Punto y Seguido

Tristes razones para la alegría del pensamiento

Hace 13 años se publicó en español el libro de George Steiner “Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento”. El mismo año, en un artículo de El País, Jorge Wagensberg muestra cómo la tristeza es sustituida por el gozo del acto de pensar.

  1. No hay conocimiento filosófico ni científico limpio de dudas y de frustraciones. Cierto, ¿pero da eso tristeza? Quizá no. La tristeza del reo procede justamente de un exceso de certidumbre. Sin una mínima dosis de incertidumbre no nos interesaría comprender.
  2. Dominar el pensamiento con el lenguaje obliga a una gran concentración, una tarea difícil e intensa, fatigosa y dolorosa. Cierto, ¿da eso tristeza? Quizá no. El cerebro se interesa por la singularidad concentrada, no por la uniformidad difusa. El cerebro necesita cambio, como la boca necesita saliva, el corazón sangre o los pulmones aire.
  3. Sólo podemos acercarnos a nuestro Yo único e irrepetible con el pensamiento, pero se trata de una irrepetibilidad con seis mil millones de malas copias repartidas por todo el planeta. Cierto, ¿da eso tristeza? Quizá sí, pero lo íntimo se define en lo ajeno.
  4. Cuanto más turbulento y caótico es el pensamiento, más difícil es dominarlo con el lenguaje. Cierto, ¿da eso tristeza? Quizá sí, pero la intensidad de un gozo intelectual depende de cuán fuerte sea la reducción de la esencia respecto de su maraña de matices. Cuanto más dura es la batalla del lenguaje contra el pensamiento más dulce es la victoria por comprender.
  5. No podemos dejar de pensar, lo que supone un despilfarro de energía. Imposible poner la mente en régimen de bajo consumo para ahorrar. Cierto, ¿pero da eso tristeza? Quizá no. En el caso del cerebro, como en el de ciertos hornos, aún es más despilfarro andar encendiendo y apagando. Es más difícil dejar de pensar que dejar de respirar.
  6. La mayor parte de nuestras acciones vitales son automáticas. El automatismo es pensamiento mustio. Por ello no podemos comprender buena parte de nuestro propio comportamiento. Otra imperfección. Cierto, ¿pero da eso tristeza? No para todo el mundo. Para un espíritu creador no.
  7. El pensamiento es incapaz de abordar cuestiones trascendentes como la de nuestra propia muerte. La vieja pregunta de Leibniz, ¿por qué existe algo en lugar de nada?, mana continuamente desde el fondo del alma. Entonces, o sea siempre, florecen toda clase de ideologías encargadas de generar ficciones de supervivencia más o menos consoladoras. Ocurre también en ciencia. Einstein, por ejemplo, con su teoría especial de la relatividad, elimina una de esas célebres ficciones superfluas: el éter. Todo cierto, ¿da eso tristeza? Puede ser, pero es una tristeza que sólo se alivia con una revelación mística o con algo que se le parece mucho: el gozo intelectual.
  8. No podemos leer directamente el pensamiento ajeno. Cierto, ¿pero da eso tristeza? Quizá no. Lo contrario sería terrorífico: el fin de la última de las libertades, la libertad de pensamiento.
  9. Se puede luchar contra las desigualdades de género, económicas, culturales…, pero no contra la injusticia de una genialidad mal repartida. Cierto, ¿pero da eso tristeza? Para muchas almas buenas, quizá sí. Todo el mundo puede tener una gran idea, pero sólo el genio (definámoslo así) se da cuenta de que una idea es una idea grande. Aquí tocamos hueso. La única esperanza para que una pedagogía de la genialidad sea posible es que sea posible una pedagogía del gozo intelectual.

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