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La ingenuidad no perdona: tiempos de inseguridad

Por: Luis Enrique Corona

PARA DESTACAR: Para mí no es un misterio el robo, el asalto, el homicidio. Sé, muy a mi pesar que en este mundo tienes que andarte a las vivas o el precio puede ser muy alto. Mala suerte la de otros a los que ante navaja o pistola perdieron algo amado, ganado con el duro esfuerzo del trabajo.

Mi vida ha sufrido el peor de los arrebatos. Ya esperaba una tragedia de este estilo cuando me mudé a la ciudad, pero jamás imaginé que pudiera tener estos resultados. He perdido a mi mejor amiga. Angie, que estaba por cumplir su cuarto aniversario a mi lado, fue robada el día de mi cumpleaños.

Mis amigos querían festejar y paramos por algo de comer al Church’s Chicken de la esquina de Tlacote. Tan solo nos tomaría 20 minutos encargar las hamburguesas. Fue en realidad muy poco tiempo alejados del auto de Juan, pero eso bastaría.

En la alegría del momento, a la que con gentileza podríamos llamar estupidez, nadie pensó en mover sus cosas a la cajuela. Esa fue el peor error que pudimos cometer, el México duro y real no perdona esas faltas de sentido común, porque es algo que todos saben, no vas por ahí y dejas tus cosas a plena vista del mundo.

No tengo miedo del título de pendejo al que me puedan asociar. Seguro que mis compañeros de la Facultad de Química jamás habían sido robados, se trata de un problema que la experiencia repara. Por mi parte, no tengo excusa alguna. Aseguro que no dejó de zumbar en mi cabeza un extraño sentimiento de preocupación. Consideré esperarlos en el carro o bajar a Angie conmigo, pero me dejé llevar por el arrebato de cordialidad y la perdí para siempre.

En el restaurante compartimos historias y bromas, algunas que abordaban la posibilidad de que el carro desapareciera del estacionamiento, mientras nos divertíamos. Un poco paranoico, Juan regresó a poner la alarma. No sabemos si los ladrones ya habían incautado los bienes antes de que esto sucediera.

No hubo cristalazos, ni forcejeos: la cerradura de la parte delantera fue forzada con un gentil toque artístico. Mis compañeros y yo nos subimos al carro, sin percatarnos de que algo extraño había ocurrido. Yo, por mi parte, entré en estado de ‘shock’, porque había una presencia ausente, imposible de ocultar… sí, presencia ausente no es un error, es una figura literaria.

“No pises mi mochila”, dijo un amigo. “¿Cuál mochila?”, le contestó una chica. Las mochilas habían sido robadas. En el conteo de pérdidas figuraban una ‘tablet’, muchos apuntes de química para un examen que estaba a la vuelta de la esquina, mi laptop, un celular, la colección de libros de Juan y por supuesto… Angie, mi hermosa guitarra acústica.

Sé que es estúpido llorarle a una guitarra, que me deberían preocupar más los datos que se fueron en mi computadora o el dinero que cuesta. También reconozco mi culpa, completamente, más que estar enojado por la existencia de este tipo de asaltos. Para mí no es un misterio el robo, el asalto, el homicidio. Sé, muy a mi pesar que en este mundo tienes que andarte a las vivas o el precio puede ser muy alto. Mala suerte la de otros a los que ante navaja o pistola perdieron algo amado, ganado con el duro esfuerzo del trabajo.

Ya ni pedo, no hay que llorar sobre la chela derramada. Podrán insultarme y burlarse de mí, decirme que debí ser más cauteloso, pero la dura realidad es que Angie no está ya a mi lado. Jamás regresará, la perdí en la más ridícula de las formas y mis dedos no volverán a tocar sus dulces cuerdas, nunca más.

Juan saltaba de la rabia, yo me inventé un par de chistes adecuados para la ocasión. Tal vez este tipo de actos delictivos son reflejo de la cultura, del desempleo, a lo mejor una extraña especie de karma social. Pero por el momento no me acompleja.

Doy gracias por estar a salvo. Lo que realmente indigna es que él o ellos no saben lo que realmente se llevaron, no alcanzan a comprender el valor emocional de lo que me robaron. Lo realmente feliz que esa guitarra me hacía. Era el amor de mi vida.

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