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Pablo y Cliserio

Por: Efraín Mendoza Zaragoza

PARA DESTACAR: Cliserio Gaeta Jara vivió para sus ideas. Murió deseando que en Querétaro algún día la pobreza, que se extiende sobre la Sierra Gorda, sobre el semidesierto y sobre las periferias de la gran urbe, fermentara en una rebelión y los de abajo abrazaran un firme deseo de liberación.

 

Hubo un tiempo en que la propaganda política se centró en el programa, en las ideas. En los tiempos de la televisión el centro se movió hacia los candidatos, que eran presentados como la solución y el milagro. En nuestros días de redes sociales, el centro ha girado hacia el elector.

Dice el politólogo Víctor Lapuente que hoy “ganan los candidatos que estimulan más nuestro ego y se adaptan mejor a nuestros egoísmos”. Hoy ningún candidato se resiste a la tentación de inflamar el narcisismo de sus interlocutores. Al ciudadano se le mima, se le seduce, se le apapacha. Se le hace sentir grande y poderoso.

En esto pensé cuando al amanecer del jueves 4 de agosto el maestro Guadalupe Navarro me compartió su pesar por la muerte de don Cliserio Gaeta Jara, un hombre que bajo ese aire bondadoso con el que sonreía, cultivaba ideas duras e implacables. Murió a unas semanas de que iniciara el año 80 de su vida, pero nunca se apartó de su ánimo juvenil y esperanzado.

Que en los días de la modernidad líquida alguien defienda ideas es un intruso, un excéntrico; es un extemporáneo. Por una alternativa imaginaria de nación pocos hoy podrían emprender una lucha. Ya no encontramos a nadie que esté dispuesto a dar su vida por una convicción.

Cliserio Gaeta Jara vivió para sus ideas. Le habría gustado morir embrazando un fusil y no bajo una pesada máquina en su taller mecánico. Murió deseando que en Querétaro algún día la pobreza, que se extiende sobre la Sierra Gorda, sobre el semidesierto y sobre las periferias de la gran urbe, fermentara en una rebelión y los de abajo abrazaran un firme deseo de liberación.

Vivió para sus ideas no porque hubiera sido inoculado por la literatura rojilla, que consumió por supuesto, pero nunca tuvo reparos en admitir la fuente de su coraje: “todo el tiempo he vivido en un mundo lleno de miserias, de hambre y de injusticia. La felicidad para mí no existe”, dijo alguna vez.

Saberse en la exclusión y haber atestiguado la humillación que sufrió su padre a manos de un cacique, le obligó a poner en orden sus ideas y lo llevó a vincularse a movimientos que optaron por las armas como vía para el cambio en México. Se integró al Partido Proletario Unido de América, mantuvo vínculos con la Liga Comunista 23 de Septiembre y se articuló a los comandos guerrilleros de Lucio Cabañas, en el sur endémico. En su cuenta personal figuró un policía judicial de la huasteca potosina, que el Estado le cobró con cárcel y tortura.

Soñó siempre con que las capas subalternas de la sociedad se rebelaran y derrocaran a los gobernantes que abusan, saquean y desprecian a sus gobernados. Nunca cayó en la tentación de sobarle el ego a la gente, pues para dormidos y agachones tuvo también consistentes expresiones de dureza.

Lamentó que el arraigado fanatismo religioso del pueblo queretano fuera un obstáculo para la rebeldía y, como un profeta laico, denunció a la “gente engolosinada con el dinero y dispuesta a venderse y a fregar a quien se deje”. Mostraba impotencia y enojo con políticos que, como el actual presidente de la República, “le hacen la barba al pueblo”. Le entristecía que ese pueblo humillado se hubiera dejado seducir de nuevo por políticos que fundaron su imperio en el crimen.

Sentí alegría cuando en algún aniversario del semanario ‘El Nuevo Amanecer’, el siglo pasado, Gaeta se reencontró con otro compañero de armas también radicado en Querétaro, Julio Melchor, que escribía en aquella modesta y extinta publicación.

Igual que la persecución los había hecho coincidir en los sótanos de la Policía Judicial del estado de Morelos a finales de 1975, en Querétaro una convivencia editorial los volvió a reunir. Esos hombres duros sonreían como niños recordando sus días de clandestinidad, cuando retaron al miedo y decidieron que vivir valía la pena sólo si se vivía sin miedo.

Además de recordar esto con gratitud, celebro que el expresidente estatal del PRD, Pablo González Loyola Pérez, haya sido liberado. La excarcelación del dirigente social ocurrió justamente el día en que murió don Cliserio Gaeta Jara. Y celebro que la jueza federal Mónica Montes Manrique no haya tenido reparos en exhibir los excesos de la justicia local.

No siendo ello suficiente, el secretario de Gobierno salió a defender su abuso y reiteró el carácter endeble de sus fundamentos. Dijo, por ejemplo, que era necesario encarcelar al dirigente porque “podría promover nuevas marchas”, y “tendía al cierre de calles”, y que un eventual cierre “podría tornarse violento y un peligro social”.

Es decir, confesó que Pablo fue apresado no por algo que hubiera hecho, sino por lo que podría haber hecho o por lo que podría hacer en el futuro ¡Vaya forma de estrenar el nuevo sistema penal acusatorio, que presume de fincarse en la presunción de inocencia! En la mente del policía sólo hay delincuentes. Estamos a un paso de que el acto de pensar o el acto de cuestionar merezcan pena corporal. Esa sí que es una pena.

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