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MIÉRCOLES DE DANZA

MIÉRCOLES PRIMERO.                                                                                                                             “Miércoles de Danza” es un título que suena feliz y afortunado, diré que apenas apuntado se le adivina buena estrella. Pero la parquedad de su organizador le da un primer pinchazo: carece de animación, no tiene la gracia y donaire del animador, tanto que no se pone en nuestro lugar como espectadores: no nos dice qué y a quién vamos a ver. Probablemente con la comunicación telemática, casi por dos años, perdió una mínima capacidad para acoger. ¿Supondrá que ya todos, la gran mayoría, hemos aprendido a identificar y ubicar un ‘código QR’…, que nos hemos adecuado a su utilidad, a servirnos de él…, que en él —tras el misterio de sus iniciales—  se encuentra encriptado el programa de mano?  Quizá algo de lo anterior influyó en la escasa concurrencia, parte de ella identificada con los artistas por conocimiento personal. ¡Qué lástima! Porque el programa del miércoles 4 en el Foro Escénico del Museo de la Ciudad de Querétaro reunió dos cualidades dos cualidades que no suelen ser concurrentes: variedad y calidad en cada una de sus tres variantes.

La danza “Rosario” ya la conocía como la tercera coreografía de la obra “El eterno femenino”, por parte del grupo Astillados de Ruido, que actuó en la Temporada de Otoño del Centro Nacional de Danza Contemporánea. La autoría y la interpretación corren a cargo de la bailarina Claudia Herrera quien toma por inspiración la poesía y vida literaria de autora mexicana Rosario Castellanos, quien precisamente firma un ensayo con el título apuntado. Sin embargo la obra homónima del grupo escénico encabezado por Beatriz Juan-Gil y Didier Oliver alude, en la primera y segunda coreografías a una griega clásica de la era precristiana y a una poetisa francesa de la Edad Media. La Rosario ‘astillada’ podría tener varios obstáculos para finalmente entregarnos y/o acercarnos a la literata tan inspirada por la Ciudad Real chiapeneca. Su imagen popular está muy reducida a su anecdótica muerte electrocutada por el manejo desprecavido de un aparato electrodoméstico. Apostaría por la superioridad de recordación de otra Rosario  —¡inexistente!—  inventada por un poeta romántico no correspondido que suspende  —literalmente—  su desesperación amorosa mediante el suicidio. La bailarina toma a la literata a partir de sus textos, que son de una delicada y sutil hondura intelectual para destilar su inconformidad con la condición femenina definida y determinada por los hombres a pesar de ellas, incluso para su exclusión. ¿Qué traslado al escenario mediante la danza?, supongo que se preguntaría Claudia Herrera, y ¿cómo? Cabe concluir que vemos y conocemos una Rosario Castellanos traducida y asumida por Herrera… y a partir de textos de su preferencia. Pero el obstáculo más inmediato y rotundo para que veamos a Rosario Castellanos, así sea ‘astillada’, es la belleza y el encanto de la bailarina en comparación con la imagen física que llegáramos a ver  —generalmente entre colegas hombres—  de la embajadora en Israel. Imposible destacarla por belleza alguna, más bien adusta, reservada, sin traslucir ninguna emoción, únicamente intelectualidad. Desprendo de la creación de Herrera y de la interpretación que hace de ésta, un empeño inquebrantable por instalar al personaje en la diferencia, encajar siendo diferente sin conceder un ápice de libertad aún ante las consecuencias que ésta conlleve. De haber verdad en este entendimiento, ¡qué resolución de embrollo y qué acierto ‘astillado’ danzar un personaje tan concienzudamente estudiado y biografiado.  

