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Una nueva sociedad

En este contexto, se pueden entender los intereses del capitalismo, que se colocan como determinantes aún de la vida actual (siglo XXI) del ser humano.

Muchos están ciertos de que la humanidad logró grandes beneficios gracias a la revolución industrial, aunque no siempre se tenga de ella una noción siquiera aproximada. Para unos, la revolución industrial es tan antigua que no se le conocen sus orígenes. Para otros, por el contrario, la gente del siglo XX o, quizás, apenas la del siglo XXI está viendo el surgimiento de esta revolución. Aun así, coinciden en que fue parteaguas en la vida humana y los procesos de producción.

Algunos más sitúan el inicio de la revolución industrial entre los siglos XIV y XVIII, justo cuando en Europa la economía basada en la agricultura se veía obligada a cambiar sus medios y estrategias de producción.

Sin duda, junto a la agricultura, en aquella época igualmente la artesanía tenía un papel central en la vida económica. Más allá, es necesario también hablar del comercio, otra actividad que tenía una función, ya desde muchos siglos antes, cuando le posibilitaba a la población proveerse de enseres y productos necesarios para satisfacer algunas exigencias de la vida social (aunque casi siempre se desconfiaba tanto de los comerciantes que, en la época, no había poblados en que fuesen considerados ciudadanos).

De vuelta a la revolución industrial, conviene decir que fue reconocida con merecimientos propios porque posibilitó el paso de la agricultura a una nueva organización social, basada en la industria (mecanización), y dio lugar a que se le asignaran al conocimiento nuevas finalidades y, sobre todo, estructuró la vida pública (y privada) con base en el consumo de productos destinados al lucimiento y la moda (exóticos y novedosos), sin que eso implicara resolver las necesidades básicas.

Hay coincidencia en varios estudiosos respecto de que en el siglo XVIII se consolidó el cambio de época, pues, si bien la modernidad inició a finales del largo siglo XVI (expresión de Bolívar Echeverría), en el XVIII Europa y Occidente (incluida América) se transformaron radicalmente.

Precisamente en aquella centuria se repartieron los territorios de los continentes entre las naciones imperiales (la cual, por su consolidación y consecuencias, es entendida diferente a la de finales del XV e inicios del XVI, cuando los conquistadores y las coronas europeas invadieron las nuevas tierras y se apropiaron de América y África sólo mediante la ocupación). En el XVIII se repartieron las tierras en vistas a una comprensión diferente de mundo y a una estructura poblacional gravemente dañada.

Esas determinaciones de mundo (más dominio de otro modo de producción, regulado por el mercado; más industrialización que sustituía al trabajo agrícola de producción y construía los espacios alrededor de las fábricas; más concentración poblacional en ciudades en lugar de zonas rurales, y más estructuración inexorable de la vida humana con perspectiva mercantil) fueron causa y consecuencia de la burguesía, una clase que se apropiaba de los medios de producción y desplazaba al Antiguo Régimen. En torno a ella surgió otro grupo (el proletariado, nueva clase social, sometida por la ambición burguesa y representante de las demás clases, cuya existencia transcurría enajenada).

La comprensión de la realidad social implicó nuevas maneras de valorar la producción, en la búsqueda de mayores ganancias sin invertir más tiempo; medios que revolucionaron el transporte (sobre todo, barcos y ferrocarriles); un mercado que, al fin, pudo determinar el comportamiento de los individuos; consumo centrado en los dictados del mercado y en una distribución basada en la enajenación; deterioro ambiental, degradación de la tierra y contaminación generalizada; impulso del proyecto de producción en serie para favorecer la masificación del consumo. En fin, no se trataba de otra cosa sino del nacimiento y la expansión del capitalismo.

En este contexto, se pueden entender los intereses del capitalismo, que se colocan como determinantes aún de la vida actual (siglo XXI) del ser humano.

La sabiduría de los viejos griegos (de hace 27-23 siglos) estaba integrada en conocimientos teóricos, antecedentes de los saberes científicos de hoy. Los antepasados urdieron sus conocimientos para penetrar los misterios de la naturaleza y mostrar la fuerza de la inteligencia humana; se trataba de una actividad de señorío intelectual.

Hoy, en cambio, aunque algunos sabios del XXI siguen dando lecciones de vida, muchos otros –burócratas del conocimiento– asumen nuevas tareas, para venderlas al gran capital, para dar lugar a nuevos instrumentos tecnológicos de destrucción o para obtener privilegios individuales.

Los esfuerzos científicos primigenios de Newton motivan el gozo y la admiración, y a él le sigue una cauda de gente notable en las ciencias, como Einstein, Desmond Morris, John Bury, Erich Fromm, Stefan Rinke, Jacques Attali, Mario Bunge, Jorge Wagensberg, Gaston Bachelard, Carl Sagan y muchos otros.

Pero, en números estratosféricos, abundan los que se dedican a usufructuar de los favores de los que buscan experimentar posibilidades de comportamiento de la materia, intervenir en ella para lograr respuestas mecánicas sin intervención humana y, sobre todo, intentan disponer a discreción de la naturaleza (incluida en ella la máquina humana) para satisfacer las exigencias del hombre auténtico: blanco, varón, mayor de edad, ciudadano y con señorío sobre el mundo entero.

 

gguajardoglez@hotmail.com

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