El carnaval de los egos oscuros

A veces el activismo luce como liturgia: banderas, consignas y, detrás, el viejo apetito de ser vistos. Importa mirar cómo seduce. Un estudio reciente en “Current Psychology” examina el autoritarismo de izquierda (LWA), pariente menos estudiado del de derecha. Tesis: ciertos repertorios “de causa” se vuelven andamios para el lucimiento, no para la justicia.
La literatura describe el LWA con tres piezas: sumisión a autoridades “propias”, agresión contra disidentes y convencionalismo respecto a normas progresistas convertidas en ortodoxia. Es la adhesión rígida a “nuestros” líderes, la sanción a “los otros” y la fidelidad a un catecismo de grupo.
Krispenz y Bertrams indagaron con dos muestras estadounidenses. En la primera hallaron que la agresión antijerárquica -castigar a quienes encarnan jerarquías “opresoras”- se asocia con narcisismo antagónico: gusto por manipular, baja empatía y derecho autoasumido a pisar pies ajenos. En la segunda, la relación más fuerte apareció con psicopatía: desinhibición, frialdad, cálculo. Si el narcisista persigue aplausos, el psicópata prefiere el escenario completo. Conclusión incómoda: hay perfiles a los que el enfrentamiento les sabe mejor que la evidencia.
De aquí surge una hipótesis práctica: el Principio del Vehículo del Ego Oscuro (PVEO). Ciertas formas de activismo -sobre todo las que premian la punición y la estridencia- pueden convertirse en vehículos para egos hambrientos de estatus y dominio. La causa es rótulo; el yo, pasajero exigente.
Conviene aclarar lo obvio: no todo activismo es nido de víboras. Pero algunas causas, en ciertos momentos, magnetizan perfiles que confunden “defender derechos” con “ocupar pedestales”. Ejemplos sobran: el colega que predica igualdad y convierte cada reunión en plebiscito de su virtud; el militante que, en nombre de la libertad, pide censura; el comité que mide éxito en ruido y “selfies” antes que en resultados.
El estudio también recuerda la simetría: los rasgos oscuros no respetan fronteras ideológicas. Hay autoritarismo de derechas que se refugia en tradición y jerarquía; hay autoritarismo de izquierdas que canoniza su propio reglamento moral. Cambia el estandarte, no la gramática del control. Cioran dejó dicho lo suficiente: el hombre adorna sus miserias con ideas.
¿Cómo evitar que la plaza se vuelva escenario? Reglas sencillas: rotar vocerías para impedir sacerdocios; premiar evidencia sobre vehemencia; medir logros con indicadores de realidad y no con métricas de vanidad; bajar reflectores para escuchar argumentos sin coro. Si la indignación es legítima, su administración también debería serlo.
La advertencia importa porque los egos oscuros pueden secuestrar movimientos: desvían recursos, abollan reputaciones y, al final, vuelven inservible lo que pretendían salvar. Nada corroe más rápido que la mezcla de pureza performativa y hambre de cámara.
Esta columna no es un veredicto, sino un llamado a la modestia instrumental. Las causas merecen algo mejor que la comedia del pedestal. Si el PVEO es correcto, ofrece un filtro para distinguir defensa de derechos de culto a la pureza. Si exagera, deja al menos una regla higiénica: menos altavoz, más método. Y una ironía final: el ego no milita en izquierda ni en derecha; milita en sí mismo. Conviene tenerlo cerca de la tierra y lejos del micrófono.
Referencia: Krispenz, A., y Bertrams, A. (2024). Understanding left-wing authoritarianism: Relations to the dark personality traits, altruism, and social justice commitment. [Comprender el autoritarismo de izquierda: relaciones con los rasgos oscuros de personalidad, el altruismo y el compromiso con la justicia social] Current Psychology, 43, 2714–2730.