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Hay que desacralizar la memoria, sentencia David Rieff

David Rieff, el político, periodista y crítico cultural estadounidense, e hijo de la escritora Susan Sontag, expone en su más reciente ensayo, “El Elogio del Olvido: las paradojas de la memoria histórica”, la oposición liberal necesaria contra lo que llama la dictadura de la memoria. En su obra, presentada durante el Hay Festival el pasado 8 de septiembre, discute la convicción de ver la memoria histórica como un deber moral, de justicia o reparación; así como la obligación ética del recuerdo para el individuo y la opción voluntaria del olvido.

La tesis principal es que debe desacralizarse la memoria, de pensar en la memoria colectiva, del recuerdo, como una posibilidad, pero no como un imperativo moral. Subrayó que hay momentos principales que hay que recordar, y otras que por varias razones, se prefiere el olvido o el silencio. El otro planteamiento importante en el libro es que hay situaciones y contextos en los cuales la sociedad tiene la tragedia de tener que elegir entre la verdad y la justicia, elegir entre la paz y la verdad.

En contraposición a la frase de George Santayana, que afirma que quien no conoce su historia está condenado a repetirla, prefiere la observación de sir Nicholas Witon: “En realidad, nunca nadie ha aprendido nada del pasado”.

En esta misma temática, al cuestionarle sobre qué sí vale la pena preservar en la memoria de la humanidad, Rieff se limitó a decir que nada, puesto que todo será olvidado: “-En 10 mil años no se hablará de la guerra contra el narcotráfico en este país. ¿Cuándo vamos a olvidar? Si la humanidad perdura 20 mil años. Cuando en el año 20017 ¿pensarán en el 2017? Me parece… idealista”.

 

-Dentro de lo que trata dentro de su libro ‘El Elogio del Olvido’ ¿qué puede considerarse como un exceso o una trampa de la memoria histórica?

Bueno, la trampa es que la memoria histórica puede servir como arma de guerra. Por ejemplo en Bosnia, en los Balcanes, durante los años cuarenta en que trabajé como corresponsal de guerra, los serbios hablaban mucho de la historia de las conquistas musulmanas en Europa del este. Entonces, se dirían de la memoria colectiva, entre comillas, del pasado, como justificación de la guerra actual contra los musulmanes de Bosnia. Me parece un gran ejemplo del uso nefasto de la memoria histórica.

Puede funcionar como una justificación o amplificación. Una manera de dar una narrativa a lo que está pasando. El problema es que uno podría decir, “es un abuso”, pero hay también buen uso de la memoria histórica. Pero ¿quién podría decir? ¿Cómo vamos a convencer a uno de otra opinión? Entonces, un terrorista es un luchador por la libertad ¿cómo convencerle de que es un terrorista? Vemos esto con el Estado islámico. Para ellos, con los buenos en el conflicto. Para el resto del mundo son los verdugos. Pero ¿quién va a decidir? ¿Jesucristo va a regresar a imponer una versión? Entonces ¿Cómo distinguir de manera eficaz posible entre el uso y el abuso de la memoria histórica?

-¿Apostar al olvido?

La tesis principal es que tenemos que desacralizar la memoria, de pensar en la memoria colectiva, del recuerdo, como una posibilidad, pero no como un imperativo moral. Y que hay momentos principales que hay que recordar, y otras que por varias razones, se prefiere el olvido o el silencio. El otro planteamiento importante en el libro es que hay situaciones, contextos, en los cuales tenemos la tragedia de tener que elegir entre la verdad y la justicia, elegir entre la paz y la verdad. Y hay ejemplos: Irlanda del norte, Palestina, Colombia.

La verdad, paz y justicia son inconmensurables. Tenemos a África del Sur, después de la derrota del apartheid. El nuevo gobierno democrático decidió elegir la verdad y rechazar la justicia, porque pensaban ellos que imponer una distinción hubiera podido iniciar una segunda guerra; y prefirieron la paz a la justicia. Uno puede decir “se equivocaron” pero, es un ejemplo. Creo en la inconmensurabilidad. No hay paz sin justicia, dicen. Hay momentos. Yo prefiero paz y justicia, pero, no planteo la idea que en unos casos no es posible.

-Estas lecciones, entonces… ¿perduran?

No considero que las “lecciones de la historia” perduren. El genocidio de los judíos, no tuvo efecto sobre el genocidio en Ruanda, o en Camboya. La lección de Bosnia no tuvo ningún efecto sobre Siria, entonces me parece equivocada la idea de que aprendamos mucho de la historia. Pero, lo que esperamos y lo que existe, no son lo mismo. La realidad no sigue en todo caso nuestra voluntad ni nuestros ideales de esperanza. La vida es una tragedia con momentos maravillosos.

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