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La vida junto al río: los olvidados de Marcos Aguilar

Por: Juan José Rojas

PARA DESTACAR: El acceso a Santa María no es fácil: caminos de terracería con baches y plaga de mosquitos, un olor flatulento vuela por el aire del barrio a causa de las tratadora de agua que también desbardó, el agua entró en prácticamente todas las casas de la colonia.

Municipio ha optado por  invertir en remodelar la plaza del lugar

Los días siguientes al terremoto de 1985, entre ruinas, con personas apuradas por rescatar sobrevivientes, inmersa en la entrega de comida, medicamentos y levantamiento de escombros, Carlos Monsiváis aseguró que lo que se vivía en la Ciudad de México era una verdadera insurrección civil; todo esto a causa de la pasividad de las autoridades.

Querétaro es un símil de lo mencionado por Monsiváis. Ante las trombas que azotan los suburbios de la ciudad, la población ha recurrido a la acción mediante sus propios recursos. Esta insurrección nace de las obsesas palabras del presidente municipal de Querétaro, Marcos Aguilar Vega: “Inaceptable que en 2 años de trabajo y mil obras, ninguna sirva para impedir q con cada lluvia haya daños en viviendas de los queretanos” criticaba el político al entonces presidente municipal, Roberto Loyola Vera.

Adrián Luna Velázquez, habitante de Santa María, recordó la noche en que la fuerte lluvia y del desbordamiento del río Querétaro lo despertó alrededor de las tres de la madrugada. Su impresión fue desolada, el nivel del agua llegó alcanzar un metro de profundad dentro de su casa que como piso es un terreno de tierra y escombros, tres habitaciones, una de ellas construida a base de láminas y cartón.

“Nunca vino Marcos Aguilar a ver nuestra situación, están haciendo obras en la plaza principal de Santa María nomás para que luzca bonita, pero pues eso no es lo realmente importante, no hicieron una consulta ciudadana, nosotros, verás, estamos en la miseria. No nos apoyan con nada” enfatizó el señor Adrián Luna.

El acceso a Santa María no es fácil: caminos de terracería con baches y plaga de mosquitos, un olor flatulento vuela por el aire del barrio a causa de las tratadora de agua que también desbardó, el agua entró en prácticamente todas las casas de la colonia. En una agobiante desesperación, los vecinos asistieron unos a otros para bajar el nivel del agua que ya había descompuesto muebles, aparatos electrodomésticos, despensas y que, al ser agua sucia, volvió la colonia en una zona insalubre y propensa a todo tipo de enfermedades.

“Tuvimos que fumigar, era inhumano todo esto. Las pasadas lluvias el que sí vino fue Roberto Loyola, en épocas de elecciones. Él nos ayudó pues nomás a poner piso en dos cuartos nomás. Luego nos dijo que para tapar, poner cemento al camino él nos ponía los materiales, él pagaba eso, pero nosotros pagábamos la mano de obra. De dónde, nosotros mismos nos pusimos a trabajar con lo que nos dio, pero el verdadero problema está en el río, si tú miras ahí nomás tenemos aquí el río en el patio. Ese necesita una remodelación una construcción que lo haga más profundo, pero no nadie nos ayuda, Roberto dijo que si lo apoyamos él nos hacía la obra. Esa agua viene desde Santa Catarina”.

El reclamo de Adrián Luna obedece a un patrón lógico, la indignación crece al ver remodelada una plaza que, a su parecer no necesitaba ningún tipo de arreglo. Molesto, Adrián reclamó que no se toma en cuenta las necesidades la gente. “Si hubiera una consulta ciudadana, ninguno de nosotros en Santa María hubiera pedido que arreglaran la plaza, sino que hicieran obras pluviales, que nos ayudaran con esto que padecemos, que hicieran un estudio, pero nadie nos escuchó, vivimos con temor, sólo estamos viendo a qué hora se nubla, porque sabemos cómo la padecemos nosotros. Ellos, Marcos Aguilar no ha puesto un pie aquí, el otro siquiera lo hizo”.

El calor en Santa María, la humedad del ambiente y el río, levantan nubes de mosquitos, las autoridades ausentes, los autos son abandonados en medio de las calles, el olor del agua de caño ya solo incomoda a los visitantes; la inseguridad, los robos y lo que Adrián llamó como “zona de drogadicciones”, van en aumento.

Según habitantes del lugar, Roberto Loyola les llevó costales para impedir el desbordamiento del río, costales que de a poco han ido desapareciendo, costales robados, costales inservibles.

“Planeación exigimos, es lo único, un estudio, que las autoridades pisen esta tierra. No queremos plazas bonitas, queremos solución a los verdaderos problemas. Antes de la plaza están los problemas de inundaciones, luego de drogas, robos, luego ya si quiere que arregle las plazas. Yo creo que sólo le hacen caso a lo que se ve allá pues, en la ciudad”.

Marcos Aguilar ha cambiado su discurso: hoy las inundaciones no son problema del anterior alcalde, sino de la población por tirar basura. La gente trabajando en las calles de Santa María, dignificando su barrio después del desastre, construye una semblanza de lo que Carlos Monsiváis mencionó en su crónica sobre el terremoto: “la organización civil rescata al pueblo de las autoridades”. Pero no es suficiente. Una pinta sobre un muro del barrio de Santa María no significa la apropiación del espacio público, sino el reclamo de una verdad inerte: “los olvidados”

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