Educación para la paz como un instrumento de construcción de una nueva cultura

Es innegable que vivimos en una cultura atravesada por la violencia, podemos apreciar signos de ello en todo nuestro alrededor; al notar las desigualdades en cuanto al acceso de suministros básicos, cuando distinguimos la discriminación que sufrimos en algún momento por pertenecer a un grupo social menos favorecido, por tener características fisonómicas determinadas, por hacer valer nuestra libertad de creencias, etc. Somos conscientes de la violencia cuando prendemos el televisor, revisamos las redes sociales o escuchamos en la radio los trágicos decesos derivados de balaceras, guerras o reacciones de personas que no pudieron o no supieron resolver sus discrepancias de manera pacífica, favoreciendo el diálogo y el respeto mutuo. Nos damos cuenta de la violencia cuando revisamos las cifras del deterioro ambiental, de la caza desmedida, de los niveles de contaminación, de la tala de árboles que se ve como algo insignificante y solo reprochamos de ello cuando nos inundamos en los centros urbanos después de las lluvias. Descubrimos que vivimos en una cultura violenta cuando nos damos cuenta que hay niños y niñas que no tienen acceso a una educación de calidad, que hay personas que fallecen por no poder tener los medios suficientes para comprar un medicamento. Somos conscientes de la corrupción, la discriminación, la pobreza, la violencia de género, la delincuencia, el desempleo, la escasez de agua, el analfabetismo en el país, los índices de explotación infantil, la crisis migratoria, y es ahí cuando notamos que es urgente hablar de transformar la cultura y orientarla hacia la búsqueda de la paz.
Al hablar de paz hacemos referencia a una paz social, una paz estructural, cultural y directa que ayude a propiciar los elementos necesarios de justicia, seguridad, confianza, respeto, entendimiento y colaboración, que generen las condiciones y circunstancias culturales necesarias y deseadas para transformar la violencia a nuestro alrededor y para generar bienestar, estabilidad y desarrollo a las personas.
A través de la educación, los seres humanos hemos ido dotando a las personas de cualidades, habilidades, actitudes y características específicas que le permitan vivir en la sociedad. La educación es y ha sido un proceso complejo que las personas utilizamos para transmitir de generación en generaciones las condiciones culturales, los valores, las tradiciones, el lenguaje, las conductas y las formas de vida que devienen en la identidad de un grupo en específico de sujetos y a esto le llamamos, cultura.
Podemos decir entonces que es por medio de la educación que se transmite la cultura, pero es también gracias a la cultura que se determina la forma de la educación, por ello es importante reconocer quiénes son los encargados del proceso educativo, porque podremos entonces identificar a los “responsables” de la reafirmación de la cultura. Las instituciones educativas las podemos encontrar en diferentes lugares, algunas de manera formal y otras no tanto, pero en ninguna medida eso disminuye la responsabilidad social de educar.
Se puede decir que son más fáciles de identificar las instituciones formales de educación; en México las dividimos por niveles y vamos desde la educación básica hasta la educación superior. Pero no solo la escuela educa, también los medios de comunicación masiva, las redes sociales, las empresas, las familias, las religiones, la sociedad civil, etc. En pocas palabras, todas las personas, sin importar el espacio, el lugar o el tiempo fungimos en determinados momentos como educadores y por lo tanto replicadores de la cultura. Por ello es responsabilidad de toda la humanidad orientar esta educación a una que construya paz y deje de promover la violencia.
Podría parecernos un sueño lejano vivir en una cultura de paz, pero es importante recordar que la cultura de la violencia la hemos ido construyendo a lo largo de los años y de esta misma manera podemos hacerlo con la cultura de la paz. Puede ser que no obtengamos resultados inmediatos, pero con pasos pequeños y firmes, iremos transformando nuestras formas de relacionarnos, de reconocernos, de apreciarnos y de resolver nuestros conflictos para encaminarnos hacia una paz más estable. Darío Botero Uribe escribió en su libro “El derecho a la utopía” publicado en 2005, una frase que debería hacernos reflexionar: “un pensamiento que renuncia a la utopía es proclive a la resignación” y si nos resignamos a vivir en un mundo donde la violencia se percibe a todo momento y se abandera como la forma única y más eficaz de resolver los conflictos estamos perdidos como humanidad.
