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A propósito del 25 de noviembre

Dicen que, en el principio de los tiempos, las mujeres nacimos de la costilla de Adán. Pero a mí me gusta más la historia en la que la humanidad nació de un acto de desobediencia, cuando se atrevió a probar el fruto prohibido del ‘Árbol de la ciencia del bien y del mal’.

Fue así como emergieron las preguntas en el mundo y apareció la voluntad de saber.

Desde entonces, las mujeres somos tan curiosas, que queremos saberlo todo y no nos satisfacen las respuestas simples.

Y sí, queremos saber: ¿a dónde se llevaron a nuestros hijos, a nuestros esposos y hermanas, a nuestros amigos y amantes, cuando un día, de pronto, desaparecieron sin dejar huella?

Queremos saber, ¿de dónde salieron esas leyes que permiten a muy pocos acumular fabulosas fortunas, mientras despojan a otros de sus espacios vitales, de su dignidad de humanos, para conducirlos a una vida miserable?; ¿por qué, si todos somos hermanos, nos han separado tan drásticamente: a mujeres de varones, jóvenes de ancianos, rurales de urbanos, indios de blancos?; ¿por qué nos vernos unos a otras como ‘inferiores’ o ‘superiores’?, ¿por qué nos vemos como ‘primitivas’ a las que hay que civilizar, ‘enemigos’ de los que hay que desconfiar, esclavas a las que hay que usar, materia prima y defectuosa a la que hay que corregir, o cosas que se pueden desechar?; ¿por qué han de ser pobres las campesinas, las maestras, las enfermeras, los albañiles, las verduleras, los electricistas, las trabajadoras domésticas, las obreras?…  ¿y por qué han de ser inmensamente ricos quienes los cosifican?

Tantas preguntas vuelven peligrosas a las mujeres y hay que detenerlas. Ya consiguieron el derecho al voto, y llegar a las universidades; ya pueden acceder a los cargos públicos, igual que los varones.

Dicen que las mujeres somos débiles y que lloramos fácilmente.

Pues sí, lloramos; lloramos porque nos duele que nos maten, sólo por ser mujeres o sólo porque exigimos mejores condiciones laborales; lloramos porque torturan y asesinan a nuestros hijos y hermanos y amantes, porque los trituran y los disuelven en tambos de ácido y los tiran al río o los entierran en fosas clandestinas; lloramos también porque nuestros hermanos y hermanas, esposos, hijos e hijas, se vuelven sicarios, capaces de dañar a otros y no sabemos cómo detenerlos; porque nosotras mismas también hacemos daño; lloramos porque en las estadísticas de la violencia intrafamiliar, las madres somos quienes más perdemos el control, y porque el miedo y la frustración nos llevan a agredir a nuestros propios retoños; lloramos porque nuestra precariedad económica y espiritual, nuestras depresiones, inconsistencias, adicciones y egoísmos nos orillan a descuidar a nuestros pequeños y ancianos; porque ellos también deben trabajar para sobrevivir; porque han de viajar solos para buscarnos al otro lado; lloramos porque sus abuelas somos convocadas también a hacernos cargo, y porque el descanso y la libertad se nos escurren entre las manos.  

Dicen que las mujeres somos enojonas. Y sí, nos enojamos cuando vemos que todo se enmaraña; cuando la política mercantil nos confunde y plagia nuestros discursos de liberación, haciendo pensar que basta con asegurar una ‘cuota de género’ en los cargos, o hablar en triplicado (las les, los), para visibilizar nuestras luchas. No importa si las mujeres ‘exitosas’, favorecidas por dichas cuotas, son tan fascistas, violentas, corruptas, insensibles, ambiciosas o voraces como los más despiadados capitalistas.

Por eso valen los días internacionales: para pensar juntos qué andamos buscando en la vida.

Para decidirnos a fortalecer, de una vez por todas, no sólo a las mujeres, sino al principio femenino, que nos llama a ser confiables, a no huir de los problemas; que nos hace compasivas y nos mueve a cuidarnos, unas a otros y otros a unas; que nos convence de que no estamos solos y de que podemos amarnos incondicionalmente.

También sirve para cultivar el principio viril masculino, que nos da la fuerza para decir NO y poner un alto a tanta voracidad y a tanta barbarie; para detener la invasión imperial y para defender nuestra soberanía, nuestro territorio, nuestra Madre Naturaleza…

Carmen Vicencio

Miembro del Movimiento por una educación popular alternativa (MEPA) maric.vicencio@gmail.com

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