…Y CHOLE SALIÓ DE PALACIO

«¡Ya chole…!», aunque exclamación palaciega en defensa de un malandrín acosador, asolador,
burlador de cercas y regulaciones, excitado por el calor de la tierra caliente guerrerense, ‘carnal’
de correrías políticas y fechorías ‘con causa’ por la primacía de los pobres y abatimiento de la
corrupción, tal decir vino a mi memoria como protesta contra el considerado excesivo ensayo
requerido por Luis Arreguín, cuando en una entrevista me describió el hartazgo de una veintena
de bailarines y bailarinas de Ballet Nacional de México durante el montaje —incluso los
domingos— de “Carmina Burana”, para celebrar el 465 aniversario de Querétaro en el Auditorio
Josefa Ortiz de Domínguez con una presencia musical encabezada por la Orquesta Sinfónica de
Querétaro, bajo la batuta de José Guadalupe Flores.
Esta vez fue el domingo 23 de octubre al medio día, en el salón 2 del Colegio Nacional de Danza
Contemporánea, cuando me invitó a presenciar el ensayo general de “Poética, espacio de
creación”. Al final de la sesión expuse al reparto, a manera anecdótica, el recuerdo anotado, e
inmediatamente la plantilla con la cual Arreguín Garmendia ha trabajado recientemente los dos
estrenos queretanos previos del grupo Las Pléyades —después de más de siete años de docencia
en la Universidad Católica de Daegu, Corea del Sur—, casi airadamente y a coro protestó contra la
involuntaria insinuación de ubicarlos en el ánimo y la indisposición descrita.

Desde tiempo atrás vengo consolidando una convicción: Si el público atendiera y entendiera la
introducción/sinopsis que hace un coreógrafo de su creación/composición, lo vacunaría contra la
posibilidad de asistencia, contra el ánimo más sincero y decidido de presenciarlo. La comunicación
esencial del arte es sensorial, siendo el sentido de la vista, quizá, el más reclamado y halagado. Las
palabras de Luis me resultaron palabrería: sus fuentes inspiracionales —la inteligencia artificial;
pasajes de pasadas coreografías, seguramente de la ‘primera época’ de Las Pléyades, hasta 2010,
aproximadamente—, las vi tan ausentes del suceso escénico como los compañeros de juego de un
niño que vive en solitario aventuras sin fin por cielo, mar y tierra… y acullá de la galaxia que
aparecerá si se lava las manos antes de sentarse a cenar y planchase oreja sin protestar.

Poco exagero al afirmar que presencié todas las coreografías de Las Pléyades desde antes que
tuviera tal nombre al debutar sin ninguno en el Teatro del Seguro Social y se mantuvo
escénicamente muy vigente este grupo artístico durante un periodo, que ahora me atrevo a
denominar ‘primera época’, terminado al inicio de la administración gubernamental de José
Eduardo Calzada Rovirosa, con Laura Gabriela Corvera Galván a la cabeza de la cultura queretana.
Luis produjo con febril denuedo: años con cuatro o cinco temporadas sin faltar estrenos en cada
una, además de responder a invitaciones incluso al norte y sur del continente. No extrañaban las
caracterizaciones fantásticas y vestuarios extraordinarios; espacios muy singulares, como El
péndulo; museo de ciencia y tecnología del Centro Cultural ‘Manuel Gómez Morín’, lo mismo que
su patio central con su fuente a ras de piso arrojando su chorro hacia el cielo. Abundaron los
telones temáticos con monumentales proyecciones fílmicas, incluso una o dos actuaciones
reproducidas y proyectadas en tiempo real con los bailarines silueteados con sus sombras.
Nada de lo descrito y recorrido someramente vislumbré en “Poética, espacio de creación”,
siquiera insinuado.

Ciertamente el escenario fue un salón de clases, con la luz que entró por las altas ventanas y la brindada por la instalación eléctrica. (Después de más de treinta años, el Colegio Nacional de
Danza Contemporánea no cuenta con un foro; como si el laboratorio para futuros químicos
careciera de microscopios o en un cuarto oscuro de una escuela de fotografía no hubiera
ampliadoras.) Al decir del autor, el vestuario sería la propia ropa de trabajo de los bailarines.
Generalmente soy sordo a la música que no conozco y los coreógrafos de la danza contemporánea
utilizan mucho de ella.
“Poética, espacio de creación” arranca con un aparente desorden abrumador, principalmente
sonoro con las voces de bailarinas y bailarines. Sin gritar las emiten simultáneamente —no a
coro— con alto volumen. Contribuye a la imposibilidad del entendimiento que articulan
parlamentos tomados de diferentes textos publicados o inventados por ellos mismos, siempre en
varios idiomas; por su genealogía peninsular, Teresa Isabel Ruiz Martínez y Omar Ernesto Baas
Pacheco tienen conocimientos del maya; Efrén Gorrostieta Fernández se aplica, también, en la
creación poética, con dos publicaciones en su haber: “Mi hermosa y dulce muerte, & mi puta vida”
y “Estado de coma”.

Inevitablemente el momento es impactante, sobre todo porque la proyección de la gesticulación
de los dos bailarines y las tres bailarinas, trasgrede, con marcada intención, la cuarta pared. Con
mínima espectacularidad de acrobacias y cargadas. El trazo a manera de plasticidad pictórica en
las actuaciones solistas, a duetos, y colectivas se aprecia por la posibilidad de dos motivos
principales: la vocación estética de Luis que lo llevó a la remota y breve iniciación en las artes
plásticas, con inclinación por el expresionismo alemán cimentado en la propuesta de Vasili
Kandinski a partir de “Der blaue reiter”. No hay pinceladas en un lienzo, sino de piezas recortadas
colocadas en un soporte enmarcado; y la plasticidad corporal, muy característica de cada
intérprete, que manejan con notable sensibilidad rítmica y armonía unitaria, culminando en un
final climático no obstante la presencia de la muerte. No tuve tiempo para dilucidar una trama, ni la necesité para permanecer prendido y prendado del
suceso artístico.

Con los tres estrenos de su ‘segunda época’ durante la segunda década que corre, Las Pléyades ya
podría armar una temporada. Ojalá y encuentre el espacio con las dimensiones apropiadas,
aunque los recursos lumínicos brillen en la austeridad. Por favor ¡no en los alternativos tapancos
placeros!… con la intemperie urbana ‘intervenida’ por el pedorreo de las motos y los silbatos de
camoteros, eloteros y globeros… que, inexplicablemente, nunca interrumpen las peroratas
politiqueras de cualquier servidor público o de la nación.