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El peligro de seguir a alguien a ciegas

Ya han pasado más de 25 años del atentado referido y, como tal, no tenemos respuestas de por qué lo hicieron los victimarios a pesar de haber sido parte de una cultura tan estricta como la japonesa.

El 20 de marzo de 1995, Tokio podía haber tenido un día normal, pero su normalidad fue alterada por el atentado realizado con gas sarín, en 5 estaciones del metro, por el grupo Aum Shinrikyo. Haruki Murakami, el escritor que se distingue por escribir novelas tipo narrativas, rompió su propio estilo para realizar entrevistas a las víctimas de este atentado y poder compartir cómo esas vidas fueron alteradas-y publicadas en su libro Subterráneo (Underground). El atentado ocurrió en la mañana a la hora pico, cuando los japoneses estaban en el recorrido a su trabajo.

Lo que personalmente me llamó la atención, y que se cuenta desde el inicio de libro, es la referencia que hace a los perpetradores del tren A725K de la línea Chiyoda (Ikuo Hayashi y Tomomitsu Niimi-el primero el autor material, el segundo su conductor y cómplice). Hayashi, médico de profesión y miembro de la súper élite japonesa (lo que señala Murakami que tenía un expediente de “primera línea”, esto es, prominente en su profesión), dejó su empleo para sumarse a la secta tipo religiosa “Aum Shinrikyo” para que, más tarde, ocupara un cargo en el llamado ministerio de ciencia y tecnología de la misma secta.

¿Qué era lo que buscaba Shoko Asahara, fundador de la secta, al haberlo elegido para liberar el gas sarín? Aún no existe claridad de por qué lo hizo. La conjetura del mismo Hayashi fue que la organización lo hizo para sellar sus labios y eliminaban cualquier posibilidad de que huyese, ya que Hayashi ya sabía demasiado y, al parecer, el mismo Asahara no confiaba demasiado en él. Murakami narra:

“Cuando Asahara le ordenó: ‘Libera el sarín’, Hayashi reconoce que se le encogió el corazón. ‘Sentía cómo me golpeaba contra el pecho, pero claro, ¿dónde sino iba a estar?’… ‘No es más que la ascesis de Mahamudra’, se repetía a sí mismo. Mahamudra era una disciplina crucial en el culto de Aum para alcanzar el grado de ‘Maestro Verdadero Iluminado’… aseguró Hayashi en el juicio. ‘Sabía lo que tenía que hacer, aunque mi corazón no estuviera de acuerdo con ello’. Tan sólo en el ataque perpetrado por Hayashi, murieron dos personas. Doscientas treinta resultaron gravemente heridas”.

Ya han pasado más de 25 años del atentado referido y, como tal, no tenemos respuestas de por qué lo hicieron los victimarios a pesar de haber sido parte de una cultura tan estricta como la japonesa y de no haber estado completamente seguros; tampoco podemos culparlos de falta de entendimiento, sino al contrario.

Solamente puedo imaginar que la presencia de Shoko Asahara era muy fuerte y dominante o supo cómo coaccionar las consciencias de sus seguidores, las cuales ya estaban condicionadas para seguir sus órdenes. Lo cierto es que no pudieron negarse. “Si eso hubiera sido posible, la cadena de atentados en el metro de Tokio nunca habría tenido lugar”.

El hecho de prometer a alguien algo más valioso de lo que se posee (naturalmente abstracto) y que esa persona crea en dicha promesa, es verdaderamente peligroso. Se realiza un juego con la voluntad. Einstein decía que hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica – y es justamente la voluntad.

Y si esa voluntad estuviera al servicio de quien promete algo invisible, le damos poder. Por eso me gusta la frase: “Los hechos hablan tan fuerte que las palabras no se escuchan”. Los hechos tienen consecuencias mayormente visibles, mientras que las palabras envuelven, condicionan, asustan, dan valentía, dan miedo… en resumen, pueden afectar la voluntad, lo que dependerá de cada individuo.

Si juntamos esa voluntad con los instintos, como lo es el sentido de pertenencia, se puede dirigir la voluntad a donde se quiera. Por eso, yo desconfío completamente de quien no permita las críticas, que haga una diferencia absoluta entre sus seguidores y contrarios, o que haga promesas de recompensas intangibles o imposibles. Lo anterior aplica tanto a políticos como a ministros de culto y, entre más hablen de ellos mismos o busquen convencernos de sus ideas, menos debemos creer y más analizar.

Sin el análisis, un adulto se convierte en niño al creer ciegamente. Los niños creen ciegamente, y de manera natural, en los padres ya que son el vínculo natural con el mundo exterior. Caso distinto con los adultos, ya que, una vez en la mayoría de edad, adquirimos más derechos y obligaciones, mismos que teóricamente debieran ser ejercidos con responsabilidad.

Delegar a otros nuestros derechos u obligaciones, tendrá las consecuencias dependiendo a quién se les delegó, pero, al momento de asumirlas, las tendrá que responder quien es su verdadero poseedor. He ahí el peligro de actuar no por voluntad propia, sino siguiendo ciegamente y sin hacer el esfuerzo de analizar. Es el peligro de seguir a alguien a ciegas.

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