¿Conoces los derechos de tus hijas e hijos?

En el marco del proyecto “Escuela para madres, padres y tutores” de la Escuela de Bachilleres de la Universidad Autónoma de Querétaro, emergió una pregunta tan cotidiana como compleja: ¿cómo aplicar los derechos de las juventudes cuando lo que está en juego es la relación diaria con quienes cuidamos?
Las leyes lo dicen con claridad. La Convención sobre los Derechos del Niño, la Constitución mexicana, la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes, así como las leyes estatales en Querétaro, reconocen que niñas, niños y adolescentes tienen derecho a la identidad, a la educación, a la salud, a la participación, a vivir sin violencia y a ser escuchados. Sin embargo, ese marco legal, por sí solo, no garantiza su cumplimiento. En la vida cotidiana, muchas prácticas familiares siguen ancladas en inercias culturales más fuertes que cualquier norma jurídica.
El ejercicio efectivo de esos derechos sigue enfrentando resistencias estructurales, culturales y emocionales.
Uno de los puntos más difíciles de asumir es el derecho a la participación. Escuchar a hijas e hijos, permitirles opinar y tomarlos en cuenta sigue siendo, en muchos hogares, una excepción. Se teme que el diálogo erosione la autoridad. Pero esa resistencia no es casual: está sostenida en una estructura simbólica llamada adultocentrismo.
El adultocentrismo no es solo una actitud individual. Es un sistema que posiciona a las personas adultas como las únicas portadoras del saber y de la legitimidad. Desautoriza sistemáticamente la palabra de niñas, niños y jóvenes. Por eso, educar desde un enfoque de derechos no implica únicamente conocer las leyes, sino cuestionar cómo ejercemos el poder y desde dónde construimos nuestras relaciones cotidianas.
Como advierte Roberto Gargarella, “el derecho no es neutral: o legitima la opresión o potencia la emancipación”. En el ámbito familiar, esto implica preguntarnos si educamos desde el respeto o desde el miedo; desde la confianza o desde el control.
En México y en Querétaro, los marcos legales han avanzado notablemente. Pero esos avances solo cobran sentido si se reflejan en los vínculos. ¿Cómo hablamos del derecho a la privacidad cuando revisar el celular es considerado normal? ¿Qué significa el derecho a ser escuchado si la última palabra la tiene siempre quien educa?
No se trata de renunciar a los límites, sino de redefinirlos desde el respeto mutuo, la empatía y la escucha activa. Como afirma Rita Segato, “escuchar a las juventudes no es un gesto pedagógico, es una decisión política”. Y es una decisión que interpela tanto a las instituciones como a cada hogar.
Entonces, más allá de repetir: ¿conoces los derechos de tus hijas e hijos?, tal vez la pregunta crucial sea otra:
¿Estamos dispuestas y dispuestos a vivir con ellos esos derechos, a construirlos en el día a día, y no solo a mencionarlos como un discurso aprendido?
Docente Investigadora de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Querétaro, responsable del Centro de Estudios “Articula”. Transversalizar, transformar, políticas públicas institucionales, estudios jurídicos, ético filosóficos y estrategias de intervención para promover la igualdad de género en las Instituciones de Educación Superior (IES), registrado en la Secretaría de Planeación y Gestión Institucional con clave de registro UAQ-CE-029, Maestra en Filosofía y Doctora