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Lo que no te mata te hace más fuerte

Por Angélica H. Morales / Miguel Tierrafría

Carlos Estrada Tapia era uno de tantos escépticos que pensaba que la influenza AH1N1 era un artilugio manejado políticamente, hasta que contrajo el virus.

Era octubre de 2009 cuando el virus decidió apoderarse de su organismo. Tan sólo el medicamento recién salido al mercado, así como su aislamiento total durante dos meses, acabaron con la enfermedad.

 

“Me regresé a Silao donde vivo y tenía lo mismo: gripa, calentura, fiebre, tos, cuerpo cortado, pensaba que era gripa y agarraron y me recetaron antibióticos, eso fue un viernes. Todo un fin de semana me la pasé con los antibióticos y ya el lunes que regresé a clases a la Universidad (…) me dijeron que la prueba de la influenza no me la podían hacer, porque me habían recetado antibióticos, que iban a salir anomalías y fue de ahí donde me mandaron directamente al centro de salud a Guanajuato”, explicó.

La situación representó estar aislado entre cuatro paredes de su cuarto, alejado de las aulas de la Universidad durante dos meses, en los cuales, las medidas para evitar el contagio con su familia fueron de manera ‘extrema y precautoria’.

“Me aventé dos meses en reposo, fue un mes en cama, me mantuvieron, ya después de que me dijeron en Silao que tenía influenza, le dijeron a mis papás que me tuvieran en el cuarto encerrado, aislado, que mi ropa, la que utilizara, la metieran a lavar en cloro y también los trastes, que de hecho me dieran un plato, unos cubiertos y un vaso particularmente para mí.

“El primer mes me lo aventé en la cama todo el día, era de que tenía fiebre de 38-40 grados y me la pasaba dormido todo el día, o sea no veía qué onda. Ya el segundo mes fue tranquilo, ya me daban lo que era inyecciones y me daban el Tamiflú”, rememoró.

El aislamiento casi total, en el que tan sólo a través de sus papás, de su computadora o de la televisión se mantenía comunicado con el mundo. Durante esos dos meses en que estuvo enclaustrado en su cuarto, su único acompañante fue el virus, que velaba sus noches, convivía sus días, supervisaba sus diálogos internos y sus pensamientos.

No le quedó de otra más que aceptar que la influenza fue una enfermedad real y no inventada.

–¿Cómo fue la experiencia que viviste esos meses aislado en tu cuarto?

–No, pues el primer mes fue el que menos lo sentí porque era el mes que me sentía más mal y era prácticamente nada más comer y dormir, de hecho me dormía 18 horas al día, me mantenía despierto como ocho y en esas horas comía, y las demás me quedaba viendo al techo o en la computadora y ya era como el mínimo esfuerzo que hacía.

–Ya el segundo mes fue un poco más de estar mejor y fue como de recuperación y ya podía andar caminando en el cuarto o andar por la casa, que ya era como que menos; para esto en mi casa tenían que andar con cubrebocas y cuando mi mamá me llevaba la comida, tenía que traer guantes y ya nada más tuve una complicación como en la segunda semana de haber empezado, que me dio taquicardia y complicaciones respiratorias.

Fue cuando no podía respirar, sentía que me ahogaba y me tuvieron que llevar a urgencias y me mantuvieron en observación tres días, para ver si se había complicado o qué había pasado, porque me dificultaba mucho la respiración.

Después de recuperarse del virus, Carlos pudo reanudar sus estudios y por ende regresar a las aulas, donde estudia el sexto semestre de la carrera de Ciencias Políticas y Administración Pública en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.

Ha adoptado el dicho de “lo que no te mata, te hace más fuerte”, como síntesis de su calvario, a manos de su verdugo acompañante, el virus del AH1N1.

 

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