Se dice en el barrio

QUÉ CUENTA LA NATURALEZA

El viernes pasado, en la tarde, arrimé mi silla a la puerta. Quería ver, otra vez, ese sol naranja que me recuerda aquellos tiempos, cuando yo era niña y me acostaba en el patio para ver el cielo; entonces, un globo enorme iba recorriendo cada tramo y le daba vida con su luz; hoy puedo testimoniar que a cada nube la pintaba con un color único, que me hacía pensar en naranjas, en duraznos o en la fruta perdida en el paraíso. La belleza del sol era espléndida, como no la he vuelto a ver aquí, en la ciudad. Como si sólo a eso se dedicara y fuera su especialidad, el astro rey iba pintando cada nube con el mismo cariño con que mi tío Chilo conocía a sus cabras y ovejas, y le gritaba a cada una por su nombre (Tea, Ciruela, Ñango, Quelites, Lechuga, Borrasca y así) para que se cuidaran de la fuerza del río. Nunca perdió ni una.

Apoyé el respaldo de la silla contra la pared de adobe, cerré los ojos y dirigí la cara al sol vespertino. Me dejé arrastrar por sensaciones y recuerdos. Algunos se me aparecieron como si nunca antes los hubiese tenido enfrente o fuese la primera vez que los vivía.

La voz del tío Chilo le marcaba el alto a cualquiera. A veces sacaba a sus animales y, en algún momento, los llamaba a gritos desde el cerro de enfrente; ellos salían corriendo inmediatamente a donde él estaba. Lo mismo pasaba con los hombres del pueblo.

Me acuerdo de aquella vez en que el delegado y los del ejido discutían acerca del trazo que debía tener el camino nuevo; el gobierno había prometido un dinero para construirlo, pero los vecinos no se ponían de acuerdo sobre qué tierras cruzaría. Durante la discusión, se sirvió un curado de tuna; todos se pusieron a medios chiles; todos querían hablar a la vez y se cruzaban las opiniones. Fue cuando don Chilo (le decían así, por respeto) pegó un gritote y todos, hasta el delegado, se quedaron silencitos. Después ya se hizo el trazado que dejó contento al pueblo. Causó tanto impacto don Chilo que la gente pidió que él fuera el siguiente presidente municipal o, al menos, el delegado. No aceptó ningún cargo, pero en las discusiones era siempre el que decía la última palabra.

Por eso lo admiré tanto. Pensaba, además, que en los grupos hay gente que, como mi tío, se distingue por su voz, su pensamiento, sus opiniones tan avanzadas o, al menos, por su fuerza. Infunden respeto y reconocimiento, aunque no tengan dinero ni cargo alguno. Y no necesitan traer pantalones y bigote; las mujeres pueden tener esa fuerza… o más.

Sin embargo, fueron pasando los años y don Chilo se fue haciendo viejo, igual que los demás. La vejez le pegó fuerte, como a los otros: se le fueron encogiendo las espaldas, la piel se le volvió pergamino, la fuerza del apretón de manos se le transformó en sólo un roce de dedos, se tardaba mucho en dirigirse de un lado a otro y, muchas veces, se orinaba o “le ganaba en los pantalones”. A sus amigos les fue pasando lo mismo. No se dieron cuenta de que caminaron siempre en compañía de quien no se separaba de ellos, no veían a su testigo principal, sólo lo usaban de pretexto o de confidente, lo creían a veces amigo y a veces enemigo, pero no le hicieron caso, pocas veces lo cuidaron, muy pocas veces le hicieron caso y nunca tomaron en serio: el tiempo. La hermosura de su rostro, la consistencia de sus brazos, la calidez de su voz y la contundencia de su persona no impactaron más. Los amigos se les fueron desapareciendo, lo mismo que los enemigos.

A mis setenta y tantos años de edad, me está pasando igual. Aquí, sentada en mi silla, contemplo el atardecer, múltiples seres me rodean, pero no sé si son recuerdos o fantasmas.

Ya se fueron para siempre quienes me proclamaron reina de las fiestas patronales; también partieron en otra carrera los que, en su caballo, me daban flores o me invitaban a un paseo; los sueños o los enojos que me estremecieron cuando llegaron las fábricas a invadir nuestras tierras son hoy sólo recuerdos; las huelgas que encabecé lograron o no su objetivo.

Lo que, sin embargo, me sigue llenando de emoción es ver a esas chicas que, enfundadas en sus pantalones o montadas en bicicleta, van gustosas a la secundaria o a la prepa, o a la Uni. También me entusiasman esas otras que, con sus amigos, se trepan a los camiones para dar volantes en mano y urgir a los pasajeros que se pronuncien contra este gobierno inútil o malvado, o a que reclamen por su libertad de vivir y los derechos que les han sido arrebatados en favor de un proyecto que es de otros.

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