Opinión

Wigberto Jiménez Moreno, in memoriam

Para destacar: Las aportaciones del maestro Jiménez Moreno al conocimiento de la historia antigua de México fueron verdaderamente notables, destacando sus tesis sobre la importancia que tuvo la región del Bajío en la formación del México moderno, la relación dialéctica  entre costa y altiplano, así como la definición conceptual de incontables términos e ideas.

Por: José Luis Noria Sánchez

En abril de 1985, falleció don Wigberto Jiménez Moreno, notabilísimo investigador, historiador, antropólogo y sabio mexicano que dejó tras de sí una profunda huella en el terreno de la historia antigua de México, particularmente en lo concerniente a las investigaciones de carácter arqueológico y etnohistórico.

En el Primer Congreso Mexicano de Historia, celebrado en Oaxaca en 1933, las intervenciones de Wigberto Jiménez Moreno captaron pronto la atención de don Alfonso Caso, quien lo invitaría a formar parte del incipiente Instituto Nacional de Antropología. Las aportaciones del maestro Jiménez Moreno al conocimiento de la historia antigua de México fueron verdaderamente notables, destacando sus tesis sobre la importancia que tuvo la región del Bajío en la formación del México moderno, la relación dialéctica  entre costa y altiplano, así como la definición conceptual de incontables términos e ideas. De ello dan cuenta obras como el “Brevísimo resumen de la historia antigua de Guanajuato”, “Tula y los toltecas”, “El enigma de los olmecas”, “Tribus e idiomas del norte de México”, “Síntesis de la historia precolonial del valle de México” y “Filosofía de la vida y transculturación religiosa”, entre varios otros. En el contexto de una obra tan extensa, Jiménez Moreno abordó también el tema de los pueblos del Norte de México y desarrolló la teoría de que los tamimes podían identificarse con los pames que estaban entremetidos en la zona otomí, y que los teochichimecas o zacachichimecas, podrían identificarse con aquellos pames que conservaban mejor la vida nómada en conjunto con otros grupos chichimecas (como los guamaraes, guachichiles, zacatecos, janambres, jonaces, y otros), que vivían en territorios de los actuales estados de Querétaro, Hidalgo, Guanajuato, San Luis Potosí y Zacatecas. En 1925, el maestro Jiménez Moreno, en colaboración con Miguel Othón de Mendizabal, elaboró un mapa de la distribución prehispánica de las lenguas indígenas de México. A este respecto cabe recordar que Mariano Silva y Aceves fundo en 1933 el Instituto Mexicano de Investigaciones Lingüísticas. Bajo la dirección de Silva y Aceves, la revista de este instituto alcanzó un importante prestigio al dedicarse al estudio de las lenguas indígenas y al del español vernáculo, siendo muy apreciada en México y en el extranjero. En 1936 cuando la Universidad Nacional impulsaba el estudio de idiomas aborígenes, como el otomí, el maestro Jiménez Moreno analizó en la población de Tasquillo, en el estado de Hidalgo, un texto en ese idioma que más tarde fue profundizado por el doctor Lawrence Ecker para elaborar con este material una notable gramática y un vocabulario. Ese mismo año realizó un mapa lingüístico de Norte y Centroamérica que en su tiempo fue ampliamente conocido. En 1939 en ocasión de la Primera Asamblea de Filólogos y Lingüistas, animada por Daniel Rubín de la Borbolla, se estableció un alfabeto científico que dio la pauta para los alfabetos fonémicos particulares de la mayor parte de idiomas indígenas de México. Se fundó entonces el “Consejo de Lenguas Indígenas”, cuyo primer director fue Mauricio Swadesh, seguido años mas tarde por Wigberto Jiménez Moreno, quien pese a lo polémico que hoy nos pareciera su opinión, brindó un amplio reconocimiento al trabajo de los miembros del ILV, a quienes consideraba “ilustres misioneros”. Siempre estuvo pendiente de los avances de la lingüística técnica y recomendaba realizar una labor muy intensa de publicaciones de textos, así como poner al alcance de los estudiantes los últimos trabajos sobre esa disciplina. En la arqueología y en la historia destacan sus investigaciones sobre los señoríos del México antiguo, en especial los referidos a los olmecas, mixtecos y toltecas; sus ideas sobre el epiclásico, los trabajos sobre la etnohistoria y arqueología de Nayarit, y muchos otros, como los que llevó a cabo entre los indígenas de Baja California. Durante la Segunda Discusión de Problemas Antropológicos en Mesa Redonda, celebrada en Tuxtla Gutíerrez, Chiapas en mayo de 1942, se estableció el objetivo de zanjar la duda sobre quienes antecedían a quien; si los olmecas o los mayas. En esa ocasión Alfonso Caso, junto con Miguel Covarrubias y Jiménez Moreno presentaron sus conclusiones de la primera definición del estilo olmeca en un trabajo que se tituló “El origen y desarrollo del estilo artístico de los olmecas”. Las conclusiones de los tres estudiosos fueron presentadas por Caso, reconociendo la mayor antigüedad olmeca, al afirmar que “Los olmecas habían dado origen a muchos de los elementos básicos de la civilización mesoamericana, como las tallas de jade, estelas monumentales y altares, vasijas de piedra, glifos, espejos de hematites, así como dioses jaguares de la tierra, de la lluvia y del cielo, que con el tiempo evolucionaron hacia una multitud de dioses, dragones míticos y monstruos”. Entre las investigaciones que llevó a cabo se encuentra la que Agustín Yañez, le encomendó en junio de 1965, para localizar los restos de Eusebio Francisco Kino explorador y misionero de la Baja California, Sonora y Arizona, personaje que murió en Magdalena, Sonora en marzo de 1711. En el plano institucional, le tocó vivir una época en que se fundaron instituciones como el Instituto Nacional de Antropología, el Instituto Indigenista Interamericano y el Instituto Nacional Indigenista, con los cuales colaboró y asesoró directa o indirectamente. Así ocupó los cargos de jefe de Departamento de Etnografía del INAH, director del Museo Nacional de Historia, jefe del departamento de Investigaciones Históricas del INAH y del Boletín Bibliográfico de Antropología Americana, además de presidir el Seminario de Cultura Mexicana. También fue Miembro de la Comisión Dictaminadora del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM. Doctor por la Universidad de las Américas, fundó el Colegio de El Bajío por apego a su terruño. Apasionado investigador de nuestro pasado, fue maestro de muchas generaciones de antropólogos e historiadores en la Escuela Nacional de Antropología, en la Facultad de Filosofía de la Universidad de México, en la Universidad de las Américas, en el Museo Nacional de Antropología Historia y Etnología y en el Colegio del Bajío, asimismo, fungió como profesor huésped e investigador en las universidades de Texas y de California, recibiendo además honrosas distinciones como la otorgada por la Universidad Complutense de Madrid. A quienes tuvieron la fortuna de pasar por sus clases, siempre los impulsó, los animó y les hizo ver la importancia de la historia de México. Investigadores de muchos países deben mucho a los consejos y a las conversaciones con don Wigberto Jiménez Moreno, siempre dispuesto a enseñar. Por todo lo anterior, cabe preguntarnos por qué, hoy en día, son tanpocos los estudiantes de las disciplinas sociales que conozcan su obra. Sirva entonces esta brevísima semblanza como una abierta invitación para adentrarse y disfrutar la estimulante obra del Maestro Wigberto Jiménez Moreno.

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