Deberemos de trabajar entonces en una educación que nos ayude a ocuparnos de esta “utopía” y aprender, reaprender o desaprender los aspectos necesarios para que cada persona desde sus espacios, sus posibilidades y sus habilidades colaboremos en la construcción de una cultura de paz. Porque no hay nada en los seres humanos que esté tan determinado en nuestros pensamientos o en nuestras acciones que sea imposible de modificar por medio del aprendizaje. Se vuelve importante analizarlo desde el preámbulo que se promovió en la UNESCO el cual menciona que debido a que las guerras nacen en la mente de las personas, es entonces en la mente de las personas en donde debemos erigir los baluartes de la paz.
Los profesores, directivos, administrativos y todos los implicados dentro del proceso enseñanza-aprendizaje de las instituciones de educación formal tenemos en nuestra vida profesional una gran responsabilidad; hemos firmado un compromiso con la sociedad en el que detallamos por medio de planes, programas y mapas curriculares los beneficios que obtendrán los estudiantes y que la formación que se les otorgará dentro de las aulas les ayudará a desenvolverse en este mundo y en el futuro. Sin embargo, hemos percibido que a pesar de establecer de manera oficial, los perfiles ciudadanos que los estudiantes tendrán al egresar, en donde presumimos de tener como metas formar ciudadanos activos, comprometidos con el bienestar social, que abanderen el compromiso de un desarrollo sustentable, que respeten y ejerzan los derechos humanos, que luchen por la desigualdad entre los géneros, que resuelvan los conflictos de manera pacífica y, que se comprometan con los valores democráticos y morales que rigen la convivencia del país y la cultura de la cual forman parte, aún después de ello, nos damos cuenta que siguen egresando de nuestras aulas los responsables de los feminicidios, de la corrupción, del deterioro ambiental; es importante que nos preguntemos ¿Qué es lo que está pasando?
Tal vez en respuesta a la pregunta anterior podríamos decir que la educación no solo es responsabilidad de la escuela, como se mencionó anteriormente, la cultura de la violencia está muy impregnada, pero también podríamos considerar que dentro de las aulas, en el currículo real, lo que se lleva a cabo dista mucho de lo que se señala en los planes y programas, en el currículo formal. Pero… ¿por qué?
A los docentes, como elemento primordial e indispensable dentro del proceso enseñanza-aprendizaje, se nos ha encomendado ejecutar lo establecido en los programas, en la currícula, sin embargo, ante el incremento de demandas educativa y las solicitudes de todos los trámites administrativos, se acumulan cada vez más tareas por cumplir para los profesores. Aunado a lo anterior también es imprescindible que veamos por los aspectos referentes a los ideales de la sociedad que en ocasiones, las materias curriculares no suelen satisfacer en cuanto a las exigencias de la época actual y es por ello que surge la necesidad de incorporar mediante ejes transversales.
Estos ejes, se enfocan en ciertos aspectos que enmarcan las necesidades sociales y que justifican la formación integral de los estudiantes en donde elementos como la educación para la paz tendrían que visualizarse por parte de los agentes involucrados en la educación como una forma de dinamizar la realidad y que sean estos ejes los que nos ayuden a suprimir la saturación informativa y la fragmentación del saber que impera en las sesiones de clases en la educación formal. Es así que la transversalidad debe ser vista entonces, como un puente que permita conectar el mundo real y la necesidad social de este, con los aspectos técnicos y el conocimiento científico que se prioriza al momento de impartir clases. Es así que el camino que se vislumbra para alcanzar una cultura de paz por medio de una educación para la paz, no es sencillo. Es un proceso complejo en donde la transversalidad nos ayudará como una herramienta pedagógica para orientar nuestra práctica educativa y modificar la currícula, transformando la formación estudiantil en más integral. Sin embargo, hay mucho por hacer, y lo primero que debemos considerar es, si en verdad estamos dispuestos a recorrer este camino propuesto, pensando que nos ayudará a transformar la realidad para no continuar viviendo en una cultura de la violencia en donde las injusticias, la guerra, el machismo, el armamentismo, el elitismo, el racismo, el etnocentrismo, entre otros, continúen determinando nuestras formas de actuar.