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El último de la razzia

Por: Efraín Mendoza

I

Algo que resulta divertido de los muertos es que el día enque son devueltos a la tierra, sus deudos se despachan con la cuchara grande de la liturgia del verbo. Si tuviéramos la morbosa curiosidad de recortar esquelas y declaraciones de prensa nos sorprenderían las grandilocuencias asestadas sobre un cadáver cuyo dueño, si pudiera, enrojecería de risa o se reiría de la pena. La cantidad de virtudes encontradas en el muertito es apenas equiparable a la que las fuerzas vivas del PRI en los viejos tiempos le descubrían al candidato el día de su destape.Cuando murió Octavio Paz, por ejemplo, hubo quien proclamó que su muerte equivalía a la caída de una civilización. Y ante una perla de esas lo único que sigue es callar.

Por supuesto que cada quien tiene los dioses que merece y libremente elige a sus profetas. No es que sea insano llorarle a los que se van. Se puede gritar a todo pulmón como en los velorios de pueblo: “¡Ay, hijo mío! ¡Qué sola me dejas! ¡Ya no volveré a verte!”. O simplemente dejarse ver en el velorio, circunspecto y solemne como si realmente se estuviera sufriendo, o vestirse de luto y calarse los lentes oscuros o rezar a grandes voces el rosario o buscar entre empellones un sitio en la guardia de honor antes de que se vaya la prensa… para después murmurar sobre las razones de aquellos que no lloraron lo suficiente ante el ataúd.

II

Pongámonos de buen humor, que la muerte es cosa seria. La única cosa seria que podría haber en la vida, creen algunos. Y si no la más seria, sí la más misteriosa. La última prueba de popularidad. Un alivio para los que cuidan al moribundo y el mejor regalo para los enemigos. La evidencia superior de nuestra sobrevivencia y superioridad frente al difunto que acaba de sucumbir. Dice Canetti que muchos acuden al velorio y se asoman al féretro con la íntima convicción de confirmar que efectivamente no son ellos los muertos.

Algunas llegan como muertes inminentes, de algún modo esperadas, como la de Gabriel García Márquez. Filtraciones diversas que hablaban de Alzheimer y demencia senil. Años de reclusión y cancelación de actividades públicas. Días de hospitalización. Hermetismo de la familia. Lacónicos partes médicos. Cautela y miradas que revelaban que lo que tenía que venir ya estaba aquí.

Más allá de las fumarolas que vimos (alguien lo comparó con Cervantes y no faltó quien lo proclamara el colombiano más grande de todos los tiempos), dos cosas interesantes vi en los días que siguieron a la muerte del periodista radicado en México. Una, la fiesta popular que corrió paralela a los homenajes oficiales en Aracataca y en la Ciudad de México. Los lectores, los estudiantes, los profesores, las voces de reconocimiento por parte del mundo literario. Esto fue lo revelador: el funeral no era para despedirlo, era para celebrarlo. Para agradecerle que haya dejado en el mundo a Melquiades y a los Buendía, a la bella Remedios y los cuentos peregrinos y los infinitos reportajes.

La otra cosa que resultó gratificante fue la manera en que Proceso despidió al Nobel, que era uno de los suyos: no glorificándolo ni elevándolo a los altares ni repitiendo las trivialidades que oímos hasta quedar extenuados. Antes bien, en el mejor de los periodismos, Procesomostró al García Márquez que desde 2007 empezó a perder la memoria, que tuvo que recluirse ante el colapso penoso e inevitable de uncuerpoque entregabapuntual cuenta a la vejez. Por su actualidad, por la circunstancia de haber coincidido su muerte con el centenario del nacimiento de Octavio Paz, entre lo que pude ver en estos días, me quedo con el texto de Ariel Castillo Mier, “Vidas para leerlas” (Proceso 1955, 20.04.14, 33), por su talante crítico y por la claridad con la que dimensiona a nuestros dos Nobel, que viviendo en la misma ciudad, siempre mantuvieron sabia distancia.

