Quién rayos es Brenedín Centellas

Finalmente, el escurridizo culpable había caído en las redes de la ley. Entre sus pertenencias, la policía desenterró un tesoro incriminatorio: catorce tarjetas-fotografías, estampillas religiosas que cargaba como amuletos de fe y un par de cartas escritas a mano. Junto a ellas, una modesta tira de papel corriente con la leyenda “Viva Cristo Rey” se erigía como el faro que iluminaba su culpabilidad. Eran las pruebas de fuego, el boleto sin retorno que confirmaba que estaban ante el religioso rebelde más buscado en toda la ciudad de Querétaro.
Aquel fatídico 7 de julio de 1928, el destino de Juventino López dio un vuelco drástico. Las autoridades militares lo sorprendieron con las manos en la masa portando aquel arsenal propagandístico. Con los cargos de rebelión, injurias y difamación contra el presidente de la República pesando sobre su espalda, fue puesto de inmediato a disposición de la Jefatura de Operación. Se convirtió, desde ese instante, en una sombra vigilada, un reo de alta peligrosidad al que no se le podía perder de vista ni por un pestañeo.
Las misivas enviadas a las autoridades del Estado no hacían más que alimentar el mito. En ellas se dibujaba el perfil de un alma indomable y punzante, siempre sellada con el mismo pseudónimo: Brenedín Centellas. Aquel nombre se había convertido en la peor jaqueca de las autoridades del estado y del ejército, un eco que los volvía locos cada vez que resonaba en los pasillos del poder. Entre amenazas que prometían fuego y sangre, las cartas dejaban en claro que ni el mismísimo presidente de la República, Calles, —a quien llamaba despectivamente “el turco”— quedaba libre de las venenosas acusaciones e insultos que este General en Jefe, como se hacía llamar, emitía en su contra, invitándolos a enfrentársele en el campo de batalla, presumiendo que le faltarían mecates para todos los soldados que iba a colgar.
Durante meses, estas cartas habían sido gotas de veneno que aumentaban su dosis de hostilidad en cada entrega. No era para menos; la Guerra Cristera se prolongaba más y más, desangrando al país y sembrando un clima de paranoia colectiva. En este contexto de desconfianza absoluta y nula clemencia, donde cualquiera podía esconder tras su cotidianeidad la identidad del mentado Brenedín Centellas, el lazo finalmente se cerró alrededor del Juventino López, devorado por los muros de la prisión.
Aquella sentencia fue el resultado de la presión gubernamental y de una fiscalía desgastada, más empeñada en condenar que en hacer justicia mediante un juicio arbitrario y un análisis caligráfico amañado. Sin embargo, el destino decidió jugar una última carta que dinamitó por completo el caso.
Cuando las autoridades celebraban el cierre del expediente, el fantasma de Brenedín Centellas reapareció entre las sombras para lanzar una bofetada al orgullo del gobierno. La prensa había proclamado a los cuatro vientos la captura del “General Centellas”, pero el verdadero autor de las misivas se encargó de pulverizar la mentira. Con una risa plasmada en tinta, aclaraba que: El gobierno no había atrapado a Centellas, sino apenas a Rayos. Aquel hombre tras las rejas, el infeliz Juventino López, resultaba en todo caso un sujeto completamente inocente atrapado en el ojo del huracán.
Pero en todo caso, fuera o no Juventino el hombre indicado, un rebelde con el alcance de Centellas no podía trabajar solo; debía tener cómplices y una red de apoyo. Demostrado quedó cuando las cartas de Centellas no cesaron con la detención de Juventino. Esto llevó a que las autoridades sospecharan de un trío de hermanas de apellido Servín, pues sabían escribir a máquina y publicaban propaganda de carácter religioso. Pero una de ellas, María Rosario, mujer comerciante de sesenta años de edad, eximió a sus hermanas aclarando que sólo ella escribía, y por ende fue señalada como la redactora a máquina del nebuloso personaje de Centellas. ¿La evidencia? Que la máquina A.E.G. que ella utilizaba parecía coincidir con la usada por aquél que escribía las cartas a máquina del principal enemigo público de las autoridades queretanas.
En su ansias por inculpar a un importante rebelde, las autoridades policiales queretanas también involucraron en este caso a dos comerciantes queretanos: José Vera y Matías Hernández. El segundo era nombrado en una carta recogida a un cristero fallecido durante una escaramuza, mientras que José Vera y su esposa aparentemente habían recibido una carta con contenido rebelde y se les acusó de participar como intermediarios.
Finalmente, cuando el último análisis caligráfico que se hizo entre las cartas de Centellas y Juventino López dictaminó que no se podía concluir que ambas personas fueran una sola, el caso contra todos estos individuos se desmoronó y fueron puestos en libertad.
Y de Brenedín Centellas no se supo más. ¿Había realmente sido Juventino López, como las autoridades se empeñaron en demostrar? ¿Quizás había sido Servín la mecanógrafa, o estaban ambos involucrados en una red urbana que incluía a Vera y a Hernández? O quizás todos ellos habían sido injustamente señalados por su fe, mientras el verdadero Brenedín Centellas se burlaba de la situación desde su escondite. La verdad se extravió en los recovecos de la historia.





