Punto y Seguido

Nicolás Gómez Dávila

Punto y seguido

En una sociedad sana, dice Gómez Dávila, el Estado es órgano de la clase dirigente; en la sociedad contrahecha, el Estado es instrumento de una clase burocrática.

UNO

Aún entre igualitarios fanáticos el más breve encuentro reestablece las desigualdades humanas. Nadie piensa seriamente mientras la originalidad le importa. Los argumentos con que justificamos nuestra conducta suelen ser más estúpidos que nuestra conducta misma.

Es más llevadero ver vivir a los hombres que oírlos opinar. El progresista cree que todo se torna pronto obsoleto, salvo sus ideas. El hombre es un animal que imagina ser hombre. El psicólogo habita los suburbios del alma, como el sociólogo la periferia de la sociedad. Todo fenómeno tiene su explicación sociológica, siempre necesaria y siempre insuficiente. Las categorías sociológicas facultan para circular por la sociedad sin atender a la individualidad irreemplazable de cada hombre.

La sociología es la ideología de nuestra indiferencia con el prójimo. Cada generación nueva acusa a las pretéritas de no haber redimido al hombre. Pero la abyección con que la nueva generación se adapta al mundo, después del fracaso de turno, es proporcional a la vehemencia de sus inculpaciones. La madurez del espíritu comienza cuando dejamos de sentirnos encargados del mundo.

DOS

Los hombres cambian menos de ideas que las ideas de disfraz. En el decurso de los siglos las mismas voces dialogan. Las sociedades agonizantes luchan contra la historia a fuerza de leyes, como los náufragos contra las aguas a fuerza de gritos. Breves remolinos. Hace 200 años era lícito confiar en el futuro sin ser totalmente estúpido. ¿Hoy quién puede creer en las actuales profecías, puesto que somos ese espléndido porvenir de ayer? Quien trata de educar y no de explotar, tanto a un pueblo como a un niño, no les habla imitando a media lengua un lenguaje infantil.

Demagogia: democracia asustada. Lo que se piensa del gobierno, si no se piensa desde el gobierno, carece de interés. El Estado moderno fabrica las opiniones que recoge después respetuosamente con el nombre de opinión pública. La política sabia es el arte de vigorizar la sociedad y de debilitar el Estado. El pueblo no elige a quien lo cura, sino a quien lo droga.

TRES

Más seguramente que la riqueza hay una pobreza maldita: la del que no sufre de ser pobre sino de no ser rico; la del que tolera satisfecho todo infortunio compartido; la del que no anhela abolirla, sino abolir el bien que envidia. El hombre prefiere disculparse con la culpa ajena que con inocencia propia. ¿Predican las verdades en que creen, o las verdades en que creen que deben creer? Cuando Dios murió supimos que todo estaba permitido; ahora que el Diablo ha muerto, impera la confusión. El ironista desconfía de lo que dice sin creer que lo contrario sea cierto. Mientras más graves sean los problemas, mayor es el número de ineptos que la democracia llama a resolverlos. Civilización es lo que logran salvar los viejos de la embestida de los idealistas jóvenes. El azar regirá siempre la historia, porque no es posible organizar el Estado de manera que no importe quien mande. Para excusar sus atentados contra el mundo, el hombre resolvió que la materia es inerte.

La violencia política deja menos cuerpos que almas podridas. La causa de las estupideces democráticas es la confianza en el ciudadano anónimo; y la causa de sus crímenes es la confianza del ciudadano anónimo en sí mismo. La novela añade a la historia su tercera dimensión. Otras épocas quizá fueron vulgares como la nuestra, pero ninguna tuvo la fabulosa caja de resonancia, el amplificador inexorable, de la industria moderna. El sufragio universal no pretende que los intereses de la mayoría triunfen, sino que la mayoría lo crea.

CUATRO

La juventud es promesa que cada generación incumple. Envejecer es catástrofe del cuerpo que nuestra cobardía convierte en catástrofe del alma. Vivimos mientras creemos cumplir las promesas que incumplimos. Un cuerpo desnudo resuelve todos los problemas del universo.

(Ver, ‘Escolios a un texto implícito’. (2001). Nicolás Gómez Dávila. Villegas Editores.)

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