Un relato sobre la resignificación de la labor docente

En el transitar de mi infancia, en mis días de preescolar, germinaba en mí el anhelo de ser maestra. En ese universo de juego y aprendizaje, mis ositos de peluche, mis muñecas, y hasta algún personaje de Dragon Ball, se convertían en mis estudiantes, mientras la pared se transformaba en un lienzo de posibilidades. En este entorno, la libertad de expresión y creación no conocía límites; no había castigos por plasmar mis sueños en las paredes, al contrario, mi madre me proveía de gises para alimentar mi imaginación.
Años más tarde, en la etapa de la preparatoria, me encontré ante un momento crucial en mi camino educativo. Tras superar diversas asignaturas sin mayores dificultades, llegué a quinto semestre y me enfrenté a la clase de cálculo diferencial. El profesor esperaba que domináramos conceptos previos de álgebra, y fue ahí que caí en cuenta de mi carencia de conocimientos. Ante este desafío, me dispuse a estudiar como nunca en toda la preparatoria, incluso empecé a asesorar a mis compañeros y compañeras, quienes acudían a diario a mi hogar, ya que todo el grupo estaba en riesgo de reprobar. Rogué a mi madre me comprara un pizarrón y fue entonces cuando despertó en mí un profundo deseo de dedicarme a enseñar matemáticas en el nivel medio superior.
Sin detenerme en los detalles de mi formación posterior, tras cursar ingeniería mecatrónica y comenzar la maestría en didáctica de las matemáticas, finalmente alcancé mi sueño: tener mi primer grupo formal de matemáticas en 2015. Sin embargo, pronto me di cuenta de que las cosas habían cambiado. Las generaciones evolucionaron, la sociedad se transformó y, con ello, las necesidades educativas también se modificaron. A pesar de mi formación en matemáticas y en su enseñanza, me encontré con que mis alumnos tenían necesidades que iban más allá de los conocimientos disciplinares.
Las y los estudiantes no son solo receptores y reproductores de información, son seres en proceso de formación integral. Más allá de adquirir conocimientos, es esencial que desarrollen una visión crítica y valores que les permitan mejorar su entorno. Como docentes de matemáticas, no podemos limitarnos a enseñar fórmulas y teoremas; nuestra labor debe ir más allá, cultivando la solidaridad, la colaboración y la resolución de conflictos, fundamentales para su desarrollo como ciudadanos comprometidos con la sociedad.
A pesar de reconocer estas necesidades, me costaba liberarme de la rigidez técnica de mi formación como ingeniera. Con el paso del tiempo, mi institución fue brindando oportunidades formativas significativas que fueron enriquecido mi desarrollo socioemocional. Pero no fue sino hasta que encontré a aquellas personas que, al igual que yo, se cuestionaban y buscaban ir más allá, que comprendí lo que realmente me hacía falta para romper esa coraza que me aprisionaba.
En mi búsqueda de encontrar mi lado humano al enseñar matemáticas, he descubierto que el apoyo de colegas que comparten mis ideales es fundamental. Amistades valiosas que, cada una con su propia historia y motivación, han convergido en la noble labor de educar para la paz. Juntas y juntos, hemos aceptado los retos y hemos buscado evolucionar en conjunto con nuestros y nuestras estudiantes, fortaleciendo nuestra misión de transformar la educación. Recientemente, también he hallado acompañamiento en la Red de Docentes por la Paz, un espacio de encuentro y acción donde se teje la esperanza y se construye un camino hacia una educación liberadora y comprometida con la transformación social.
Espero que este relato fomente la reflexión sobre nuestra labor como maestras y maestros. Que cada docente encuentre el apoyo que necesita para florecer y evolucionar, pues es en la unión de nuestras voces y esfuerzos que podremos avanzar más lejos. Reconocer nuestras propias limitaciones y carencias es el primer paso para emprender un camino de crecimiento y transformación.