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El camino de transformación de la violencia cultural en Cultura de Paz

La frase de Gandhi: “no hay camino para la paz, la paz es el camino”, permite pensar que la paz es un proceso y no una meta, por lo tanto, implica que en el día a día se vaya haciendo y viviendo la paz.

Sin embargo, no es un camino fácil, por el contrario, se encuentra lleno de obstáculos, algunos de ellos son imperceptibles, inconscientes, aprendidos en la transmisión de generación en generación y, por ello, asumidos y aceptados como si siempre hubieran estado ahí y fueran a permanecer indefinidamente. Se trata de las creencias, costumbres, símbolos y prácticas con las que se ejerce daño a sí mismo y a los demás, lo que Galtung definió como violencia cultural: (…) aquellos aspectos de la cultura, la esfera simbólica de nuestra existencia – ejemplificada por la religión y la ideología, el lenguaje y el arte, las ciencias empíricas y las ciencias formales (lógica, matemáticas) – que pueden ser usadas para justificar o legitimar la violencia directa o la violencia estructural. (Galtung, 1990, p. 291)

Creencias como: “ojo por ojo, diente por diente”, “existen buenas y malas personas”, “el que estudia es mejor y superior que el que no estudia” ; costumbres como: “la mujer cocina, limpia, educa y cuida a los/as hijos y enfermos”, “el hombre se sienta en la cabecera de la mesa y se le sirve de comer”; símbolos dentro de los rituales de iniciación o de paso con los que se delimitan territorios, amistades y enemistades, pertenencia y exclusión, etc.; prácticas de discriminación, marginación y descalificación por color de piel, preferencia sexual, lugar de nacimiento, clase social, expresión de opiniones diferentes a las que tiene la mayoría o la minoría con poder, son solo algunos ejemplos del ejercicio de la violencia cultural en la vida cotidiana.

La posibilidad de transformar todas estas manifestaciones de la violencia cultural radica en que las personas de manera colectiva experimenten procesos de concientización. Tal y como la definió Freire, la concientización implica:  “la mirada más crítica posible de la realidad y que la desvela para conocerla y conocer los mitos que engañan y que ayudan a mantener la realidad de la estructura dominante está totalmente ligada a la liberación”(Freire (1973) citado en Chesney, 2008, p. 54). Dichos procesos solo pueden darse a través de una educación especializada que no puede estar encerrada en las aulas, porque requiere abarcar a la gente de todas las edades y en todos los ámbitos, ser persistente en el tiempo y generar reflexiones profundas que motiven a las personas a tener la voluntad de cambiar sus creencias, costumbres, prácticas y formas de relacionarse. Se trata de la Educación para la Paz que es la única que provee los recursos necesarios para ir por este camino aprendiendo a dialogar, a comunicar asertivamente, a empatizar, a ser sensibles al sufrimiento de los demás, a colaborar, a cooperar, a aceptar, incluir y respetar las diferencias, a perdonar, ofrecer disculpas y a reconciliarse, afrontar los conflictos mediante estrategias pacíficas, a ejercer el autocuidado, el cuidado del los/as otros y del planeta, entre muchos otros.

Sin embargo, para poder educar para la paz en donde prevalece la violencia cultural, con la finalidad de construir una cultura de paz, es indispensable que siga habiendo cada vez más personas que asuman el compromiso de preparación y autotransformación que a su vez movilicen y realicen intervenciones socioeducativas concientizadoras, ya que una transformación cultural necesita que toda una generación impacte en otra y ésta a su vez continúe sosteniendo los cambios en la siguiente, de tal manera que al menos en tres generaciones se transmitan nuevas creencias, nuevas costumbres y tradiciones, nuevas prácticas y sobre todo nuevos simbolismos que promuevan la existencia de sociedades prevalentemente pacíficas.

En México, nuestra generación podría ser la primera en la que más allá de los dogmas religiosos, se asuma la responsabilidad de prepararse profesional y científicamente para transitar el camino en el que la violencia cultural se vaya transformado en una cultura de paz y sea posible transmitir los cambios a la siguiente generación, la decisión la tenemos en nuestras manos.

Maribel Rivera López

Docente de la Facultad de Psicología y Educación, UAQ

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