Bielorrusia. Con la historia por delante
Apenas en 1918-1919 hubo una República Nacional Bielorrusa tras el colapso del Imperio de los Romanov.
Bielorrusia o Belarús, se encuentra en las primeras planas del mundo debido a las masivas protestas de su ciudadanía, la que se opone a la continuidad de su presidente Lukashenko, en el puesto desde mediados de 1994 —hace ya 26 años—, por lo que es considerado por sus opositores como el último dictador de Europa.
Hoy por hoy, es el presidente no monarca que más tiempo lleva en el poder en dicho continente. Seguido de su aliado Vladimir Putin, primer ministro y presidente de Rusia desde hace 21 años, del primer ministro y presidente de Turquía, Recep Erdogan, con 17 años en el poder, y de Angela Merkel, canciller de Alemania desde hace casi 15 años. Aunque, quienes se llevan el premio de longevidad son los africanos, como Paul Biya de Camerún, quien suma 45 años en el poder, pero esa es otra historia.
Ubicado al este de Europa, colindante con Rusia, Ucrania, Polonia, Lituania y Letonia, cuenta con alrededor de 10 millones de habitantes —en su mayoría seguidores del cristianismo ortodoxo ruso— aunque seguidos (no tan lejos) por los no practicantes de ninguna religión (herencia del pasado soviético, seguramente).
Bielorrusia es un país que, como identidad Estado-Nación, tiene pocos años de existencia. Si bien el territorio tiene una larga historia política y social, desde la época medieval cuando se le nombra como la ‘Rusia blanca’, nunca tuvo los elementos para que se le distinguiera de las poblaciones eslavas y gobiernos de Kiev, Pólatsk, Minsk, Lituania, Polonia y Rusia. Apenas en 1918-1919 hubo una República Nacional Bielorrusa tras el colapso del Imperio de los Romanov.
Con los bolcheviques encabezando la Revolución, se formó la URSS en 1922, a la que se sumó Bielorrusia. Durante la Segunda Guerra Mundial, la República Socialista Soviética de Bielorrusia fue el primer territorio soviético invadido por la Alemania nazi, perdiendo a un tercio de su población -entre 2 y 3 millones de personas-, entre los que estuvieron un 65 por ciento de su población judía (unos 245 mil), con sus ciudades y economía devastadas. Con lo que fue la república más castigada por la guerra al ser, también, la que más tiempo fue ocupada.
Las políticas de ‘sovietización’ aplicadas desde Moscú desde la década de los treinta (que incluyeron las famosas purgas que dejaron a cientos de miles de asesinados), que buscaban frenar la influencia de occidente y fortalecer los vínculos con la ‘madre Rusia’, llevaron a una disputa que continúa hasta hoy, entre los nacionalistas bielorusos y los rusofílicos.
Pero es hasta la desintegración de la URSS cuando surge una Bielorrusia autónoma el 27 de julio de 1990, e independiente el 25 de agosto de 1991. La transición duró tres años, con la Comunidad de Estados Independientes, hasta que en marzo de 1994 se promulgó una constitución nacional.
En julio de 1994, vendrían las elecciones, las que ganaría de manera contundente un relativamente desconocido Aleksandr Grigórievich Lukashenko, candidato independiente de entonces 40 años. Historiador y exmilitante del Partido Comunista de Bielorrusia, en 1991 fue el único integrante del Sóviet Supremo bielorruso en votar en contra de la disolución de la URSS, manifestándose a favor de democratizar a la Unión.
Una vez en el poder y tal como anunció en su campaña, mantendría políticas similares a las de la era soviética, desintegrando el parlamento e integrando su economía a la de Rusia desde 1995, evitando, en general, las crisis económicas que se cernieron en el resto de las ex repúblicas soviéticas.
Desde entonces ha sido reelecto en seis ocasiones con porcentajes superiores al 70%. Su popularidad radica en el gran desarrollo -según la ONU- que se ha alcanzado durante su gestión. El sistema de salud y la alfabetización son superiores a países de Europa occidental. Su desigualdad es de las más bajas del continente y, por ende, del mundo. Pero, ciertamente, la falta de derechos civiles y contrapesos políticos opositores, ha alimentado un creciente descontento.
El pasado 9 de agosto, Lukashenko volvió a ganar las elecciones con más del 80% de los votos. Pero la oposición, denunció un fraude y las protestas fueron aumentando, así como el número de detenidos, hasta tomar las calles de Minsk con cientos de miles de personas el 23 de agosto. Bielorrusia, como en pocas ocasiones, se encuentra de frente con su historia.