Olorosos y apestosos

Antes trabajaba en una fábrica, operando un montacargas. Bajaba de él a cada rato, para asegurar amarres de cajas o de contenedores. Tenía que ponerse “viva”, pues le cobraban “por cargas que se le cayeran o dañaran, aunque no fuera por mi culpa”, dice Tina. Regresaba a su casa agotada, y encontraba a Jesús “echado ante la televisión” y con su carota, porque “la esposa no le cumple: debería tener siempre lista la cena p’al marido”; él llega muy cansado, y “necesita reponerse”. Tina le daba la razón, pues le asignaban a Jesús esquinas muy congestionadas, donde revisaba horarios y cantidad de dinero por el boletaje que traía cada chofer. A ella le mortificaba que él estuviera todo el tiempo parado, en medio del sol, la lluvia o la contaminación, y sólo por unos cuantos pesos. Todo siguió así, hasta que se dio cuenta de que el marido, en realidad, iba sólo un turno a trabajar y, después, se quedaba casi todo el día con otra mujer, con la que tenía dos hijos.
Terminaron separándose. Jesús declaró que estaba engreído con “la otra”, y se fue a vivir con ella. Tina dejó el montacargas, se salió de la fábrica y consiguió nueva “chamba”.
Ahora está en una empresa que sirve en fiestas (bautizos, bodas, cumpleaños, graduaciones, aniversarios o algo así). Los meseros tienen que llegar desde antes, para poner mesas, manteles y todo el servicio; se van mucho después de que termine la reunión, pues hay que dejar limpio el espacio y haber recogido cubiertos, vajillas, mesas, sillas, adornos, etc. Tina, igual que los demás meseros, debe tener activo su celular, para que la llamen, a veces, en el último momento (cuando, por ejemplo, falta alguien o los contratantes piden más mesas). Sabe que los horarios de trabajo son “elásticos”, según el servicio: puede ser una tarde, dos días; hay clientes que piden más tiempo, para un congreso o algo especial. El sueldo es miserable, pues es por trabajo hecho, sin importar la hora, sin recibir prestaciones ni pagos extra (en caso de que sea necesario quedarse más tiempo); no tienen contrato laboral ni aguinaldo o seguro social. Tina aceptó andar en esto, porque hay invitados que dejan buenas propinas. Eso sí, los meseros tienen prohibido probar nada del menú que sirven en los banquetes; a lo más, para ellos hay chilaquiles, frijoles, agua sola y, a veces, un huevo; pero tienen que irse a la parte de atrás a comer y beber algo, pues no deben hacerlo frente a la concurrencia ni distraerse: deben estar atentos para responder a la menor señal de los invitados. Desde luego, no pueden traer manchado el uniforme de servicio (da mala imagen), por lo que cargan siempre con una muda de ropa limpia, por cualquier percance. Igualmente, si son contratados por ocho horas, por ejemplo, pero la reunión se extiende más tiempo, tienen que permanecer en servicio, sin ausentarse para descansar y, menos, dejar de atender la reunión. Si necesitan ir al baño, lo deben hacer discreta y rápidamente, con autorización y cuidado de su limpieza personal.
En esta ocasión, por exigencia del jefe, Tina llegó a la una de la tarde: el banquete comenzaría a las seis, pero los del servicio deben identificar bien el espacio, para dar la información que pidan los invitados, además de colocar mesas, sillas, manteles, floreros, vajillas del primer servicio y mantener en su temperatura correcta platillos y bebidas. Todo lo hacen con su ropa del diario; al final, se ponen la de servicio, para que los asistentes no les digan “apestosos”. Hoy se casa una funcionaria de tercer nivel del municipio, y hay que “servir a todos con la atención que se merecen”, recalcó el jefe. Como a eso de las cuatro y media, fueron llegando algunos (parientes o amigos) que se adelantaron para revisar que todo estuviera impecable. Al término de su tarea, ocuparon los lugares que tenían asignados. Poco después, fueron llegando otros que parecían los jefes de la funcionaria, pues vestían ropa muy elegante. Cuando Tina los condujo a sus lugares, al lado de la mesa principal, sintió marearse y quiso vomitar, pues parecía que esta gente se había bañado en lociones y perfumes; pero tuvo que hacerles buena cara y conducirlos. Por dentro, le pidió a Dios que no le tocara servir la comida a éstos porque, entonces sí, podría volver el estómago.
Llegó el juez de la boda y procedió a la ceremonia. Terminada, se sirvió la comida, y la elegancia se trastocó en mercado. La gente brindaba, hablaba a gritos y exigía con insolencia servicio inmediato; algunos hasta se subían a una mesa “para dar un discurso”. Los meseros se sentían rebasados, pero lo soportaban para, al final, recibir una buena propina y “hacerse el día”.
En eso, una de las mujeres elegantes gritó desaforada que le habían robado el bolso que compró en Estambul; allí traía dinero y alhajas. Los músicos silenciaron sus instrumentos; los vigilantes revisaron a todos los meseros, principales sospechosos. Durante tres horas se hurgó en la ropa y las pertenencias del personal de servicio, pero no se encontró nada. En eso, el marido de la mujer despertó de la borrachera que traía desde hacía rato y, al darse cuenta de la razón del escándalo, dijo que él tenía el bolso de su mujer. Todos se retiraron, inmediatamente. Ninguno de los invitados dejó propina en esta ocasión.