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El clero hoy, entre la beligerancia y el examen de conciencia

En tono beligerante, al término de su CXIX Asamblea de noviembre de 2025, la Conferencia del Episcopado Mexicano –más de cien obispos al mando del jalisciense Ramón Castro– convocó a la feligresía católica a resucitar la proclama de los cristeros de hace cien años y azuzó: “Nuestros mártires nos preguntan hoy: ¿estamos dispuestos a defender nuestra fe con la misma radicalidad?”.

Desde la comodidad púrpura de sus sedes episcopales, mediante un mensaje oficial la cúpula católica dictaminó: “Cuando el Estado totalitario intentó imponer su dominio absoluto sobre las conciencias, nuestros mártires comprendieron con claridad meridiana la centralidad de Jesucristo: morir gritando ¡Viva Cristo Rey! era afirmar que ningún poder humano puede reclamar la soberanía absoluta sobre la persona y la conciencia. Era decir con la vida lo que proclamaban con los labios: Cristo es Rey, no el Estado opresor; Cristo es Rey, no el dictador en turno que se envuelve en su soberbia”.

Los obispos de hoy prefieren insinuar que la fe católica es perseguida por el gobierno para no enterarse de un dato que debiera llevarlos a moderar su arrogancia. Por muy complejas razones, la institución no tiene hoy el poder que tenía hace cien años. Tampoco el papa Prevost es el papa Aquiles Ratti, quien bajo el nombre de Pío XI gobernó esa iglesia entre 1922 y 1937. Al papa Aquiles se le recuerda amablemente por los Pactos de Letrán nada menos que con Benito Mussolini por los que, a cambio de legitimidad política y respaldo popular al fascismo, se creó el Estado Vaticano y se declaró al catolicismo religión oficial del Estado italiano.

Como ningún otro pontífice en la historia, este robusto y atlético sucesor del humilde pescador del Tiberíades acabó obsesionándose con México, al grado de dedicarle tres encíclicas, una carta apostólica y varias alocuciones. A casi un mes de distancia en barco y tren, y con información de oídas, Pío XI protestó “contra la mala fe del gobierno perseguidor” y llamó a resistir la “saña” y la “inicua persecución”; asimismo, recordó a los obispos su tarea de “orientar la conciencia de los fieles” y advirtió a los fieles su deber de “obediencia a sus pastores”. Luego de tres años de combates armados, el saldo fue sangriento, sólo que entre los muertos no se encontró ningún obispo; sacerdotes, un promedio de cien, y civiles, según algunas fuentes fueron 250 mil. Por mera exquisitez, si usted desea enterarse de la asimetría de los cielos, averigüe cuántos de los 26 “mártires” que el Vaticano inscribió en su lista de santos eran clérigos y cuántos eran laicos.

Pero entre los días del papa Aquiles y los del beligerante antiobradorista presidente del Episcopado Mexicano, Ramón Castro Castro, hay una pequeña diferencia: hace un siglo en las filas del catolicismo se formaban nada menos que 98 de cada 100 mexicanos, mientras que hoy la institución avanza con paso firme hacia la irrelevancia: en términos cuantitativos registra un decreciente 67 por ciento (hay casos extremos, como Chiapas, donde casi la mitad de los habitantes viven de espaldas al catolicismo) y en términos cualitativos se estima que los católicos efectivos y practicantes andan sobre una cuarta parte.

En lugar de fantasear con un nuevo levantamiento contra el proyecto político que en 2024 confirmó su masivo respaldo ciudadano, el Episcopado debería asumir la responsabilidad institucional histórica de las negociaciones secretas entre la cúpula eclesiástica mexicana y el gobierno del presidente Emilio Portes Gil, con la mediación del embajador norteamericano Dwight W. Morrow, concretada en los llamados “Arreglos de 1929”, en un momento en que la jerarquía católica estuvo encabezada por el queretano Leopoldo Ruiz y Flores, arzobispo de Morelia y Delegado Apostólico, a la sazón representante del Papa Pío XI en México. Todo ello, por supuesto, de espaldas a las bases católicas que tomaron las armas bajo el argumento de la “defensa de la fe”, al grado de que no pocos cristeros se sintieron traicionados por sus propios obispos y algunos volvieron a las armas sólo para encontrar indiferencia y desdén en sus pastores.

Si pretende el Episcopado que la institución recupere autoridad entre los mexicanos, tendría que ocuparse de al menos una acción muy concreta: llevar a los hechos una afirmación contenida en el propio Mensaje de los Obispos de noviembre pasado, en el sentido de que “el centenario del 2026 no puede ser una mera conmemoración nostálgica” y sí, en cambio, “debe ser un examen de conciencia”, en la línea de esta muy pertinente confesión: “Reconocemos con humildad que en algunas ocasiones no los hemos acompañado como es nuestro deber, por lo que pedimos perdón a Dios y a ustedes”. Para que esta retórica se vuelva acto, los obispos mexicanos pueden seguir la ruta del Examen de Conciencia y Petición de Perdón realizado en el umbral del tercer milenio, entre 1998 y 1999, por la Comisión Teológica Internacional, y cuyo sentido profundo, metodología y alcances constan en el documento Memoria y Reconciliación: La Iglesia y las culpas del pasado.

Como el pasado está vivo y funciona como argumento para las disputas del presente, eso es lo apremiante. La institución tiene en el centenario el momento propicio para identificar y hacerse cargo de la responsabilidad histórica de la institución católica “por los males de hoy”, los del mundo y los propios en tanto “sociedad perfecta” que nunca ha podido ser y nunca lo será.

En lugar de seguir fantaseando con un poder que ya no tiene y pretender dar oxígeno a opciones políticas reprobadas por el electorado, los actuales responsables de la Iglesia Católica en México y en Querétaro están llamados a la humildad para enterarse de su propia situación y comprender por qué a cada desplante de la jerarquía católica las nuevas generaciones responden con indiferencia. Si no lo hacen ahora, siendo fieles a sus propias prédicas, en pocos años sus hoy vacíos templos se verán reducidos a meros museos y la fe que simbolizan quedará como añoranza del arte novohispano y elitista escenografía para las selfies que, al menos, dejarán satisfecho el santo narcisismo de los turistas.

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