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Notas sobre la cualidad del ser humano

Por: Regina Nava–Böhnel

Después de leer o mirar las noticias desde hace varios años, he querido encontrar respuestas a la siguiente interrogante: ¿Qué nos empuja a afirmar o negar la cualidad de ser humano en nosotros y los demás? Cuestión que tiene varias implicaciones: la capacidad para cosificar a los demás y el reconocer la propia titularidad de derechos y para los otros. Históricamente este ha sido un argumento utilizado para despojar y eliminar a los clasificados como indeseables, por cualquier pretexto.

Cuando nos encontramos con otra persona, en fracciones de segundo observamos sus indicadores corporales y de apariencia para inmediatamente clasificarla: su sexo-y-género, calculamos la edad, adivinamos la pertenencia racial—étnica, advertimos la completud y determinamos su posición social. Esta operación aprendida culturalmente desde la infancia, permitirá ahorrarnos conflictos y proteger nuestra seguridad.

De acuerdo a Zygmunt Bauman en ‘Modernidad y Ambivalencia’ (capítulo de ‘Las consecuencias perversas de la modernidad’) estos criterios permiten clasificar y asignar a los otros en tres grandes categorías: en la primera quedan los confiables y los amigos, con quienes nos relacionamos a partir de un compromiso recíproco de responsabilidad por el bienestar mutuo. En la segunda ubicamos a los enemigos y agresores, potenciales o declarados, en confrontación. En la tercera agrupamos a los “inclasificables”, causantes de la duda ambivalente, ya que pueden resultar indemnes e inermes, prescindibles o por el contrario los consideramos amenazantes, peligrosos y dañinos.

En este último caso, el temor encauza el proceso de deshumanización, de manera progresiva por medio de la devaluación, la patologización que incluye a la infantilización, la discriminación, la exclusión y la eliminación.

Este proceso implica nulificar la capacidad pensante como parte integrante de la cualidad racional de la condición de todo ser humano. Despoja -a los otros y también puede ser a uno mismo- de la capacidad de pensar de la cualidad racional de la condición del ser humano, de acuerdo a Hannah Arendt (‘Eichman and the Banality of evil’).

La racionalidad entendida como la el conjunto de aptitudes para percibir, centrar la atención, tomar conciencia, memorizar, analizar, imaginar o prever y finalmente, ejercer la libertad para decidir.

Decidir con libertad es el único bien individual del cual nunca podemos ser despojados, como demuestra Viktor Frankl (‘El hombre en busca de sentido’) a partir de las experiencias extremas del campo de concentración. La libertad para decidir qué hacer o no y cuál actitud hacia la vida elegimos y con ella, asumir la responsabilidad política y moral de las consecuencias, es el compromiso de la vida social.

A este proceso de decisión responsable desde la lógica racional se suma la valoración emocional: la respuesta psicofisiológica ante la percepción de los estímulos, que se expresa en la modificación de la conducta con: alegría, miedo, ira, tristeza y dolor. Roland Laing explica en la primera parte de ‘The politics  of experience’ cómo experimentamos el sufrimiento propio,  con la capacidad para sobreponernos, con la cualidad que ahora se conoce como resiliencia.

En esa medida podemos percibir en el otro las variaciones en su conducta cotidiana y de ahí imaginar su experiencia de sufrimiento. Aquí surge la responsabilidad para aliviar ese dolor, recibir y otorgar cuidados, consolar y solidarizarse. La inteligencia emocional desarrolla la conciencia de empatizar con la experiencia del sufrimiento de los demás.

En ‘El proceso de la Civilización’ Norberto Elías plantea que durante la transición hacia la modernidad la aristocracia europea estableció figuraciones de autocontrol, definida como “cortesía”, a partir de la vergüenza y la repugnancia, para normar y regular la conducta de las funciones corporales, la sexualidad, modales para la comida, formas de expresión verbal y sobretodo, de la violencia.

En los periodos de crisis o escasez de alimentos y recursos, es justamente cuando se ponen a prueba los procesos de autocontrol, de los aprendizajes culturales y de la empatía, pareciera que las presiones para sobrevivir disuaden el ejercicio del pensamiento responsable de la inteligencia emocional y se expresa la violencia, en particular hacia quienes son más vulnerables por género, edad, raza-etnia y completud. Entonces, mejorar la calidad de vida, en el compromiso político y ético, resulta indispensable para detener y revertir la manifestación de la violencia.

 

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