Opinión

¿El Plan Orden o la deuda histórica?

Quien pisa tierra queretana quizá perciba el orgullo local hacia la muñeca Lele, una artesanía otomí que significa “bebé” en Hñahñú y cuya historia nace en Santiago Mexquititlán, Amealco. Las mujeres que la elaboran relatan cómo esta muñeca, antes un juguete para las niñas de la comunidad, se convirtió en símbolo de la identidad queretana. Hoy, Lele es patrimonio cultural de Querétaro y Patrimonio Intangible de la Humanidad, pero también representa las desigualdades que enfrentan las artesanas al subsistir en condiciones de marginalidad en un contexto que prioriza el orden y la formalidad del comercio.

El pasado viernes, el contexto se tornó confuso, pero las imágenes eran claras: un ejército de policías municipales, acompañados de perros pastores que les llegaban a las rodillas, decenas de motocicletas y patrullas que rodeaban una de las plazas principales del Centro Histórico, con una indicación clara: limpiar y ordenar el centro de la ciudad.

El operativo “Plan Orden,” impulsado por el presidente municipal panista Felipe Fernando Macías, busca erradicar el ambulantaje y el “desorden” comercial en las principales plazas del centro. Sin embargo, lo que inició como una intervención para retirar a los comerciantes artesanos rápidamente se convirtió en un enfrentamiento violento, dejando como saldo nueve personas detenidas, entre ellas dos estudiantes de la Universidad Autónoma de Querétaro y una persona herida por una mordida de perro policial.

Las versiones de unos y de otros se contraponen. La regulación del comercio ambulante es compleja, pero el uso desproporcionado de la fuerza fue injustificado y alarmante, lo que derivó en una investigación de la Defensoría de Derechos Humanos por las presuntas violaciones a los derechos humanos.

Se soltaron los demonios y exhibieron nuevamente la deuda histórica que se tiene con las comunidades indígenas en Querétaro.

Llevo algunos años investigando las condiciones económicas y sociales de las artesanas de Amealco, particularmente las fabricantes de la muñeca Lele. Pero, sobre todo, la relación con los gobiernos que se jactan de campañas de difusión y promociones por todo el mundo, pero que simultáneamente implementan políticas que mantienen a las artesanas en condiciones precarias, manteniéndolas en los márgenes de la economía y de la ciudad.

En ese Pueblo Mágico de Amealco, donde se enaltece la identidad queretana por ser un municipio que mantiene vivas las tradiciones y culturas indígenas, el 56 por ciento de la población se mantiene atrapada en la pobreza, siendo el quinto municipio más pobre de todo el estado, según los datos del Coneval del 2020.

Por eso, la lucha es histórica. En Amealco, comunidades como Santiago Mexquititlán, cuna de la Lele, luchan por un mercado local libre de controles arbitrarios; por el acceso a recursos como el agua, con un pozo que se mantiene en disputa desde hace años con el gobierno estatal; por la defensa de sus tierras; y contra la discriminación hacia la comunidad que ahora se extiende hasta la capital del estado.

Esta ciudad, desde donde escribo, se embellece con semáforos y monumentos dedicados a Lele, pero las mujeres que la elaboran son arrinconadas en un mercado, alejadas de las zonas más visibles y con menos oportunidades de venta. Para ellas, vender en el centro histórico no es solo una cuestión económica, sino un acto de resistencia frente a una política que prioriza la estética de las calles antes de reconocer las necesidades de una población históricamente marginada.

Lo ocurrido el pasado viernes no es un hecho aislado ni producto del polémico “Plan Orden.” Es la muestra más cruda y reciente de una discriminación sistemática hacia las comunidades otomíes de Querétaro, a quienes constantemente se les niega el derecho a la ciudad y al espacio público.

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