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¿Qué revela el diagnóstico del sistema de salud queretano?

Todo el año pasado estuve apoyando a mi mamá, que es adulta mayor, y tuvo que realizar trámites en distintas dependencias para que le programaran una cirugía. El calvario administrativo me parecía inverosímil en un mundo digital, pero, aun así, se cumplieron puntualmente los estudios -en hospitales como el de El Marqués, pese a vivir en San Juan del Río y atenderse en Querétaro- y, después de múltiples rechazos, logró que la consideraran para un espacio.

Su situación no es única. Quienes han acompañado a un familiar adulto mayor en el sistema público de salud reconocen con facilidad escenas similares: horas de espera, traslados constantes y la incertidumbre de no saber cuándo llegará la atención requerida. La falta de medicamentos es apenas una parte del problema si consideramos los traslados, el tiempo que sus familiares deben invertir para acompañarle y las múltiples negativas que suelen enfrentar antes de ser atendidos.

La escena no es exclusiva de Querétaro; se repite a nivel nacional con tal frecuencia que hemos normalizado la escasez. En la búsqueda de culpables siempre están los administrativos de la ventanilla, los doctores detrás de los escritorios y las enfermeras con mala cara. Es decir, la primera línea de respuesta se ha convertido en el chivo expiatorio favorito cuando queremos quejarnos del sistema de salud. Encontrar un único responsable de un problema tan complejo no solo es simplista, también nos impide comprender la magnitud del problema que tenemos entre manos.

La premisa del documental “Pronóstico reservado. Una mirada al sistema de salud” fue conocer exactamente qué tan delgado era el hielo sobre el que estábamos parados. Durante un año, el equipo de comunicación de la Facultad de Medicina entrevistó a docentes, administradores hospitalarios y personal de salud que trabaja todos los días en hospitales y clínicas. Encontramos datos difíciles de ignorar. México cuenta con aproximadamente una cama hospitalaria por cada mil habitantes, mientras que el promedio de los países de la OCDE supera las cuatro. Cerca del 42 por ciento del gasto en salud proviene directamente del bolsillo de las personas, una proporción muy superior al promedio de ese organismo. También existe un déficit de personal: alrededor de 2.7 médicos y tres enfermeras por cada mil habitantes, frente a promedios de 3.9 y 9.2, respectivamente. Son cifras que ayudan a dimensionar por qué los tiempos de espera se prolongan, las salas de atención permanecen saturadas y el sistema opera bajo una presión constante.

Considerando la falta de camas, el aumento de la esperanza de vida y la insuficiencia de personal en los hospitales, enfrentamos un conflicto a mediano plazo que ya cobró sus primeras víctimas durante la pandemia. No es tarde. Aún es posible duplicar el número de camas en el primer nivel de atención, aún es posible dotar a la Facultad de Medicina de un hospital universitario para contribuir a cubrir ese déficit y preparar de mejor manera a sus estudiantes.

Todavía estamos a tiempo de prevenir un problema mayor y de aprovechar las épocas electorales para exigir mayor presupuesto, planeación e importancia para la salud. Si las carencias son conocidas desde hace años, ¿cuántas campañas más pasarán antes de que la salud sea una prioridad y no solamente una promesa?

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