III

¡Que estará pasando últimamente… que se está muriendo mucha gente que antes no se moría!, suele exclamar entre risas un viejo amigo, eso de viejo es un decir, ante la frecuencia de los velorios a los que es invitado. Así podría decirse en el mundo de la literatura y del pensamiento crítico. Como si se tratara de una razzia, de la cual García Márquez es el último levantado. “Parece que les pusieron veneno en la sopa”, deslizó alguien ante la muerte de tantos poetas en tan poco tiempo.

Tan solo en lo que va de este año, detrás del autor de La hojarasca anotemos a Juan Gelman y a José Emilio Pacheco, ambos en enero. Aunque iba para los 80, Pacheco era tenido por joven, no sé por qué, pero su jovialidad y sencillez esa impresión daban. Aunque se llevaran pocos años, Gabomurió en lo que era una muerte anunciada, mientras que la de Pacheco pareció lo más repentino y anticipado del mundo. Gelmancaminó sus últimos años entre la poesía y la investigación criminal, convirtiéndose en un eficaz sabueso de las dictaduras torturadoras y desaparicionistas de Sudamérica en los turbulentos 70, y que en carne propia vivió.

Dos escritores y periodistas de relieve nacional también han sido sepultados en lo que va de 2014: Federico Campbell, en febrero, y Emmanuel Carballo, en abril. Del primero habrá que recordar su disciplinada disección del poder,a partir de sus ocultamientos y montajes, en las coordenadas del maestro Leonardo Siascia, que investigó el secuestro y asesinato de Aldo Moro. Al lado de otros poetas de la lengua española muertos en estos días, como Félix Grande, Ana María Moix y Fernando Ortiz, no pasemos por alto ante Paco de Lucía (Francisco Sánchez Gómez), el hombre del flamenco que era, además, Premio Príncipe de Asturias a las Artes (2004),muerto en Méxicoen febrero último.

En este mismo 2014 habrá que consignar la muerte de don Luis Villoro, filósofo español radicado en México, en marzo a los 91 años.Era miembro de El Colegio Nacional, donde encarnó la situación excepcional de ser el único padre que compartió con su hijo, Juan Villoro, una silla en esa catedral del pensamiento mexicano. Considerado “filósofo de la acción social”, Villoro se vinculó estrechamente al zapatismo, y uno de sus últimos actos políticos fue presentar, junto con otros 22 Premios Nacionales de Ciencias y Artes, una exigencia ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación para revocar la reforma energética.

Más allá de esta formidable razzia que hemos estado viviendo durante los cuatro primeros meses de 2014, habría que notar las bajas que el mundo de las letras y el pensamiento crítico ha venido sufriendo recientemente. En 2013, por ejemplo, murieron José María Pérez Gay y Álvaro Mutis, y en 2012, Carlos Fuentes y  Luis Javier Garrido. En 2011 murió Adolfo Sánchez Vázquez, y un año antes, Bolívar Echeverría, Carlos Monsiváis y otro Nobel identificado con la causa zapatista mexicana, José Saramago,cuyos lectores se cuentan aquí por regimientos enteros.

Perdonado de antemano por si también me estuviera sirviendo con la cuchara grande dela emoción, diré que estos difuntos,junto a Pacheco, Villoro, Gelman y Gabriel García Márquez, el último de la razzia, fueron voces críticas de la modernidad capitalista y del sistema político mexicano, que se apagaron justo cuando se les necesitaba tanto. Justo cuando el país se estaba convirtiendo en un inmenso cementerio; justo cuando el PRI volvía a la escena con todo el esplendor de su maquinaria; justo cuando el aparato público del país, lejos de administrar la abundancia, se ha dedicado a cumplir la única vocación que realiza con esmero y un poco de cinismo y desparpajo, esto es, elevar a sus más altas tasas la violencia, la injusticia y la desigualdad en esta dolorida nación.

 

Ciudad de Querétaro, abril 24, 2014

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