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Razones sobre un 68 en clave regional

Sólo un análisis histórico o proveniente de cualquier disciplina de las ciencias sociales contado en clave regional podrá develar los claroscuros que aún cubren el rostro de lo que debemos llamar los 68 mexicanos.

Estamos en la conmemoración de los 68 mexicanos. Lo digo en plural por dos razones, una es hasta obvia: En febrero de 1968, cientos de estudiantes universitarios mexicanos intentaron efectuar la llamada Marcha por la Ruta de la Libertad y, posteriormente, entre el verano de ese año hasta el fatídico 2 de octubre, dos comunidades estudiantiles y magisteriales -la de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y el Instituto Politécnico Nacional (IPN)-, se lanzaron a una lucha en demanda de democratizar la vida pública de este país bajo la dirección del Consejo Nacional de Huelga (CNH) y la directriz política e ideológica del pliego petitorio de los 6 puntos.

A la otra pareciera ser que aún no se le pondera con la debida importancia. Nadie niega que el epicentro de la lucha escenificada en la capital del país, con la movilización juvenil y profesoral, fue la de mayor significancia. Además de ello, el agravio, la represión policíaca y el artero asesinato de jóvenes a manos de las fuerzas policiales y militares que envío Gustavo Díaz Ordaz a la plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, sólo ocurrió en el Distrito Federal.

Sin embargo, ese 68 tuvo repercusiones nacionales. Cada una de las almas mater de los estados de la República reaccionaron de una u otra forma. Los estamentos que las integraban en esos momentos -estudiantes, profesores o autoridades administrativas-, asumieron una posición política ante la lucha encabezada por el CNH.

Pluralizar el 68

De manera tajante, la Federación de Estudiantes de Guadalajara dio un rotundo “no” a los estudiantes de la ciudad de México para vergüenza de la universidad pública de la Perla Tapatía hasta la fecha. En contraste, la movilización de los universitarios sinaloenses -estudiantes, profesores y su propio rector- alcanzó dimensiones dignas de ser investigadas y conocidas por todos aquellos que desean saber qué pasó en las regiones que integraban a nuestro país hace cinco décadas.

Seguramente las universidades de Querétaro, Hidalgo, San Luis Potosí y Guanajuato ubicadas en el bajío y centro sur de México cursaron por un 68 con especificidades propias. De igual forma, en el norte, noroeste, noreste o el golfo de México, las instituciones de educación superior que allí se asentaron tuvieron algún tipo de participación a favor o en contra de la democratización de la vida pública nacional a la que convocaron quienes en la capital de México confrontaban a un gobierno autoritario y represivo.

Independientemente del posicionamiento asumido por las comunidades universitarias locales, es necesario saber qué pasó. Sólo un análisis histórico o proveniente de cualquier disciplina de las ciencias sociales contado en clave regional podrá develar los claroscuros que aún cubren el rostro de lo que debemos llamar los 68 mexicanos. Sólo así podremos realmente conocer qué pasó hace cincuenta años. Qué similitudes, qué diferencias existen entre la protesta universitaria y politécnica en el Distrito Federal respecto de la llamada provincia mexicana. Es decir, ha llegado el tiempo de pluralizar al 68. Saber de las diferentes expresiones y matices que adoptó este en el país.

Necesidad de análisis regional

¿Por qué estudiar el 68 sinaloense? Como respuestas podemos señalar lo dicho párrafos arriba. Sólo una historia de corte regional servirá para documentar la naturaleza como también las diferencias entre la protesta en esta parte del noroeste del país respecto del centro u otras regiones.

De igual forma, si la escritura sobre el tema aún se encuentra en ciernes como es el caso que he analizado y presentando resultados aún parciales en ‘El 68 en Sinaloa. Una juventud en lucha por la democracia’, tan sencillo como diría un especialista chileno en el tema de movimientos estudiantiles: “Impedir que determinados fenómenos sean olvidados”.

Quizás existan más razones para indagar simultáneamente o por separado la Marcha por la Ruta de la Libertad y la movilización encabezada por el CNH. Los investigadores interesados en el tema tendrán que responder a los problemas que les presenta su objeto de estudio en concreto.

Pero, creo que una vía por demás pertinente y aún insuficientemente ponderada, es que el análisis regional hoy se ha vuelto una necesidad insoslayable. Una narrativa que monopolice lo que ocurrió hace cincuenta años, que privilegie un espacio determinado, terminará por empobrecer el análisis de lo que miles de estudiantes y profesores hicieron en ese histórico año que ha sido, es y será 1968.

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