 Cuando un maestro de ceremonias habría dicho, más o menos: ‘…y para continuar con la primera función de Miércoles de Danza, veremos a equis que interpretará equis, danza compuesta por equis’, vimos en la esquina superior derecha que una bailarina aguardaba, instalada en profundo silencio y oscuridad, que se escuchara el audio y se viera la iluminación que marcaran su entrada. Finalmente escuchamos una marcha que no extrañaríamos en una parada militar. Con marcada marcialidad la bailarina agitó rígidamente sus cortos brazos. Su presencia tendente a rolliza se acercaba a un tono caricaturesco que animaba a la risa, pero su energía y seriedad a lo largo y ancho del escenario lo impedía. La segunda notoriedad de movimiento la alcanzó con el gran vuelo de la larga falda. La transmisión de la sensación de intensidad fue creciente, tanto que apagó lo caricaturesco a pesar de transitar momentáneamente  por un estado gozoso. Definitivamente Maribel Sánchez Castro no presentaba la condición y el desarrollo corporal que solemos apreciar en una bailarina, aunque se desempeñaba como tal. Particularmente su gestualidad general proyectó una inconformidad con la condición opresiva y negacionista prevalente contra lo femenino y la feminidad que terminó reclamando/imponiendo respeto y admiración. Vaya personalidad y desempeño para ‘dejar cargado’ el escenario.     

Ese maestro de ceremonias o presentador inexistente, a pesar del micrófono disponible en la cabina de controles, no habría podido decir: ‘Para cerrar con broche de oro…’ para presentar el cierre con la actuación del grupo Línea Vertical porque cualquiera de las actuaciones habría concluido magníficamente el programa del miércoles 4 de mayo.  A Carlota Desirée Bardullas Mendoza, en cualquiera de sus combinaciones, la he conocido desde que la danza en Querétaro no llevaba el apellido de contemporánea. Cuándo se instaló Charlie en la danza aérea para andar en la errancia artística como cabeza fundadora de la troupe Línea Vertical, no lo recuerdo, pero tengo la memoria suficiente para afirmar que el rato es largo. Cuando más admiré su flexibilidad fue en el grupo Las Pléyades, en su primera época, cuando su fundador, Luis Arreguín salió de Ballet Nacional de México. Aprovechaba esa cualidad para realizar equilibrismo en el piso, que el miércoles citado le falló dos veces. Sin embargo esta producción circense-orientalista la lleva tan bien añejada que la puede iniciar y terminar con cualquier acto, dándole la duración que le apetezca, rematándola con gran vistosidad, por ejemplo malabarismo con antorchas, sin riesgo de quemarse, literal y metafóricamente.                             

MIÉRCOLES SEGUNDO.                                                                                                                                  Abrió la segunda jornada del evento Miércoles de Danza “Microestudio de la ternura”, coreografía firmada por Tania Almazán, interpretada en compañía de Omar Baas. Emocional y sensorialmente la obra cumple a cabalidad con los sustantivos del título, más con el segundo de acuerdo con las impresiones suspirantes  —¡qué lindo!—  que escuché de espectadoras cercanas. La evolución de la obra bien podría terminar, a no dudar, simplemente en “Ternura”, según el crecimiento-atrevimiento de su expresividad. Como número abridor, quizá el maestro coreógrafo Jaime Blanc lo tomaría como un delicado y delicioso aperitivo. Foto 4   

Aún con la brevedad, el baremo pudo quedar elevado y la adrenalina presta a más. Así, la repetición de “Detrás del tiempo”, de Osvaldo Colín Ibarra, no salió bien librada como segundo número de la función, que por simple normalidad debería haber igualado la del miércoles previo. Bien lo percibió Maribel Sánchez Castro, quien reapareció para tramitar brevemente unas sobrias palmas. En algún momento perdió o apresuró el paso y la duración de la música se prolongó sonoramente cuando la bailarina ya había expedido el final con un mutis.  Las posibilidades de crecimiento de la intensidad dramática de “Detrás…” son palpables. Ojalá que autor e intérprete se apliquen en esa beta promisoria de satisfacciones.

