Entre talacheros

Parchó la llanta; la puso del lado izquierdo del eje trasero del coche y lo bajó del gato. El cliente pagó la cuenta de 70 pesos y se fue. Yo lo veía todo desde donde acomodaba los aceites y las espumas que trajo el patrón. Marcelo registró lo de la parchada y guardó el dinero en la caja. Luego comenzó a moverse para todos lados, como si estuviera muy ocupado, pero en realidad no estaba haciendo nada. Entonces, yo solté la carcajada y le grité que no siguiera haciéndose güey; que mejor fuera a lavarse el lodo de la llanta que había parchado. Se metió al baño, y salió en unos minutos. Me le acerqué con un refresco para él, y otro para mí. Con los ojos le señalé unas llantas arrumbadas y allí nos sentamos a platicar. El día había amanecido con mucho frío; se había soltado una fina llovizna, dizque por el ciclón que cayó en Acapulco. Tal vez por eso teníamos poca clientela. Entonces le pregunté su opinión sobre la nota del periódico, acerca del niño que mató con un “arma hechiza” a un compañerito de su salón.
Marcelo no contestó mi pregunta; me cambió el tema: “por eso le doy gracias a Dios: aunque con poca chamba, como hoy, tengo que estar aquí. Recibo mi sueldo cada semana y le doy una parte a mi vieja. A cambio, todos los días ella me despierta y, mientras me arreglo, me prepara el desayuno; luego, me da en una bolsa el almuerzo que me traigo pa’l mediodía. Salgo, me trepo al camión y llego aquí, al taller. Todo el día me la paso en friega aquí, atiendo a los clientes, y en la tarde regreso a mi cantón, muy cansado. Ya sé que me libro de andar lidiando a los chamacos, pero, la mera verdad, Edwi se la lleva más cómoda y descansada que yo: su única obligación es cuidar a los hijos antes de que se vayan a la escuela y a su regreso. El resto del día se queda sola en la casa, no tiene que salir a trabajar y se la pasa sin hacer nada. Por eso muchas veces me enojo con ella: a la hora de la cena, se la pasa dándome quejas sobre lo que hacen nuestros hijos. No se da cuenta de que estoy cansado por la friega del taller. Por eso muchas veces le digo que sería bueno cambiar los papeles, que ella se viniera a trabajar, mientras yo me quedo rascándome la panza”.
Me hizo enojar; lo interrumpí para decirle que no siguiera con sus Ԫ⁂₻: “ya te quisiera ver jodiéndote todo el día limpiando y arreglando tu casa, preparando la comida, lavando la ropa, pagando los servicios (luz, agua, impuestos y todo eso), llevando y trayendo a los niños y que todo esté listo cuando regreses, para que tu casa esté limpia, tu mujer se vea linda y sonriente, y te eches a descansar. ¿Piensas que todo se debe a ti? ¿Crees que tú lo haces todo y te ríes del trabajo de tu mujer? Ella hace que la miseria que llevas a casa rinda para todo”.
Mientras yo le gritaba todo eso a Marcelo, veía cómo se le iba encendiendo la cara. En un momento pensé que se me iba a aventar a golpes, pero creo que nuestra amistad lo hizo contenerse. Después de que me desahogué un poco, lo dejé solo, para seguir acomodando los estantes que me ordenó el patrón.
Más tarde regresé, con una torta de huevo y jamón que compré para Marcelo. Me disculpé con él por si lo había ofendido o incomodado. Pero resultó al revés: él me llevaba, también, una torta, pero de pierna con aguacate, y me pidió que le perdonara que se hubiera enojado. También, me dio las gracias: “sólo un amigo como tú puede hablarme como lo hiciste: ‘derecho’, aunque me ofenda, para abrirme la cabezota y hacerme entender que le debo a la Edwi lo que me ha aguantado todo este tiempo y la vida gozosa que le debo. Pero soy muy ‘perro’ y siempre les aviento mis fallas a todos, sobre todo a ella. No me doy cuenta de que le debo mi felicidad…; y a ti, amigo, el que me lo hagas entender”.