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Fidel

Por: Efraín Mendoza Zaragoza

 

PARA DESTACAR: Cuando fanáticos y detractores guarden silencio, es decir, una vez que sea separado el trigo de la paja, estoy seguro, la historia absolverá a Fidel Castro.

 

Junto a las tumbas de José Martí y de los generales de la guerra de independencia de Cuba reposan ya las cenizas de Fidel Castro. En el cementerio de Santa Ifigenia terminó el domingo 4 de diciembre un funeral con aire soviético, que se prolongó por nueve días.

 

Sin duda, ante Castro nadie pasa con indiferencia. El debate que su muerte ha desatado lo muestra como un signo de contradicción. Ha animado conversaciones que van desde la mesurada ponderación histórica hasta los arrebatos emocionales más primitivos. No se está distinguiendo entre el Fidel organizador de una revolución triunfante, el Fidel gobernante que enfrentó a la potencia más poderosa de Occidente y el Fidel del silencio de los últimos diez años.

No podía ser de otro modo, la mayoría de los comentarios se alinean, con la misma beligerancia, a favor o en contra, en tono simplón, pasando por alto la variedad de tonos que pueblan el arco que separa al blanco del negro ¿Qué reflexión inspira este momento?

Primero, es preciso preguntarnos sobre la importancia de las utopías en el siglo que corre, marcado por lo instantáneo, la mirada de muy corto plazo, la desmemoria y la ausencia de las ideas ¿Es que la única utopía posible será la hiperrrealidad del consumo frenético que solo abre las puertas a lo insaciable y a la eterna frustración? Ojalá nuestros jóvenes vuelvan a pensar en la utopía de construir un mundo habitable y fraterno.

Segundo, es preciso preguntarnos para qué quieren el poder los gobernantes ¿Para qué lo usan? Evaluemos a los gobernantes a partir del bienestar que son capaces de proveer sus políticas públicas. De los indicadores duros: salud, educación, seguridad y empleo puede derivarse el juicio más justo. Y junto con esto, nadie más como el comandante fallecido para incitar una reflexión sobre el sitio que corresponde a la palabra dentro del arte de gobernar. Es hora de reivindicar la palabra y su potencia creadora. Solo es creíble la palabra que descansa sobre actos. Lo demás son gestos y propaganda.

Por último, es pertinente reflexionar sobre la sabiduría del retiro. El hombre supo apartarse del poder de un modo ordenado para permanecer diez años a la sombra. Si ya en vida era un icono viviente de la resistencia de los pueblos insumisos, su silencio de la última década fue el pasaje a la posteridad, a la decantación de su obra.

Pudo el mundo presenciar la paciencia de su decadencia física como una manifestación corporal de la expiación de sus excesos personales y de los excesos de las instituciones emanadas de la revolución. Cuando fanáticos y detractores guarden silencio, es decir, una vez que sea separado el trigo de la paja, estoy seguro, la historia lo absolverá.

 

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