Educación alternativa, ¿acierto o error? IV

Entre las muchas críticas que ha recibido la Nueva Escuela Mexicana (NEM) está la de ser “ideológica”, sólo que ninguna educación puede ser “neutra”. Esto no significa que cada docente pueda imponer la ideología que le venga en gana, pues ha de seguir la del Art. 3º Constitucional como guía fundamental para su acción.
Luego de intensos debates, el Estado Mexicano plasmó en ese artículo los principios y valores que le dan identidad: respeto a la dignidad de las personas, reconocimiento de su pluralidad cultural; equidad, inclusividad, solidaridad, laicidad, criticidad científica, democracia, cultura de paz, etc. Baste revisar todo lo que este artículo señala, para reconocer la enorme responsabilidad, así como las serias dificultades que implica traducirlo en praxis.
Los últimos conflictos internos en la SEP (que debiera ser ejemplo) evidencian cómo ésta ha quebrantado varios de esos principios.
Materializar ese Artículo es difícil pues contradice la ideología dominante: patriarcal, eurocéntrica, imperialista, capitalista, meritocrática y mercantil, que ha penetrado la subjetividad social, desde la conquista y, sin percatarnos, nos ha adoctrinado desde la infancia.
Baste un simple ejemplo para reconocerlo: Durante la gestión de Peña Nieto, docentes de la Normal del Estado de Querétaro recibieron, entre otros, un diplomado que la SEP compró al ITESM (institución privada sin experiencia normalista) sobre “La formación del docente del siglo XXI”, que iniciaba con un relato “motivador” sobre cómo Walt Disney (personaje controvertido por racista, WASP y explotador laboral) se convirtió en empresario exitoso. Casi nadie se percató ni se quejó de la ideología implicada y menos pontificó, como hace ahora TV Azteca contra el “adoctrinamiento comunista de la NEM”.
A. Gramsci explica esto, señalando que: “el sentido común es el sentido de la clase dominante”; es decir: una ideología que se impone subrepticia o seductoramente como “normal”, para mantener su poder.
Frente a esta “normalidad”, la NEM promueve un cambio drástico de perspectiva o ángulo de análisis, para estudiar la realidad. Por eso genera gran controversia. Ese cambio, no sólo es ideológico o político; tiene bases filosóficas, epistemológicas, pedagógicas, y contrastables empíricamente, desde varias ciencias sociales.
Lo primero que salta a la vista con él, es el reconocimiento, no sólo de la enorme pluralidad cultural y lingüística de nuestro país, sino de sus graves desigualdades, acentuadas por el régimen neoliberal y la pandemia.
La NEM devela, entre otras cosas: *que la centralista SEP ha valorado la cultura occidental, urbana-industrial como “progreso”, frente a la rural que es “atraso”; *que el 38.9 por ciento de la niñez vive en la pobreza y más del 40 por ciento de escuelas (rurales y urbanas marginadas) tienen grupos multigrado; *que se ha invisibilizado la riqueza lingüística de México (68 lenguas), *así como múltiples saberes populares, científicos, formas de relación social y con la naturaleza, de pueblos originarios, cuyo valor no se reduce al folclor, sino es clave para la supervivencia humana; *que se ha ignorado la diversidad de familias reales, muy distintas a las del “sueño americano”; *que la fragmentación del conocimiento, en asignaturas sueltas dificulta, no sólo leer la realidad, sino lograr el interés del estudiantado que ha caído en picada (luego de la pandemia); *que la profesión docente se redujo a administración, dependiente de manuales diseñados por “expertos”, que no siempre conocen lo que sucede en aulas públicas; *que se ha permitido a grandes empresas privadas impactar la educación escolar, etc.
Al intentar revertir esto, sin embargo, la NEM “inició al revés”, según señalan algunos analistas: No atendió las condiciones laborales del magisterio, ni la infraestructura escolar, ni la formación-capacitación pedagógica y didáctica específica sobre la nueva propuesta.
Por su experiencia de 100 años, la pedagogía por proyectos, en el marco del trabajo-juego, podría ser una excelente opción para trabajar con la diversidad, y “Un libro sin recetas” resultaría estupendo, si las-los profesores a quienes va dirigido, contaran ya con una buena formación. Pero, si no la tienen, ¿qué hacer?
(Continuará)



