El proceso de la civilización: buenas maneras
Con aquel ánimo bajo me puse a releer “El proceso de la civilización occidental”, del sociólogo judío alemán Norbert Elías. Recupero aquellas reflexiones.
Escribí en el año 2012, luego de la segunda derrota de López Obrador; como empecé a ver que los revolucionarios nada revolucionan, les gusta estar acomodados, aprueban injusticias mientras no les afecten, que toda iniciativa transformadora desde la “izquierda” es el remedo burdo del gran modelo Teletón, filántropos capitalistas. Con aquel ánimo bajo me puse a releer El proceso de la civilización occidental, del sociólogo judío alemán Norbert Elías. Recupero aquellas reflexiones.
Lo que el sociólogo Elías se plantea es simplemente el problema general del cambio histórico. Dicho cambio –es su tesis central– en su totalidad no está planificado “racionalmente”, pero tampoco es un ir y venir arbitrario de figuras desordenadas.
Los planes y las acciones, los movimientos emocionales o racionales de los hombres aislados se entrecruzan de modo continuo en relaciones de amistad o enemistad, relaciones que pueden ocasionar cambios y configuraciones que nadie ha planeado o creado.
Así, la codificación progresiva de las pulsiones o necesidades naturales: comer, escupir, orinar, defecar, dormir, impulsos sexuales, etc., para mostrar la modificación que a través de los siglos han sufrido las normas del pudor, del placer y del displacer.
El proceso civilizatorio se ha impuesto mediante todo un “arsenal” de sujeciones y violencias.
El concepto de civilité consiguió su sentido y función específicos –asegura Elías– a partir de un librito de Erasmo de Rotterdam: De civilitate morum puerilium.
“De la urbanidad en las maneras de los niños” fue publicada seis años antes de la muerte de Erasmo y editada más de treinta veces en esos seis años.
El Centro de Investigación y Documentación Educativa del Ministerio de Educación de España, realizó, en bilingüe, dos ediciones (1985 y 2006) del “manualillo erasmiano”.
Aquí algunas partes de ese documento:
Dedicatoria: Des. Erasmo de Rotterdam, al niño Enrique de Bogoña, del más alto linaje y las más halagüeñas esperanzas, hijo de Adolfo, príncipe de Veere, salud.
Pretende Erasmo que el niño, los niños, desde los primeros rudimentos, se acostumbre(n) a la urbanidad en las maneras.
“Las narices estén libres de purulencia de mucosidad, lo que es cosa de sucios; vicio este que también a Sócrates el filósofo se le achacó por tacha. Limpiarse el moco con el gorro o con la ropa es pueblerino; con el antebrazo o con el codo, de pimenteros; ni tampoco es mucho más civilizado hacerlo con la mano, si luego has de untarle el moco a la ropa.
Recoger en pañizuelos el excremento de las narices es decente, y eso, volviendo de lado por un momento el cuerpo, si hay otros de más dignidad delante. Si algo de ello se ha arrojado al suelo, al haberse sonado la nariz con los dos dedos, ha de refregarse luego con el pie.”
“Reírse uno solo o por ningún motivo manifiesto, bien se atribuye a necedad o bien a demencia. Con todo, si algo de eso le hubiere ocurrido a uno, de urbanidad será manifestarles a los otros el motivo de la risa, o si no juzga uno que deba revelarse, aducir algún motivo inventado, no vaya alguien a sospechar que es por él la risa.”
“…Para vomitar, retírate a otro sitio. Pues vomitar no es deshonroso; pero por glotonería provocar el vómito es monstruoso.”
“Retener la orina es dañoso para la salud; verterla en secreto es verecundo. Los hay que aconsejan que los niños, comprimiendo las nalgas, retengan el flato del vientre; pero por cierto que no es civilizado, por afanarte en parecer urbano, acarrearte enfermedad. Si es dado retirarse, hágalo así a solas; pero si no, de acuerdo con el viejísimo proverbio, disimule el ruido con una tos. Por lo demás, ¿por qué no aconsejan con el mismo empeño que no hagan del vientre, cuando reprimir la ventosidad es mucho más peligroso que constreñir el intestino?”
De muchas maneras se escucha el eco de Erasmo.