de la gente por la supervivencia, de migración por razones climáticas que termina por convertir a quien lo sufre, en un nuevo tipo de refugiado.

Si bien el convenio de Ginebra de 1951 no considera las razones medioambientales dentro de las circunstancias que dan motivo al estatus de refugiado, el número de personas desplazadas debido a desastres naturales y al cambio climático sigue en aumento y supera con creces la cifra dejada por los conflictos violentos, incluida la actual guerra entre Ucrania y Rusia o los desplazados por el narcotráfico en México, o las crisis económicas en Cuba, Venezuela o Nicaragua. Hablamos de un estimado de 17 millones de desplazamientos forzosos a nivel mundial.

Eso explica que unos meses antes del inicio de la pandemia, Níger e Irlanda sometieran ante el Consejo de Seguridad de la ONU un punto de acuerdo que pedía incorporar información sobre las implicaciones del cambio climático para gestionar los conflictos y su efecto en las operaciones militares para mantener la paz. Aunque la propuesta contó con el respaldo de 113 de los 193 países miembros, el voto en contra por parte de Rusia fue suficiente para vetarla. A pesar del veto, es un hecho que a nivel planetario cada vez se sufrirán más los efectos de tormentas y huracanes más frecuentes e intensos que provocarán inundaciones y destrucción, mientras que las altas temperaturas, las sequías y las hambrunas serán cada vez más letales y comunes.

Ante esto, la Asamblea General de la ONU, reconociendo la necesidad de fomentar la cultura de paz como un proceso necesario para el desarrollo sostenible, en su resolución 72/130, declaró el 16 de mayo como el Día Internacional de la Convivencia en Paz. En esta declaración se recalca la importancia de promover una cultura de paz por medio de valores, actitudes, comportamientos y estilos de vida propicios para el fomento de la paz entre las personas, los grupos y las naciones. Al establecer esta fecha se reafirma la importancia de promover la cultura de paz, ya que no puede haber desarrollo sostenible sin paz, ni mantenimiento de la paz sin desarrollo sostenible.

El logro de una paz duradera requiere una participación continua y dinámica de toda la sociedad en armonía con la naturaleza, pues solamente de esa manera se puede configurar el interés en un futuro común. Bajo esta óptica, incluso Greta y quienes le aplauden o la imitan, están cometiendo un gran error al creer que faltar a la escuela para ir a protestar es lo mejor que se puede hacer en favor de la paz y el medio ambiente.

Hasta el día de hoy, el Protocolo de Montreal ha ralentizado el calentamiento global, siendo unas ocho veces más efectivo para lograrlo que el protocolo de Kioto de 1997 o el Acuerdo de París de 2015.

El 7 de octubre de 2020, Mario Molina perdió la vida. En estos tiempos de éxito a cualquier precio, de banalidades aplaudidas, de fama por videos virales en TikTok, de ansiedad por likes y de absurdos afanes consumistas, personas como él son más necesarias que nunca. Los jóvenes estudiantes de hoy, deben conocer la vida de personas como Mario Molina, quien demostró que sólo la disciplina del estudio aumenta las posibilidades de encontrar soluciones científicas a los grandes retos ambientales.

En 1995, la Academia Sueca de las Ciencias concedió a Mario Molina, a su mentor Frank Rowland y al holandés Paul Crutzen, el Premio Nobel de Química por su legado en la lucha para salvar la capa de ozono. Con lo que hoy sabemos, ese día se cometió un grave error, pues Mario Molina y sus colegas, no sólo debieron recibir el Premio Nobel de su especialidad, sino también, y con justa razón, el Nobel de la Paz.

Armando Ávila Dorador

Universidad Tecnológica Fidel Velázquez

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