De la colonialidad y su vergüenza identitaria, a la resistencia pluricultural

Apenas en el 2020 dejó de conmemorarse en México el “Día de la raza”, para celebrar el de “la nación pluricultural”, como signo de resistencia y superación del colonialismo y racismo dominantes, para reconocer y valorar la gran riqueza étnica, cultural y lingüística de nuestro país.
¿Por qué tardó tanto el cambio de nombre de este día, si desde hace 200 años México se declaró independiente?
Esta pregunta da cuenta de un fenómeno que vienen sufriendo los pueblos conquistados, llamado “colonialidad” (A.Quijano), que consiste en “la persistencia de estructuras de dominación y jerarquías de poder, de conocimiento y de ser, establecidas durante el colonialismo, que continúan influyendo en el mundo actual, incluso después de la independencia política” (¿Cuál independencia?).
Dichas estructuras penetran el inconsciente, trascienden espacio y tiempo e inoculan en grupos e individuos, identidades acordes con el sistema dominante.
La colonialidad (material y subjetivizante) se manifiesta en *relaciones de poder (racismo, clasismo y jerarquización del trabajo); *del saber (eurocentrismo que privilegia el conocimiento occidental), así como *del ser (que implica desprecio, inferiorización y deshumanización de las culturas no europeas).
Para quienes conocen distintos estados de la RM e interactúan con sus ricas expresiones culturales, 68 lenguas y variantes (náhuatl, maya tseltal, tsotsil, zapoteca, hñähñú, totonaca, chol, mazateca, mazahua, yuto-nahua, cochimí-yumana, seri, oto-mangue, tepehua, tarasca, mixe-zoque, chontal uto-azteca, ku’ahl, kiliwa, kikapu, awakateko, mocha’, ayapaneca, ixil nebajeña, kaqchikel, ixcateca, y otras), queda claro lo castrante que ha sido el aparato integrador y homogeneizador del Estado capitalista y su educación.
Esto lo señala bien Marx Arriaga, actual director general de Materiales Educativos, en su defensa de la Nueva Escuela Mexicana (NEM), frente al exsecretario de educación Nuño Mayer, quien mantuvo el sometimiento de nuestro país a los dictados de organismos internacionales y entregó multimillonarios recursos públicos a empresas privadas para imponer programas y exámenes estandarizados.
El rechazo a la NEM y a sus libros de texto de ese exsecretario, de algunos gobiernos locales, empresas, organizaciones e incluso grupos de profesores de derecha, no parte sólo de razones pedagógicas (que también las hay), sino de ese sedimento de colonialidad dominante.
Al revisar la historia, puede constatarse que otro criterio, brutalmente impuesto por los conquistadores para marcar tajantemente las diferencias entre pobladores, fue “la “casta”: peninsular, criolla, india, negra; mestiza, mulata, castiza, zamba, coyota, china, morisca, loba, albina, saltapatrás, etc. Las castas no sólo destacaban diferencias de colores o rasgos, sino de niveles, acompañados de vergüenza identitaria para “los inferiores” (similar a la culpa del “pecado original” que afecta la subjetividad de muchas personas y pueblos) o de orgullo para “los superiores”.
¿Quién ubica a quién, con qué autoridad y con qué criterios?
Aunque la banal ONU guste celebrar días “para generar conciencia” de todo, como bien señaló Carlos Marx: “No es la conciencia la que determina el ser social, sino el ser social (y sus condiciones materiales) el que determina la conciencia”.
Por eso, para superar la colonialidad en nuestro país, requerimos impulsar y fortalecer movimientos de resistencia. No basta visibilizar o denunciar las formas depredadoras deseparación del campo la ciudad, o formas inequitativas y desquiciantes de diseño y crecimiento de las ciudades, privilegiando a unos cuantos, marginando y excluyendo del bienestar a las mayorías. Es preciso ganar poder en favor del pueblo y garantizar su real participación en la toma de decisiones que nos afectan.
Por eso, ¡bienvenidas y gracias! A todas esas organizaciones ciudadanas que en Querétaro, están poniendo en aprietos a gobernantes atascados en la colonialidad, como Kuri, Macías y otros, pues cada vez menos gente se deja seducir por sus políticas discriminadoras o sus espejitos mercantiles.