Hay creaciones que por sí mismas hacen función, tal es el caso de “Tsu’unu’um” (Colibrí) de Omar Eduardo Baas Pacheco, como lo pudimos constatar el 11 de mayo durante la segunda función de Miércoles de Danza, en el Foro Escénico del Museo de la Ciudad. No imagino que a su término los organizadores, Daniela Camacho Trejo-Luna y Juan Olvera Cordero, hubiesen anunciado el fin de la jornada y recibiesen protestas y reclamos por la brevedad de una única danza. La satisfacción provocada y recibida habría prevenido seguramente cualquier animosidad adversa, a lo más con sorpresa y extrañeza, acomodándose al refrán: De lo bueno poco, y mientras más bueno, más poco. Quizá la tercera en el haber coreográfico de Baas, presidida por “Cautiverio interrumpido” e “Índigo”, con el adendo de personificar por primera vez a la naturaleza arbórea donde y con quien una colibrí despliega-comparte su colorida alegría.* La vivacidad jubilosa proyectada con la plasticidad de intérpretes con un maravilloso dominio de sus recursos dancísticos. El lienzo es musical evoca maderas y suscita sensualidad, sonoridad sureña que trasmina desbordante mexicanidad.

Ante “Alienation” me asumiré Espectador-VAR y así ignoraré la participación de AnAboytes Performing Arts por presentarse con cuatro intérpretes en un evento anunciado de ‘Solos y Duetos’, como han sido todas las actuaciones precedentes.

MIÉRCOLES TERCERO.                                                                                                                                       El miércoles 18, tercero y último programado en esta temporada  Miércoles de Danza  en el Foro Escénico, repitió “Microestudio de la ternura” que esta vez viene bien como aperitivo de un programa con cinco actuaciones. La coreografía y la interpretación cumplen con el contenido anunciado mediante el título. Quizá sin enterarnos de éste de igual manera admiraríamos y agradeceríamos las actuaciones de Tania Almazán, autora, y Omar Baas, por la calidad de sus movimientos, en lo individual y haciendo dueto, y las cualidades de sus presencias.   

En este miércoles se suceden dos actuaciones donde cabe preguntarse por la danza, pues es ésta la protagonista de estos días. Con seguridad sin formación dancística los trabajos del grupo Anima Mundi  — “Patricia”—  y “La sombra del Narciso”, firmado por John Cordero Peralta no podrían existir ni suceder, pero ya se ve que no cualquier trabajo escénico realizado por un bailarín o creado por un coreógrafo es danza, sin ningún demérito creativo ni de realización artística, pero el compromiso de la oferta es la danza. Si en la emotividad de “Patricia” hay una dolorosa intensidad dramática que intenta el desahogo desesperado y termina aceptando el consuelo de la resignación, o ésta como consuelo, entonces Juan Olvera y Daniela Camacho Trejo-Luna acertaron.

También repitió “La leyenda maya del colibrí” y el autor, Omar Eduardo Baas Pacheco, bien podría hacer de su interpretación un concierto. Lo mismo podría suceder con el desempeño del colibrí, agrandando y engrandeciendo su leyenda. (¿Qué diría, cómo reaccionaría un público maya?) Sencillamente la leyenda del colibrí, narrada-danzada por Omar Baas y Hanna Mejía no ha concluido.

En cuanto a danza, cerró la temporada y la función el grupo Danscoreo en los límites de la oferta pues por momentos el dueto crecía numéricamente. “Darkla” en el espacio del Studio Danscoreo quizá luciría mayormente, acelerando la dinámica con entradas y salidas más inmediatas. La anchura del Foro Escénico no permite ni facilita esta posibilidad. “Darkla” parece precisar vertiginosidad y la reducción del espacio para tres bailarinas satisfaría esta conveniencia.  

* “Tsu’unu’um” la estrenó Efrén Gorrostieta Fernández en 2018 para graduarse como ejecutante por parte del Colegio Nacional de Danza Contemporánea, en el mismo escenario. Lo acompañó Hanna Berrones Mejía.

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