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Civismo

Los profesores tenemos mucho qué cambiar para contribuir, desde las aulas, a la pacificación del país.

Las instituciones educativas no atinan qué hacer ante los graves problemas de convivencia entre los jóvenes. Los profesores no sabemos qué hacer para contribuir a la formación cívica y ética de los estudiantes. Decimos que queremos mejores ciudadanos que aspiren a la paz, pero con los actos personales e institucionales acabamos promoviendo lo contrario. Un análisis divulgado por el Instituto Nacional de Evaluación Educativa, mostró que nuestro país se encuentra en la periferia, a años luz de Finlandia, con mucho qué hacer para que la vida sea una experiencia gratificante.

No veamos hoy estadísticas ni sesudos argumentos. Escuchemos las palabras de los propios estudiantes de educación básica a la hora de evaluar su materia de Formación Cívica. Primera voz, de Alejandro, que cursa el segundo año de secundaria: “La materia de Formación Cívica y Ética me aburre; nada más vemos cosas de la bandera y el Himno Nacional, creo que no me sirve para nada”. Dulce, de tercero: “En la materia de Formación Cívica nos enseñan valores como respeto y tolerancia, pero cuando el maestro se desespera, nos comienza a gritar y castigar”. Y Ximena, de sexto de primaria: “Creo que es donde nos enseñan cosas de las elecciones o algo así, la verdad no me acuerdo”.

Más que por el rollo en el pizarrón, así sea el más erudito y estructurado; más que por las láminas del PowerPoint con el más amigable de los diseños, los estudiantes recuerdan a sus maestros por la forma en que enfocan un problema, por la forma en que reaccionan ante un imprevisto, por las expresiones que revelan su sabiduría o su insensibilidad. A la hora de enfrentar los problemas de convivencia no funcionan las filípicas ni las tiernas súplicas. El aula es un microcosmos del país. Indaguemos cómo viven los jóvenes su experiencia cotidiana allí.

Escuche usted estas voces sobre lo que sucede en su día a día. Más allá de lo explícito, observemos lo que las palabras de los jóvenes y adolescentes revelan respecto de cómo se miran a sí mismos. Carlos, de segundo de secundaria: “Cuando los maestros salen, jugamos a golpearnos, no importa si son niñas o niños, todos nos llevamos igual”. Paulette: “A mí me han molestado algunos compañeros, incluso con el maestro presente, pero a él parece no importarle”. Sofía, de tercero: “[Cuando] varios de mis compañeros han participado en peleas […] todos nos reunimos a ver”. Y Aldo, de segundo de secundaria: “En la escuela le robo a mis compañeros, les he llegado a golpear e insulto a mis maestros. En mi casa, mi papá me golpeaba; ahora está en el reclusorio y mi mamá trabaja todo el día”.

Así podríamos seguir hasta comprender por qué la escuela no es un espacio libre de violencia, los posgrados inclusive. Prestemos atención, por último, a Osvaldo, que da en el clavo: “Una vez, mi maestro de Formación Cívica le gritó a mi compañero porque estaba platicando con otro. Le aventó su borrador y mi compañero se lo regresó con la misma violencia. Los dos terminaron en la dirección. A mi compañero lo suspendieron tres días, pero al maestro no le hicieron nada”. No hacen falta más palabras. Los profesores tenemos mucho qué cambiar para contribuir, desde las aulas, a la pacificación del país.

 

 

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