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El mercado

SE DICE EN EL BARRIO

Querétaro, Qro.

Cuando mi hermano, Chapis, tenía tres años de edad y yo tenía cinco, mis papás querían para sus hijos un espacio donde crecieran en contacto con la tierra, con plantas y animales. Haciendo esfuerzos, pudieron pagar a plazos aquel terreno donde levantaron una modesta casa. Los trámites para construir todavía no eran tan caros ni engorrosos como hoy, además de que eran más fáciles en ese lugar, pues todos querían mudarse al centro. Después, entramos a la escuela, donde nos explicaban el mundo en que nos tocó vivir; allí pudimos hacernos de muchos amigos. Al salir de clases, de vuelta en casa, después de comer y hacer las tareas, los cuatro íbamos al monte a caminar, acompañados de La Loba y El Nagual, dos perros a los que quisimos mucho y enterramos atrás de la casa cuando, ya viejos, se nos fueron para siempre.

Cuando mi mamá nos gritaba ¡Flaco! o ¡Chapis!, sabíamos que debíamos mostrarle la tarea escolar ya hecha; tener aseado nuestro cuarto y bajado del tendedero la ropa seca; luego, doblarla y guardarla en el ropero. Otros días, el quehacer no era con la ropa, sino con la barda perimetral o con el cuidado de las plantas; pero, eso sí, mi hermano y yo teníamos que atender siempre a los perros. Hoy lo veo a la distancia, rodeado de mis nietos, y me parece que mis papás nos enseñaban a ser cuidadosos de todo y de nosotros mismos; no lo sabíamos, pero vivíamos en el paraíso.

Con esos recuerdos, a los dos hermanos se les acumula el sentimiento. Dicen que, después de que al barrio llegaron las primeras fábricas de la región, algunos de los campesinos se contrataron en ellas, porque de esa manera podían ir a trabajar más cerquita, y no había que ir hasta sus tierras de cultivo (lejos, sin transporte público). Para otros más, eso también significó modernizarse en su modo de vestir: botas de trabajo con punta de hierro, overol y casco amarillo. Alardeaban de que recibían pláticas de capacitación y adiestramiento.

Pero los terrenos que tuvieron al inicio las parejas jóvenes se dividieron en áreas cada vez más pequeñas, para que cada uno de los hijos recibiera su “pedacito”, conforme crecían y formaban su propia familia, con entrada exclusiva a su casa (aunque chiquita), hasta dar lugar a pasillos intrincados y largos. Al improvisar ductos para energía eléctrica y agua potable, el ferretaje de la agresiva industria sustituyó poco a poco los árboles, cactos y matorrales donde antes anidaban trinos de aves de temporada; en su lugar crecieron paredes endebles y mal alineadas para cerrarse en espacios enigmáticos. Cuando algunos miembros de la familia morían o emigraban buscando empleo o caían en pobreza irremediable o se peleaban mortalmente entre sí, las casuchas fueron arrendadas a extraños o vendidas por debajo de su valor real. Nuevas divisiones se interpusieron entre las anteriores y se convirtieron en tugurios de presagios aterradores.

Aquel poblado añoso −antes tapiado con mezquites, humedecido con derramas generosas de pozos superficiales, pintado con papalotes curiosos que buscaban horizontes promisorios− hoy está atiborrado por bodegas comerciales. Entre ellas se asoman, también, talleres mortales de costura, centros de bisutería, locales con variedades multicolores de productos cibernéticos, chicas que anuncian viajes todopagado a algún rincónporconquistar, versiones de diferentes colores y tamaños de la santa imagen de la SantaNiñaMilagrosa, música moderna que enajena todos los rincones, camiones destartalados que anuncian fatigosa marcha con motor estridente, centros comerciales con descuentos aplicables a “su tarjeta de crédito”, carteles monumentales que garantizan la atención del otro sexo si sigue el tratamiento de belleza “X”, venta especial de suculentas carnes del Asia, grupúsculos que marchan contra la última ordenanza municipal, puertas de cristal oscuro con promesas de tatuajes indoloros, mojigangas socarronas que ofrecen atención inmediata para la salud física, “kioscos” con las últimas versiones del teléfono celular que a cada uno le hace falta, inauguración de la “mejor panadería del rumbo”, papeles que cuelgan en cada poste para que usted identifique dónde puede adquirir “la mejor casa de la zona”, atención especial a motores desvielados, transeúntes indolentes ante policías que golpean a los que piden agua para su barrio. El mercado muestra su poder con cada consigna comercial.

Flaco y Chapis, los hermanos que llegaron aquí cuando niños, en su vejez actual aseguran que el mundo lleno de promesas que en aquella época encontraron hoy parece derrumbado sin remedio bajo la fuerza demoledora de la compra-venta, y que, así, se muestra como amenaza de muerte aquella frase que entonaban en las calles, codo a codo con los demás, al convocar a la revolución que cantaba con entusiasmo “nadie sale vivo de aquí”.

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