El flagelo de la tifoidea

Desde la antigüedad hay referencias en los libros sagrados de grandes plagas devastadoras como castigos divinos. En el Apocalipsis de San Juan se mencionan cuatro jinetes: el de la muerte, la guerra, la peste y el hambre.
Estas calamidades han dejado secuela en lo económico y en lo social.
Los términos ‘peste’ y ‘pestilencia’ fueron aplicados en la antigüedad para designar a cualquier enfermedad contagiosa, así como por extensión y, de forma metafórica, se aplicaba a cualquier tipo de calamidad.
Durante los años 1347 a 1350, Europa fue testigo de una feroz pandemia de peste, que sería denominada siglos más tarde como ‘La Muerte Negra’. La humanidad ya había conocido plagas y epidemias, pero la pandemia de 1348, por sus características históricas marcó un antes y un después en muchos aspectos.
Se menciona a la ‘Muerte Negra’ como la más devastadora, se estima que entre el 30 y 40% de la población falleció.
La Muerte Negra es enfermedad infecciosa producida por la bacteria Yersinia pestis, infecta al hombre como ‘huésped terminal’ la peste es principalmente una infección propia de animales: ratas, ardillas de tierra, perros de la pradera, ratones de campo, gatos, conejos, estos animales transmiten la infección mediante las picaduras de sus pulgas que contienen los bacilos en su intestino y así los transmiten a cada animal que pican, o, menos frecuentemente por ingestión de tejidos animales contaminados.
Entre las medidas de prevención personal, todos coincidían en que los olores agradables eran importantes para expulsar los malos humores de la enfermedad, quemar maderas aromáticas como fresno, roble, pino, romero, almizcle. Recomendaban lavarse las manos y pies y salpicarse con agua de rosas y vinagre, evitar el baño para no abrir los poros y que permitían la entrada de la enfermedad. Los mejores alimentos eran higos, avellanas, nueces, ruda, especies como azafrán y pimienta.
La muerte era igualitaria en cuanto que a todo el mundo le llegaba su hora, ni el oro de los ricos, ni las glorias de los poderosos, ni las medicinas de los eruditos, ni los rezos de los penitentes conseguían evitarla una vez llegaba la enfermedad.
No son pocas las pandemias y enfermedades que se han padecido, entre ellas se pueden citar la de la viruela en 1529, la Gripe Española entre 1918 y 1919 y el Covid 19, y a pesar de los avances de la medicina todavía existen enfermedades que se no han erradicado por completo. Una de ellas es la fiebre tifoidea, que ha sido el azote de la humanidad, tanto en las épocas de guerra entre los soldados como en época de paz en la población civil.
Uno de los primeros estudios epidemiológicos de la tifoidea en 1856 los hizo Eilliam Bud; quien encontró que era contagiosa y se propagaba por las heces de las personas infectadas.
La fiebre tifoidea es una enfermedad infecciosa potencialmente mortal, que suele transmitirse a través del agua y alimentos contaminados.
El descubrimiento del bacilo de la tifoidea se atribuye a Karl Joseph Eberth en 1880; el primer intento de vacunación fue en 1893 realizado por E. Frankel, quien aplicó una inyección subcutánea con bacilos muertos, los pacientes desarrollaron anticuerpos a la enfermedad.
La mejora de las condiciones de vida y la aparición de antibióticos han provocado reducción de la morbimortalidad en los países industrializados, pero es un problema de salud pública en los países en vías de desarrollado que tienen zonas marginadas en las que se carece de agua potable y sistema de alcantarillado.
Y los nostálgicos ven que existen enfermedades que para erradicarlas se requiere voluntad política: introducir agua potable y sistema de alcantarillado.



