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A veces animal, a veces erudita, pero nunca tu perra

Me despierto cansada de actos que no cometí y de explicaciones que nadie pidió en voz alta pero igual esperan recibir. Como si existir fuera un trámite infinito y cada respiración tuviera que justificar su presencia en el archivo.

Ya no basta vivir. Hay que volver la vida legible.

Respirar con conciencia. Desear con responsabilidad. Doler con moderación. Ser, siempre que pueda convertirse en una versión exportable de una misma.

Y aquí estoy.

A veces animal, a veces erudita.

Nunca tu perra.

Me dijeron que eligiera quién quería ser con la cortesía con la que se ofrecen ciertas condenas. Como si el mundo no hubiera decidido antes qué formas de existir considera elegantes y cuáles considera accidentes.

“Sé tú misma.”

Qué frase tan generosa cuando ya vienen incluidos los márgenes.

No tan fuerte. No tan rara. No tan visible. No tan distinta. No tan viva.

Hay una economía del comportamiento que premia la traducción y castiga el exceso. Lo llaman madurez cuando aprendes a desaparecer sin hacer ruido.

Mientras tanto el cuerpo insiste en su vulgaridad irreductible.

Tiene hambre. Tiene sueño. Quiere tocar. Quiere huir. Quiere quedarse.

Nada más obsceno que un cuerpo que no quiere convertirse en símbolo.

Por eso a veces soy animal.

Porque el animal no produce argumentos. No convierte su deseo en tesis ni solicita autorización para ocupar espacio.

Existe.

Y después duerme.

Pero el instinto también se fatiga y entonces soy erudita, porque alguien tiene que nombrar la maquinaria. No para vencerla. Solo para verla operar sin el maquillaje del destino.

Pensar no libera.

Pensar afina los barrotes.

Empiezas creyendo que el conocimiento abre puertas y descubres que muchas veces solo mejora la iluminación del encierro.

Entonces miro alrededor.

Veo custodios del orden aterrados por una falda.

Moralistas que hablan de naturaleza como quien habla de propiedad privada.

Personas tan frágiles que confunden control con verdad.

Les inquieta la existencia ajena porque la propia les fue entregada ya interpretada.

Y hay algo casi cómico en eso.

El conservadurismo tiene la solemnidad de un cadáver bien vestido.

Le horroriza lo vivo.

Una mujer que no pide disculpas. Una trans que no negocia su nombre. Una putaque no se arrepiente. Una negra que no agradece el permiso.

Todo eso les parece exceso.

Qué delicada debe ser una civilización si necesita que otros se vuelvan pequeños para sentirse eterna.

No quiero ser coherente.

La coherencia absoluta tiene olor a cuarto cerrado.

Quiero ser real.

Y lo real cambia de forma, contradice sus propias teorías, tiene días lúcidos y días feroces, días donde entiende todo y días donde manda todo al carajo.

Si perder aprobación es el precio de no reducirme, que se pierda.

Si algunas puertas solo se abren entrando doblada, prefiero el pasillo.

No me interesa convertirme en una versión tranquilizadora de mí misma para que otros puedan seguir creyendo que el mundo funciona como una línea recta.

No nací para demostrar que la diferencia es amable.

Nací, como todos, para existir.

Y existir ya es suficientemente escandaloso.

A veces animal, cuando rechazo traducir el cansancio.

A veces erudita, cuando nombro el mecanismo.

Pero nunca tu perra.

Porque hay obediencias que se parecen demasiado a una tumba.

Y yo todavía estoy viva.

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