OpiniónSe dice en el barrio

Otra Cocina Económica

El gusto me duró muy poco: casi enseguida, el dueño me subió 20 por ciento de renta: dijo que a él también le aumentaron el predial en el mercado. Lo viví como si me dieran un martillazo en la nuca. Bien que me había acomodado al espacio, aunque llevaba allí apenas un año y sólo servía desayunos a los comerciantes o a sus clientes. Me urgía encontrar otro igual.

Por fortuna, hallé algo, pero a una cuadra del mercado, y más chiquito. Cupieron apenas tres mesitas y la cocineta en que hacíamos los bocadillos. No había espacio para más. Lo bueno es que varios de mis clientes me siguieron al nuevo local, y por ellos no he quebrado.

Sin embargo, sigo pensando en lo que tuve que vivir para llegar hasta aquí.

Recuerdo que, hace cinco años, me reuní en mi pueblo, en Guanajuato, con mis hermanos, con el pretexto de repartir lo que los viejos nos dejaron en su testamento (50 hectáreas de tierra, la acequia, 110 vacas y 230 aves de corral). Chilo ya se hacía cargo de la tierra y los animales que nos dejaron mis apás. Cuando nos juntamos los hermanos, lueguito les dije que no quería nada de don Ramón, mi apá; estaba resentida con él, porque, dende niña, le pedí que m’enviara a la universidá, a estudiar pa’ licenciada, y sus palabras me retumban tovía, como si ora merito me las estuviera gritando:

“¡Hummm…! ¿Pa’ qué queres estudiar, si al fin te vas a casar y alueguito te vas a empanzonar? Las mujeres no saben más que tener hijos y cuidarlos. ¿O a poco te vas a hacer cargo de darles de comer? Déjanos eso a nosotros, que para algo dios nos hizo juertes”.

No le puedo creer a don Ramón que sólo supo valorar la escuela de ustedes, los muchachos, y pa’ lo que sirvió: naiden de los hombres fue a más que la primaria. Por eso, cuando doña Lety, una arquitecta que vivía en Querétaro, con su esposo, el inge Sandoval, pidió en el pueblo quién la iba a ayudar con sus tres hijos, pa’ poder ella irse a trabajar, yo luego luego me apunté y me fui a su casa, aunque mi apá me dijo que, si ponía un pie fuera, jamás m’iba a permitir regresar a su casa.

El último de los hijos de doña Lety tenía síndrome de Dau, a algo así (nunca mi’ aprendí esa palabra); pero el chamaco casi no hablaba, babeaba todo el tiempo y andaba como perdido. Cuando entré a trabajar a su casa, ella me lo dejó bien claro: tenía que atender al crío a toda hora y en lo que se necesitara, sin importar l’hora. Yo ni pregunté cuánto m’iba a pagar, pues lo único en que pensé fue que, por fin, me podía salir de mi casa. La verdá es que doña Lety nunca me subió el sueldo, aunque también tuve que cocinarle a toda la familia, además de que seguí atendiendo a ese Ramirito, que cada día estaba pior.

Además, los patrones m’encargaron, también, que m’hiciera cargo de los dos hermanos mayores. Fue más pesada mi carga cada vez. No podía más y, como dicen ellos, ya quería tirar la toalla.

Lo único que me mantuvo allí más tiempo fue que, como me pidieron que le cocinara a la familia entera, le dije a la patrona que yo no sabía hacer más que lo que hacíamos en el rancho: atole, frijoles y tortillas. Entonces, ella me pagó un curso de “cocina internacional” en la UAQ.

Cuando terminó esa capacitación, me sentí con ánimos y pensé que podría seguir por mi cuenta. Fue cuando tuv’el local de comida en el mercado, aunque ora me tenía que salir por lo de la renta. Al final, como dije, m’está yendo muy bien…; a lo mejor, al rato monto ya un restorán complet

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