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La Sierra no olvida, dos años y contando. (Parte 1)

Por Víctor Pernalete / Miguel Tierrafría

Corre marzo de 2010. La fiebre premundialista está en su máxima expresión, la selección mexicana espera ansiosa la llegada de junio para enfrentar por primera vez un partido inaugural de Copa del Mundo contra la selección anfitriona, Sudáfrica.

 

El fervor futbolístico en Querétaro se refleja en su equipo, los Gallos Blancos, a punto de amarrar la permanencia con Carlos Reinoso en el banquillo, y soñando con una posible clasificación a La Liguilla.

En el tema social, el caso de Teresa y Alberta está a punto de llegar a su fin; con Jacinta fuera de la cárcel, es cuestión de tiempo para que las otras dos indígenas de Santiago Mexquititlán logren su libertad.

Ricardo Anaya, líder de los panistas en la Legislatura, es elegido en polémica elección dirigente estatal del partido albiazul.

Tolimán se encuentra en el ojo del huracán, la iniciativa privada, con la anuencia de la administración local, pretende instalar una planta de antimonio y la sociedad civil se opone frenéticamente.

La imagen de Adolfo Ortega Osorio se cae en la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH) y renace el escándalo por los viajes a Estados Unidos de ex funcionarios públicos panistas con cargo al erario.

En la Sierra Gorda queretana, estos temas no resuenan. Fraternalmente, conviven los hermosos paisajes, el aire puro, los caminos sinuosos y las verdes praderas con la zozobra, la angustia, el hambre, la desesperación.

Maravilloso el mundo que habitan los serranos, pero los aprisiona sin dejarlos respirar. Es por ello que se tienen que ir. Estados Unidos es la opción; el viaje no es seguro, pero muchos lo han logrado.

Habitantes de Jalpan de Serra, Landa de Matamoros, Arroyo Seco y Pinal de Amoles, zonas marginadas que no proveen de una buena perspectiva de vida, se preparan para migrar.

La Lagunita es el punto de partida. Pequeña comunidad que sirve de centro de negocios para la zona, ya tiene listos dos camiones, con sus respectivos coyotes, para emprender el viaje al ‘sueño americano’.

En su mayoría queretanos, más de 50 jóvenes se preparan para el duro porvenir. El más pequeño de ellos, con 13 años, apenas empieza a ver el mundo con perspectiva, pero está a punto de enfrentar un infierno.

Las familias se despiden; madres, esposas y novias besan con cariño a esos jóvenes. No saben que es el último beso.

“Estén constantemente en comunicación”

La caravana sale. Miedo, nostalgia, expectación, curiosidad; un coctel de sensaciones recorre ahora los caminos de la Sierra Gorda.

Ahuacatlán de Jesús es la primera parada. Los jóvenes serranos, ahora reconvertidos en migrantes, se comunican con sus familias vía teléfono celular. “Todo está bien”, dicen. Sus seres queridos aguardan en La Lagunita, uno de los pocos lugares en la Sierra en donde se tiene señal.

Después, Río Verde. Seguramente, un viaje placentero. Hasta el momento. Lo peor está por venir.

Tamaulipas. Estado norteño, se huele el suelo norteamericano, el destino, el sueño, la libertad. San Fernando es la última parada en la que los escuchan.

Es un 17 de marzo. Sus voces se pierden en la inmensidad de la Sierra. Sus llantos aún resuenan, pero no hay quien los escuche. La travesía ha llegado abruptamente a su fin.

¿Quién se los ha llevado?

Dos camiones. Cerca de 70 vidas, 70 historias. ¿Y dónde están? Al cabo de un mes, un joven migrante de Xilitla, se comunica. Un halo de esperanza. Logró esconder su celular entre su ropa interior y por fin pudo comunicarse. Pero su mensaje desgarra las almas de sus familias. “Estamos muy mal, estamos sembrando yerba. No sé si sigamos vivos. Adiós”.

Mario González Melchor, sacerdote católico encargado de la Misión de Tancoyol en Jalpan de Serra y presidente de la asociación civil Estancia del Migrante González-Martínez, con presencia en Querétaro, es un testigo presencial de la situación en la Sierra Gorda queretana.

A su cargo están muchas de las comunidades más necesitadas de la zona y de donde provienen muchos de los migrantes que hoy siguen desaparecidos. Tancoyol, Tres Lagunas, El Lobo; en cada una de estas comunidades se respira tristeza.

Hablar de migración, hoy en día, es hablar de crimen organizado. Ambos fenómenos sociales azotan a México sin miramientos. González Melchor lo sabe; lo vive, lo siente, lo observa y lo huele.

La explicación es fácil. La Sierra, como su nombre, es Gorda. Bastante gorda. Tanto que a decir del padre, aún se ven animales salvajes como osos o pumas. El clima, la humedad, la tierra; todos argumentos perfectos: aquí se puede sembrar cualquier cosa.

“En una zona de la Sierra tenemos a nuestro propio Pablo Escobar”

Querétaro es un paraíso en el infierno. Al menos eso es lo que las voces oficiales nos hacen creer, pero bastante lejos, allá en Tancoyol, vive un sacerdote que lo ha visto todo.

“Es mentira, sí existe, la comunidad lo sabe pero tiene tanto miedo. Tenemos en la zona a nuestro pequeño Pablo Escobar, con su propio nombre, identificación, con sus personas que lo protegen, con sus propios sicarios, con su propia transportación, con todo propio. Y que además con una realidad tan complicada que la comunidad lo protege”.

Mario González prosigue y agrega el modus operandi del negocio en la zona:

“El modo de conseguir la gente es: vienen a la ciudad o van a los pueblos, o a los camiones; se consiguen a la gente que ya está involucrada en el consumo de drogas, se las llevan amarradas de pies y manos con vendas sobre sus ojos y se las llevan hasta donde van a cultivar o cosechar. Ahí los tienen los días que necesiten tenerlos, si alguien se enferma, pues simplemente ya no vuelve al lugar, pensamos que mueren ahí y ahí mismos los entierran”, explica.

El pueblo los conoce. El pueblo los ve. No dicen nada, es muy peligroso. Pero saben que están ahí. En la Sierra no se dice en voz alta “narcotráfico”. Como si hubiera ojos y oídos en todas partes, hablar del tema ahí está tácitamente prohibido. Todos lo saben, todos lo callan.

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