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Impuestos y pandemia

La ortodoxia neoliberal no se opone al Estado en los términos del liberalismo clásico. Lo necesita para crear mercados donde antes había servicios públicos.

La propaganda (efectiva) de 2006 planteaba un escenario trágico: López Obrador iba a “regalar” dinero a costa de la estabilidad económica. Los esforzados clasemedieros perderían hasta la bicicleta de sus hijas. La lógica era que el dinero para financiar programas sociales, como los que había instrumentado en su paso por el Gobierno del entonces Distrito Federal, se financiarían con deuda pública.

Es curioso que nunca se hayan planteado, al menos entonces, que el candidato de la Coalición Por el Bien de Todos, pensara en instrumentar reformas fiscales. También es curioso (y trágico, por lo demás), que se hayan equivocado con la deuda pública y que hayan acertado en lo otro.

La crisis de 2008 había dejado claro que necesitábamos cambiar el modelo social (porque no es únicamente económico). La pandemia debería acentuar la importancia de robustecer al Estado y devolver a éste la prestación de servicios de calidad, ajenos a la idea de mercado que se ha establecido como la solución a cualquier problema público: privatizarlo.

La ortodoxia neoliberal no se opone al Estado en los términos del liberalismo clásico. Lo necesita para crear mercados donde antes había servicios públicos. Es decir, para privatizar y cuidar las privatizaciones. También, claro, para que los derechos sociales sean sometidos a la lógica del mercado: el pan es para quien pueda pagarlo, no para quien tiene hambre.

Hace unos días, el Secretario de Hacienda reconoció que 2021 será un año dificilísimo en materia económica. La peor crisis desde 1932, vaticinó. Desde luego, buena parte de esa contracción es resultado de la pandemia. Las restricciones sanitarias se traducen en caídas en el consumo y el ciclo es más o menos simple: hay pérdida de empleos y con ello, baja (más) la recaudación por IVA e ISR.

El presidente de la República, en la inminencia de la presentación del Presupuesto de Egresos y la Ley de Ingresos de la Federación, recomendó a los legisladores no tocar el tema de los impuestos. En la presentación de su informe, presumió ahorros por más de 500 mil millones de pesos derivado de los recortes presupuestales. Entiendo que había abusos en el reparto del presupuesto, pero me cuesta trabajo procesar que, parte de esos cientos de miles de millones, hayan supuesto una reducción de más del 80 por ciento de los recursos del Fondo de Cultura Económica, la editorial más importante de América Latina.

Sorprende porque recuerda a casi cualquier presidente gringo o a cualquier chicago boy: los impuestos no se ven como un mecanismo de redistribución, sino como una especie de robo. La justificación para quitarle recursos a instituciones culturales proviene menos de esa ortodoxia que de una visión restringida, por decirlo amablemente, de los bienes culturales: son una exquisitez de la burguesía.

Lo que sorprende aún más es que por momentos parece que el presidente tiene bastante claro que la desigualdad es el origen de muchos de nuestros problemas, pero no ve en la redistribución, un horizonte. Una lástima.

No deja de ser chistoso que los voceros de la derecha y sus replicantes aseguren que López Obrador es comunista.

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