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‘HAMLET’ SIN VENENO, GULP

En esta venganza, la de Hamlet, parece que la diana es el texto del bardo de Stratford-upon-Avon. El veneno y el envenenamiento tan protagónicos en la dramaturgia de William Shakespeare, apenas lo escuché aludido en el montaje de la Compañía Sum Tů, durante el estreno, el miércoles 28 de febrero, en el Foro Escénico del Museo de la Ciudad de Querétaro.


Con un alarde sintético de información visual expedita, sin mediar palabra, con un telón rojo de fondo, atravesado verticalmente con dos anchas bandas blancas, o sea, los colores nacionales de Dinamarca, casi remitiéndonos a su varias veces secular lábaro, nos enteramos de la localización dramática; en un escenario cruzado, donde dos hileras de sillas enfrentadas, el público construimos la sala de la corte danesa, a lo largo de un rectángulo escénico. En una abreviación de la trama shakespereana, el inicio de la interpretación de “La venganza de Hamlet” sucede con el desposorio de la reciente viuda con su cuñado. Muy pronto, casi a continuación, el príncipe Hamlet, envuelto en rigurosa vestimenta negra, no dialoga, no tiene por interlocutor al difunto Osrick, sino emite un discurso-declaración, con una calaca en sus manos, no aquella de la recordación infantil del príncipe recién huérfano de padre, sino como concepto de muerte.


Todas las muertes de todos ¡y todas! ocurren cara a cara, empuñando espadas, mazos y lanzas. Algunos personajes, muy en el siglo XXI, no lograron ocultar, como seguramente habrían deseado, su vestuario ‘táctico’, es decir, una protección torácica bajo su camisola isabelina. Recurso que más los engrosaba, que enaltecer su condición combatiente. (La previsión de un equipo de emergencia no sería una exageración, cuando armas y combatientes lo hacen a uno retroceder en su silla. Un pedazo de la ‘espada’ de la reina Gertrudis fue recogido, de la sala escénica, durante un combate.)
La dócil esposa Gertrudis y maternal reina, según he visto y releído, en esta ‘venganza’, se declara autoviuda, es decir: «Yo envenené al rey Hamlet.», y espeta al príncipe Hamlet su blandengue carácter y personalidad carente de regia postura, blandiendo y enalteciendo las características contrarias en su nuevo esposo y previo cuñado. También la dulce y atribulada doncella que he conocido en el personaje shakespereano de Ofelia, en esta ‘venganza’ aparece altiva y altanera, con enérgicos reclamos y enfrentamientos, no nada más verbales. El agua no la conoce ni por mención. El ahogamiento y posible suicidio de la pretendida en flor, queda para la memoria de la posible lectura por parte del espectador.


La fortuita estocada principesca con que Polonio conoce el fracaso de su espionaje y recibe su visa para acompañar a su antiguo aconsejado, tampoco figura en esta ‘venganza’. La confabulación del príncipe Hamlet con la troupe nómada para exponer y confirmar la conducta asesina del tío Claudio, poco cuajó, y también queda para la lectura sugerida como en el caso de la desaparición de Ofelia. La maquinación, por parte del reinante Claudio, de la muerte del príncipe Hamlet mediante un tramposo duelo, cuya confusa realización culmina en envenenamientos imprevistos, con o sin ‘el compermisito’ del bardo, en esta ‘venganza’ no hay más veneno que el ánimo creativo del adaptador del texto. Tampoco está en esta ‘venganza’ la truculencia nebulosa, espectral e intimidante del rey envenenado. Aquí los Hamlet, el vivo y el muerto, se reprochan y reclaman, el padre y el hijo, el príncipe y el rey, en congruencia con su soliloquio inicial. Claudio muy bien anima, en la personificación de Cristóbal Ramírez, los más perversos instintos para desear que le partan el coco como sandía reventada en la caída. Durante poco más de sesenta minutos el enterrador brilla graciosamente con muy poco en una brevedad final. A Fontimbrás, ese miércoles, lo vi falto de la bravura y el empaque del reconquistador guerrero, puesto a recuperar el territorio arrebatado a su reino. Dado el elenco tan universitario UAQ, sin recorrido mental, salieron de mi recuerdo, este par de parejas, quienes interpretaron, una “Por qué los perros huelen la cola de los perros” y la otra “Abdicación”, con características y capacidades propias para el personaje.


Muy grato, por alentador y promisorio, que en esta producción artística salga mucho a relucir un elemento que suele lamentarse y reclamarse al teatro universitario y juvenil en general, resumible en ganas, solvencia interpretativa y falta de recursos materiales. Recuerdo al maestro y actor Cristóbal Ramírez, Claudio, dirigiéndose a un grupo de estudiantes, con motivo de un proyecto: «El dinero no es problema, no hay. El siguiente punto es…». Seguramente seguirá sin haber, pero con “La venganza de Hamlet”, todos los elementos, o muchos de ellos, que están afuera del escenario, y que tanto apoyo constituyen para que la representación suceda, está hecho muy acertadamente. La promoción, la difusión, el mercadeo… Cuando toda esta actividad acompaña y respalda un trabajo escénico y dramático de tanta calidad, seguramente concluirá en un éxito artístico y de entretenimiento. Esta calidad sintetiza la formativa, seguida de una esmerada trayectoria. Sumada en años, estos dos elementos, en el caso del elenco de “La venganza de Hamlet”, desborda el siglo, sobre todo cuando varios de ellos, al iniciar su licenciatura en Actuación, llegaron con tablas infantiles y tempranamente juveniles.
Donde ha estado involucrado el actor, director y maestro Víctor Eduardo Sasia Farías, la frecuentación de los premios no es una extrañeza. La apuesta por esta versión de “Hamlet” no es riesgosa menos perdedora.

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