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Dulce resistencia

Acompañado por una canasta llena de cocadas, higos, camotes y piloncillos, Alberto Iglesias busca ganarse la vida

 

Por: Juan José Patiño Martínez

Un cruce de avenidas en algún punto de la ciudad de Querétaro es resguardado por un semáforo que aloja a varios excluidos, como muchos otros semáforos y como muchos otros cruceros.

Transcurre el minuto 22 de las cinco de la tarde un jueves cualquiera y el sol aún castiga.

La miseria, la desigualdad, el egoísmo, el ensimismamiento, la voluntad gastada y la voluntad encendida se coquetean, se juntan y se alejan en estos espacios, en estos no lugares que se transforman en lugares de encuentros silenciosos y mecánicos.

Atraídos por la inercia de la necesidad y repelidos por el individualismo cotidiano, los vendedores ambulantes, los limpiaparabrisas y los que simplemente mendigan, ‘revolotean’ alrededor de los autos en cada luz roja.

El “siga” es el alto momentáneo de una esperanza que sosiega la fatalidad inocultable, al mismo tiempo que es el descanso, el momento de contar monedas e ilusiones y el momento de saborear un trago de agua.

Sentado en un parque, se acerca un señor moreno, con cara agradable pero cansada, no muy alto y un poco gordito, cargando una canasta de aproximadamente 60 centímetros de ancho por 30 de largo, envuelta en celofán y llena al ras por diversos dulces.

–¡Cocadas, calabazas, camotes, higos, limones joven!

–A ver –le dije –Deme un tamarindo por favor.

Delicadamente lo tomé, sacó una servilleta y me lo entregó diciendo: “son 10 pesos, joven”.

Al dárselos, asaltó la curiosidad infantil.

¿Y este dulce qué tiene?, ¿usted lo hace?

Involuntaria o inconscientemente a Alberto Iglesias se le desprendió una sonrisa en la cara y respondió: “éste lleva tres tipos de chiles: mora, cascabel y piquín, limón, sal yodatada y de grano y aparte el tamarindo.

“Nosotros mismos lo elaboramos, lo hacemos en San Juan del Río y lo traemos para acá. La mayoría de la familia y de mis hermanos manteníamos el taller y el negocio, pero ya todos lo abandonaron, se hicieron albañiles o se fueron al otro lado y pus soy el único, yo mismo lo elaboro, lo vendo… a los otros ya no les gustó.

“Está a punto de desaparecer”, hizo una pausa, dirigió la mirada al cielo con cara reflexiva y después de un pequeño suspiro giró bruscamente la cabeza de nuevo al centro de la conversación y siguió.

“El oficio está… pues como te dije: pos ora sí que en ¡peligro de extinción!… ya estamos cansados, ya tengo 40 años trabajando en esto y ya los hijos pus ya no”.

 

“Antes el dulce era un poco más barato y se vendía bastante”

Después de escuchar la cantidad no se pudo evitar preguntar cuándo empezó y cómo aprendió.

“Tengo 53 años. Desde los ocho años empecé a darle a esto”.

Sin comentar algo, él añadió, “de esto me sostuve en la escuela, mi papá me mandaba a vender con mi abuelo, entonces me daba dinero, pero me lo guardaba él, ya cuando cumplí la mayoría de edad me dio un porcentaje”.

Enseguida se le cuestionó por qué tanto tiempo viniendo a Querétaro.

“Antes era un poco más barato el dulce y se vendía bastante, en aquel tiempo vendía yo 800 pesos al día, hace 10 años, ahora ya no se vende como antes, uno saca al día unos 300 y le descontamos lo de la gas y la comida, entonces van quedando como 100 a 120 al día, y de ahí hay que pagar renta y todo.

“Diario venimos, la ventaja es que tenemos un carrito. Somos cinco vendedores; mi yerno, mi hija, un compadre y un sobrino, y pus yo, entonces entre los cinco ponemos para la gasolina, ponemos de a 30 pesos cada quien y pues así sale mas o menos”.

Parecía que el platicar estas situaciones lo liberaba de una carga en la consciencia, como si se hicieran menos pesadas por el hecho de ser escuchadas, como si fueran costales llenos de piedras sobre los hombros y de pronto alguien hace un agujero en cada uno, dejando escapar unas cuantas.

 

“Es lo que me gusta”

La plática entonces fluía sin necesidad de indagar, el señor Alberto continuó con el relato.

“La ventaja es que todas mis hijas ya están casadas, pero ahorita mi esposa la tengo mala, hace dos años la operaron del apéndice y le despegaron los intestinos, le quitaron la trompa de un ovario, y apenas ahorita, la semana pasada, le detectaron diabetes. Está deprimida, está como anémica.

“Ahorita ya tenemos Seguro Popular y sí nos alivianó, pero cuando la operaron del apéndice no tenía”.

–¿Cómo le hizo?

–Tenía unos terrenitos y los vendí. Los di bien baratos, la gente se aprovecha en esas situaciones, supongamos que tu terreno vale 25 mil pesos y eso pides, pus la gente te dice: ¡“no pus te doy 10 mil”! Pero uno tiene que sacarlo a como dé lugar.

–¿Alguna vez pensó en cambiar de giro como sus hermanos?

–No, porque esto es lo que me gusta, desde muy niño me enseñé a hacerlo, a prepararlo y de esto he sacado a mis hijos adelante, les he dado a algunas carreras, y eso porque dos no quisieron aprovechar.

–¿Y después de usted quién le seguiría?

–No pues nadie, algunas de mis hijas se interesaron al principio pero agarraron sus carreras y ya se acabó. No creo aguantar mucho tiempo en esto, dos años y ya.

–Si pudiera regresar el tiempo y hacer otra cosa, ¿qué escogería?

–Si volviera a nacer, no escogería otra cosa para ganarme la vida.

La voluntad encendida se manifiesta de muy distintas formas, pero a ras del suelo, por lo general lo hace en forma de resistencia. Tal vez, resistencia a pasar hambre, a la enfermedad, a no dejar que los pagos de servicios básicos se vuelvan dueños de lo íntimo, etcétera.

Pero los hay quienes a parte de todo eso, resisten también al tiempo y a la corriente imparable de lo global, ésos son los pocos.

A nivel de los pasos se escribe la historia también, lo tradicional permanece en este nivel, y es contradictorio puesto que, son parte de la base de una identidad nacional, que como ya mencionaba don Alberto, está en peligro de extinción. No sólo el oficio se pierde, se desvanece también el conjunto de saberes que se arraigan en la historia del país.

Las ciudades condenan las tradiciones, los ciudadanos cada vez más urbanizados a lo global ejecutan la sentencia, mientras los chiquitos resisten.

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