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Esclavismo, tortura y abuso sexual: Común denominador en los “anexos”

Por: Marissa Sánchez Suárez y Wendy Arellano

PARA DESTACAR: A pesar de las vejaciones que sufren diariamente los que viven en un anexo, pocos se atreven a denunciar y si lo hacen no logran nada, ya que cuando acuden las autoridades a investigar, como los encargados de Derechos Humanos, los internos ya fueron obligados a reacomodar todo y amenazados para que no denuncien ninguna irregularidad.

Los internos son amenazados para no denunciar lo que ocurre en los centros de rehabilitación

Con la esperanza de rescatarlos de las adicciones, cientos de personas son internadas en clínicas particulares en donde pocas veces logran rehabilitarlos, por el contrario, el efecto puede ser adverso luego de exponerlos al maltrato psicológico, a la vejación, a los golpes y torturas, a la esclavización y hasta la explotación sexual.

Ese es el caso de Rodrigo, quien tiene 30 años de edad. Actualmente se dedica al comercio y a realizar todo tipo de trabajos para ayudar económicamente a su madre y a sus hermanos. Desde la adolescencia comenzó a consumir drogas y hace tres años decidió internarse en un “anexo” con la finalidad de rehabilitarse.

Sin embargo, durante su estancia en lugar sufrió agresiones por parte del encargado, a quien tenía que denominar como su “padrino”. Recuerda que aquel hombre golpeaba su pecho como una forma de castigo y varias veces le clavó un objeto filoso en su espalda, asegurando que se trataba del diente de un león. Las marcas todavía permanecen sobre su piel.

En otras ocasiones, añadió Rodrigo, el “padrino” dejaba parados a los internos durante mucho tiempo. Recuerda que alguna vez le tocó estar de pie por varios días, sin poder dormir. Le mojaban la cara para despertarlo y si se llegaba a caer era golpeado.

Además, en el lugar no existía servicio médico, salvo la enfermería, que era atendida por el mismo dueño del lugar, quien en contadas ocasiones llevaba a los internos a un hospital. Solamente cuando alguien estaba muy grave, casi moribundo, era sacado del anexo, ya que el “padrino” prefería que murieran en otro lugar, para no meterse en problemas.

Rodrigo aseguró que dentro del anexo también vivían personas que no contaban con ninguna adicción y más bien estaban internados por contar con algún padecimiento mental o por ser adultos mayores. Todos ellos también eran maltratados por el encargado del centro y no se les otorgaba ninguna atención médica.

El encargado del centro de rehabilitación era un hombre alto, gordo y tatuado, quien trataba a los internos con gritos, groserías, manotazos y golpes en la cabeza y el pecho, recuerda Rodrigo. Además, el “padrino” era intolerante al ruido y se quejaba de que todo se escuchaba en su cuarto, de forma que todos limpiaban diariamente el lugar en absoluto silencio.

El dueño del anexo vivía en el mismo lugar con toda su familia, conformada por su esposa y sus hijos. Una de las tareas de los internos era cuidar al hijo menor y si algo le sucedía -incluso si lloraba- eran golpeados por el “padrino”, quien también los obligaba a lavar su ropa, recolectar dinero y darle masajes.

A pesar de las vejaciones que sufren diariamente los que viven dentro del anexo, pocos se atreven a denunciar y si lo hacen no logran nada, pues cuando acuden las autoridades, como los encargados de Derechos Humanos, los internos ya fueron obligados a reacomodar todo y amenazados para que no denuncien ninguna irregularidad.

Rodrigo contó que su intención inicial era estar tres meses dentro del anexo, sin embargo, el encargado lo retuvo en el lugar durante dos años, a pesar de que le suplicaba para que le permitiera salir a trabajar, hasta que finalmente, en una de las colectas de dinero en las calles, logró escapar del lugar.

 

“El abuso psicológico siempre estuvo presente”: interna

Elisa es otra joven que cayó en un anexo, aunque no fue debido a ninguna adicción, sino a un trastorno alimenticio. Un año antes había estado en una clínica de rehabilitación, pero no logró superar su problema, por lo que su madre decidió enviarla a otro lugar, en el que la internaron a la fuerza.

“Yo estaba en mi trabajo y mi mamá me habló: ‘Estoy abajo, vine a dejarte dinero’. Pues yo necesitaba dinero, porque tenía unas broncas. Cuando salí fue como un secuestro. Me salieron dos morras de los lados, me agarraron, yo empecé a gritar como loca, y se bajaron otros dos para controlarme y entre los cuatro me llevaron”, narró Elisa.

A pesar de que nunca fue golpeada dentro del anexo, estaba amenazada con ser amarrada si no hacía lo que se le pedía; en otras ocasiones le señalaban que podía estar en algún lugar peor. Recordó que el primer día que estuvo en el lugar era vigilada hasta para ir al baño y era tratada como una enferma, de la que no contaba ninguna opinión, lo que le hizo perder toda la confianza y credibilidad en sí misma.

Elisa recuerda que dormía en un cuarto que era cerrado por fuera, con un candado. La llave la guardaba un interno que llevaba mucho tiempo en el anexo y se había ganado la confianza de los encargados. Ese era el único sistema de seguridad con el que contaba el lugar y que impedía la salida de las anexadas.

La joven explicó que en el lugar nunca tuvo atención especializada para el trastorno alimenticio y no registro ningún avance en su rehabilitación. Apuntó que su madre pagaba 300 pesos semanales por mantenerla en el lugar y llevaba una despensa, de la misma forma que todas las familias de los internos, pero los anexados nunca vieron esos productos y solo comían chicharrón.

Elisa señaló que el abuso psicológico siempre estuvo presente en el lugar. Obligaban a los enfermos mentales a subir a la tribuna y a narrar sus experiencias, aun cuando ya no tenían contacto con la realidad. También recordó el caso de un joven al que amarraron con vendas y lo dejaron debajo de una litera hasta el día siguiente, por haber llegado “muy rebelde”.

La joven narró que en aquél lugar encontró a muchas otras mujeres, algunas menores de edad, quienes no eran adictas, pero habían sido expulsadas de su casa y no tenían otro lugar donde vivir. Una de estas adolescentes un día le contó que uno de los encargados le hablaba cariñosamente y la tocaba, información que utilizó para chantajear a los encargados y lograr algunos privilegios.

Estaba programado que Elisa estuviera tres meses en el anexo, pero salió cuando transcurría el segundo mes. Entre sus peticiones para no revelar el abuso a la menor de edad, exigió ver a una psicóloga fuera del anexo, a quien le pidió ayuda y juntas planearon el escape.

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