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Terremotos y sociedad civil

La noche del 7 de septiembre de 2017 la tierra crujió ferozmente en el sureste del país con un terremoto de 7.4 grados en la escala de Richter, con epicentro en Pijijiapan, Chiapas, provocando fuertes daños particularmente en el centro, altos y costa, con impactos estructurales en edificios públicos, casonas e iglesias de San Cristóbal de Las Casas y con repercusiones graves también en el Istmo de Tehuantepec, Oaxaca, ensañándose la naturaleza en Juchitán, ciudad en la que desastre afectó el 90 por ciento de las viviendas, algunas de las cuales fueron destruidas totalmente; otras sufrieron caídas de techos, de paredes y muchas casas quedaron con cuarteaduras que representan un verdadero peligro para sus habitantes, los cuales prefieren dormir a la intemperie en colchonetas o en hamacas.

Como circuló velozmente en las redes sociales la magnitud de la desgracia, los oaxaqueños residentes en Querétaro, particularmente los juchitecos, reaccionaron de manera rápida y organizada y establecieron en diversos lugares, casas y hasta en restaurantes de comida oaxaqueña, centros de acopio de víveres, agua, alimentos enlatados y empacados, ropa, cobijas y medicamentos.

La propia Universidad Autónoma de Querétaro, a través de varias facultades organizó centros de acopio, contando con el apoyo de estudiantes que formaron equipos de recepción, clasificación, empacado y finalmente su canalización a Oaxaca, bien por medio de la Cruz Roja y de otras organizaciones humanitarias.

Enoc Linares Sánchez, un amigo juchiteco, cuyo domicilio en la colonia Unidad Magisterial sirvió como centro de recepción de la ayuda, me comentó que habían logrado recabar varias toneladas de ayuda, mismas que fueron fletadas en un tráiler que fue recibido por un grupo de brigadistas, antes de llegar a su destino, para ser resguardado y protegido de cualquier posible retención, por parte de asaltantes o de los propios pobladores istmeños, que desgraciadamente no habían recibido ningún tipo de ayuda, hasta ese momento. Afortunadamente al tráiler y a los brigadistas nada les ocurrió y la ayuda llegó a Juchitán, misma que fue canalizada directamente a las familias más afectadas, por ejemplo en el barrio de Xeguigo. También me comentó, que ya estando en Juchitán, habían detectado que algunos vehículos con ayuda oficial habían llegado a la casa del Presidente Municipal y que no se repartió de manera inmediata, sino de forma discrecional y clientelar.

Ahora, me decía que venía la tarea de la demolición de las viviendas y la reconstrucción de las mismas y que en esa cuestión no se vislumbraba cómo iba a ocurrir el respaldo gubernamental y que probablemente la tuvieran que realizar los propios damnificados. Me comentaba que su sobrina Marlene, quien había egresado de la FCA de la UAQ, se había quedado sin su casa, pues esta cayó materialmente al suelo y se quedó, de la noche a la mañana sin nada. Sus familiares les están dando posada de manera transitoria. El camarada Enoc, antiguo militante de la originaria Coalición Obrera Estudiantil del Istmo (COCEI) me confesó que los Juchitecos, como herederos de la tradición de lucha de los zapotecos, no se quedarán inmovilizados, llegue o no la ayuda gubernamental para la reconstrucción, y de paso me pidió agradecer a la sociedad queretana y a los estudiantes y maestros de la UAQ, por su solidaridad.

Por otra parte, nuevamente la naturaleza cobró facturas desastrosas con un nuevo temblor de 7.1-7.2 grados, el 19 de septiembre de 2017, en el fatídico 32 aniversario del temblor de 1985, que dejó herida de muerte a la Ciudad de México, pero que gracias a la organización de la sociedad civil (Monsivaís ‘dixit’) rebasó a las ineficaces autoridades del gobierno del Distrito Federal y se levantó de las cenizas. Este 19 de septiembre, después de un simulacro “nacional” de temblor, retumbó el centro de la tierra, desde Puebla, Morelos y Tlaxcala y el impacto llegó a la CDMX, con efectos de extrema gravedad, en diferentes puntos de la metrópoli, desde Xochimilco, siguiendo el antiguo camino, hasta el centro de la ciudad, pasando por colonias como Taxqueña, Coyoacán, La Condesa, Narvarte, Nápoles, Roma, Polanco, entre otras, afectando escuelas como la Enrique Rébsamen, donde aún seguían los rescatistas trabajando para salvar a los niños y personal que quedaron atrapados.

El día de hoy viajé a la Ciudad de México y me impactó la organización de esa sociedad civil “monsivainana”, que nuevamente aparece, por aquí y por allá, mandando inclusive a integrantes del Ejército mexicano y otras organizaciones gubernamentales que, no les quedaba más remedio que coordinarse con los voluntarios, con los brigadistas organizados en las tareas de acopio, rescate, de quitar a punta de palas y cubetas los escombros que dejó este “Septiembre Negro”.

La solidaridad individual, grupal, espontanea y organizada, demuestra nuevamente que contra lo que se dice de qué los mexicanos no nos movemos, “ni con pomada de La campana”, estamos vivos y palpitantes y que la desgracia, el pánico inicial, la tristeza por los primeros 200 muertos, cifra bastante conservadora, nos mueve, nos hace temblar, pero no nos doblegará. El terremoto social apenas comienza.

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