Ser investigador en México: un camino por recorrer

Hablar de ciencia en México es hablar de pasión, compromiso y resiliencia. Como citó uno de los investigadores más importantes de nuestro país, el Dr. Ruy Pérez Tamayo: “Hacer ciencia en México es un acto de optimismo”. Esta frase nos muestra tanto las limitaciones como la perseverancia de quienes decidimos dedicar nuestra vida a la investigación científica.
Una de las conferencias que me hizo querer convertirme en investigador fue precisamente una del Dr. Tamayo. En ella comparó el ser investigador con un gato, una analogía simpática e ingeniosa; sin embargo, se refería a la naturaleza curiosa de ambos, la atención que mantienen al entorno y la necesidad de explorar aquello que desconocen para entender cómo funcionan las cosas. Fue entonces cuando entendí que la ciencia nace de la curiosidad y la observación.
Mi camino dentro de la ciencia apenas comienza. Aún no podría hablar de una larga trayectoria; sin embargo, durante esta etapa de formación he aprendido que detrás de un artículo científico, un experimento exitoso o un hallazgo científico existen muchas horas de trabajo, frustraciones y sacrificios personales, pero, sobre todo, una profunda certeza de que el conocimiento puede transformar vidas.
La realidad de muchas y muchos investigadores implica enfrentar limitaciones presupuestales y de recursos, burocracia e incertidumbre laboral. Sin embargo, estos desafíos nos permiten desarrollarnos con capacidad de innovar, adaptar metodologías y sostener proyectos que, aunque pueden tardar años, ofrecen resultados importantes.
Y, aun así, vale la pena. Vale la pena porque investigar significa formar parte de algo mucho más grande que uno mismo y contribuir al desarrollo científico del país. Como expresó la astrónoma mexicana Julieta Fierro Gossman: “Un país sin ciencia es un país dependiente”. Cada aporte al conocimiento representa una oportunidad para construir una sociedad más preparada y capaz de resolver sus propios problemas.
En el ámbito de la biomedicina, esta responsabilidad adquiere todavía mayor relevancia. La pandemia por COVID-19 es un ejemplo de ello y deja claro que la ciencia no es un lujo, sino una necesidad social. Gracias a la investigación es posible comprender enfermedades, desarrollar vacunas y tratamientos, y plantear herramientas diagnósticas. Dentro del marco ético permisible, es importante señalar que investigar no consiste únicamente en producir datos, sino en generar conocimiento con honestidad, rigor y sentido humano. La ética científica implica reconocer errores y reportar resultados reales, aun cuando no sean los esperados. Después de todo, muchas veces se aprende más de los errores que de los aciertos.
Actualmente he concluido el Doctorado en Ciencias en Biomedicina y tuve el honor de obtener la primera mención honorífica otorgada por el posgrado. Más que considerarlo un logro individual, lo veo como el resultado de la colaboración, la guía académica y, como mencioné, la pasión compartida por la ciencia.
Sé que el trayecto apenas comienza y que hacer ciencia en México representa retos importantes, pero quizá ahí radica su valor: en decidir permanecer, construir y aportar. Mientras exista esa ideología, siempre habrá ciencia para México.



